Devocional

El jardinero de Getsemaní

Russell C. Taylor

Director del Departamento de Colecciones Especiales L. Tom Perry

26 de octubre de 2010

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Si lo buscamos, veremos evidencia del Jardinero de Getsemaní moldeando nuestras vidas de maneras inconcebibles. Ruego que nos sometamos a esta poda para que podamos convertirnos en el pueblo que Dios quiere que seamos.


Tenemos la intención de modificar esta traducción cuando sea necesario. Si tiene sugerencias, por favor mándenos un correo a speeches.spa@byu.edu

Gracias por esa introducción, presidente Samuelson. Compañeros estudiantes, hoy me siento como el rey Benjamín cuando habló a su pueblo: “Porque aun ahora mismo mi cuerpo entero tiembla en extremo, mientras me esfuerzo en hablaros”1. He esperado con ansiedad este momento durante muchos meses.

Al pensar que recibiría una reacción comprensiva de mis colegas de la biblioteca, les conté acerca de mi invitación para hablar en un devocional. Sin embargo, la noticia fue recibida con una reacción casi unánime: risa. No era ese el tipo de empatía que esperaba. Por otro lado, mis compañeros de ejercicio del edificio Richards tenían muchos consejos sobre lo que podría decirles, aunque la mayoría carecía de valor. De todas formas, gracias, chicos. Les debo una.

En el verano de 1842, el artista británico William Henry Bartlett visitó la Tierra Santa, describiendo sus primeras vistas de la ciudad de Jerusalén:

Descendimos sobre el camino empinado y roto a nuestra izquierda, con vistas al  valle del Cedrón; y, al cruzar su cauce seco por un pequeño arco, nos encontramos con un notable grupo de elementos, venerables en las tradiciones del lugar. A nuestra derecha se extendía un terreno pedregoso rodeado por un muro bajo y que encerraba ocho olivos de gran antigüedad. Nuestro boceto dará una idea del carácter retorcido y desgastado por el tiempo de estos árboles, que se supone pertenecen al jardín de Getsemaní.… Los propios árboles me recordaron a los célebres cedros de Salomón en el Monte Líbano, en la inmensidad desproporcionada de sus troncos venerables en relación con el escaso follaje superior. Durante siglos, el peregrino se ha arrodillado ante ellos y los ha besado con lágrimas, llevándose algunas de sus pocas frutas dispersas o un trozo de corteza, como recuerdo del lugar donde, para su salvación, el alma de su Redentor “[estuvo] muy triste, hasta la muerte”2.

Los peregrinos modernos aún se llevan reliquias de este lugar santo. Hace solo unos años, mis vecinos regresaron de Israel con hojas de olivo recogidas en el jardín de Getsemaní.

A menudo he meditado en ese santo jardín y cómo, hace casi dos mil años, los ancestros de los árboles actuales presenciaron el comienzo del sacrificio expiatorio de Cristo. Si ahora tuvieran voces, ¡qué historia podrían contar!

También he pensado que, siendo un jardín, seguramente había un jardinero que cuidaba de esos árboles con amor: los nutría con agua preciosa en tiempos de sequía, los podaba con esmero para que dieran fruto y cosechaba los olivos maduros.

Creo que es más que un símbolo que las Escrituras a menudo se refieren al Salvador como tal jardinero. Citando al profeta Zenós, el profeta Jacob del Libro de Mormón dijo:

“¡Escuchad, oh casa de Israel, y oíd las palabras mías, que soy un profeta del Señor!

Porque he aquí, así dice el Señor: Te compararé, oh casa de Israel, a un olivo cultivado que un hombre tomó y nutrió en su viña; y creció y envejeció y empezó a secarse.

Y acaeció que salió el amo de la viña, y vio que su olivo empezaba a secarse, y dijo: Lo podaré, y cavaré alrededor de él, y lo nutriré para que tal vez eche ramas nuevas y tiernas, y no perezca”3.

El élder Hugh B. Brown, amado por miembros de la Iglesia y quien, durante la mayor parte de mi adolescencia fue consejero del presidente David O. McKay, contó una de mis historias favoritas sobre cómo el Salvador dirige nuestras vidas. Escuché esta historia por primera vez cuando fui un misionero en Alemania en 1960. Serví con un nieto del presidente Brown, quien tenía una grabación de su abuelo relatando esta experiencia, la cual tituló “El grosellero”. Usaré las propias palabras del presidente Brown:

Al amanecer, un joven jardinero estaba podando sus árboles y arbustos. Tenía un solo grosellero que se había vuelto demasiado leñoso, y temía que produjera poco o ningún fruto.

Así que lo recortó y lo podó. De hecho, cuando terminó, apenas quedaba más que tocones y raíces.

Con ternura contemplo lo que quedaba. Se veía muy triste y profundamente herido. En cada tocón parecía haber una lágrima donde las tijeras habían cortado los brotes de la temprana primavera. El pobre grosellero pareció hablarle, y él creyó oírlo decir: 

“Oh, ¿cómo pudiste hacerme esto? Tú, que afirmas ser mi amigo, que me plantaste y cuidaste cuando era joven, y me alimentaste y animaste a crecer. ¿No podías ver que estaba respondiendo rápidamente a tus cuidados? Ya era casi tan alto como los árboles del otro lado de la cerca, y pronto podría haberme convertido en uno de ellos. Pero ahora me has talado las ramas; las hojas verdes y atractivas se han ido, y todos mis semejantes me mirarán con desprecio”.

El joven jardinero miró al grosellero que lloraba y escuchó su súplica con comprensión compasiva. Su voz estaba llena de amabilidad cuando dijo: “No llores; lo que he hecho era necesario para que llegues a ser un grosellero valioso en mi jardín…

“… No debes entristecerte; todo esto será para tu bien. Algún día, cuando veas con mayor claridad, cuando estés cargado de fruta jugosa, me lo agradecerás y dirás: ‘Seguramente, Él fue un jardinero sabio y amoroso. Conocía el propósito de mi existencia, y ahora le agradezco por lo que entonces creí crueldad’”.

En este punto del relato, la historia del élder Brown se transformó en una reflexión personal, que lo llevó cuarenta años atrás, cuando era oficial en el ejército canadiense, destinado en Inglaterra durante la Primera Guerra Mundial. De manera inesperada, se presentó una oportunidad de ascenso y se le ordenó reportarse ante el cuartel de su oficial general. Durante años el élder Brown se había preparado para el puesto que esperaba recibir. Confiaba en que se le otorgaría el ascenso, y que tendría la seguridad de avanzar con éxito en su carrera militar.

Al entrar en el despacho del comandante, el presidente Brown vio su expediente personal abierto sobre el escritorio, delante de su superior. También vio una nota escrita con letra clara que decía: “Este hombre es mormón”. Se informó al élder Brown de que no se le concedería el ascenso que esperaba y se le asignó lo que él consideraba un puesto relativamente sin importancia. Se sintió devastado. Estaba convencido de que sus compañeros soldados verían esta asignación como una señal de que había fracasado.

Regresó a su tienda y se arrodilló junto a su catre y lloró. Sabía que nunca podría lograr sus metas de llegar a ser un oficial militar de alto rango. Clamó a Dios:

“Oh, ¿cómo pudiste ser tan cruel conmigo? Tú, que afirmas ser mi amigo—tú, que me trajiste aquí, me alimentaste y me animaste a crecer. ¿No pudiste ver que era casi igual a los otros hombres a quienes he admirado por tanto tiempo? Pero ahora me has talado, y todos mis semejantes me mirarán con desprecio. Oh, ¿cómo pudiste hacerme esto?”

El élder Brown se sintió humillado, y su corazón estaba lleno de amargura. Luego le pareció oír un eco del pasado. Las palabras que estaban en su mente eran palabras que había oído antes—pero, ¿dónde? Luego se dio cuenta de que eran las palabras del grosellero, y su memoria susurró: “Yo soy el jardinero aquí”.

El recuerdo de aquel incidente olvidado en el jardín le vino de repente a la mente, y su propia memoria respondió a la amarga súplica que había dirigido a Dios:

“No llores… lo que te he hecho era necesario… no estabas destinado a ser lo que procurabas ser… si te hubiera permitido continuar… habrías fracasado en el propósito por el cual te sembré y mis planes para ti habrían sido en vano… Algún día cuando tengas experiencia dirás: ‘Él fue un jardinero sabio. Conocía el propósito de mi existencia, y ahora le agradezco por lo que entonces creí crueldad’”.

Arrepentido, la amargura abandonó su corazón. El presidente Brown habló humildemente a Dios y confesó:

“Ahora te conozco. Tú eres el jardinero, y yo soy el grosellero. Ayúdame, querido Dios, a soportar la poda, a crecer como quieres que crezca, a ocupar el lugar que me corresponde en la vida y a decir para siempre: ‘no se haga mi voluntad, sino la tuya’”4.

Al escuchar esta historia como misionero, lo consideré una fábula encantadora con poca relevancia para mi vida y mis aspiraciones.  Sin embargo, al recordar los últimos 40 años, lo veo más como un patrón en mi vida de lo que jamás hubiera imaginado.

Cuando me gradué en 1970 con una licenciatura en Historia, consideré muchas opciones para una carrera, pero decidí estudiar una maestría en Bibliotecología, que en ese entonces se ofrecía aquí. En 1972 comencé a trabajar en BYU como curador asistente de Colecciones Especiales. El trabajo era interesante, retador y satisfactorio. Pero por alguna razón, ahora ni siquiera puedo imaginar lo que era, me sentía inquieto; quería hacer algo diferente y más desafiante.

Le dije a mi esposa que quería ir a la escuela de derecho. “¿Estás seguro?” fue su respuesta. “Oh, sí, seguro. No hay duda al respecto”, o algo así fue probablemente mi respuesta. Por lo tanto, hice todo lo que los estudiantes aspirantes de derecho hacen: exámenes de admisión, innumerables solicitudes, oración, ayuno y más oración. Dado que mi esposa es de Vermont, decidimos que aplicaríamos a escuelas en el este. En 1975 me admitieron en la Facultad de Derecho de la Universidad de Siracusa, así que vendimos nuestra casa, empacamos nuestras pertenencias y llevamos a nuestra familia—dos niñas y otro bebé en camino—a Siracusa, Nueva York.

Zenós describió este proceso de trasplante: “Y he aquí, dijo el Señor de la viña, tomaré muchas de estas ramas nuevas y tiernas y las injertaré donde yo quiera”5. Y de esta forma fuimos injertados en otra parte del reino.

En ese momento no me di cuenta, pero con el tiempo, aprendí que cuando los recién graduados de BYU se mudan a comunidades alrededor del mundo, los líderes locales de barrios y ramas tienen grandes expectativas de que lleguen con fuertes habilidades de liderazgo, un testimonio sólido del Evangelio y la habilidad para asumir con confianza cualquier llamamiento en la Iglesia. La educación que se imparte en BYU es una preparación excepcional para los estudios de posgrado, las carreras profesionales exitosas y los puestos de liderazgo tanto en la comunidad como en la Iglesia.

Por ello, los miembros de la Iglesia en Siracusa nos recibieron con gran entusiasmo y elevadas expectativas. Sentimos que, en efecto, el Señor nos había injertado en ese barrio para llamarnos a cumplir asignaciones de servicio en Su Iglesia.

Pero había algo acerca de mi experiencia en la facultad de derecho que me causaba cierta incomodidad inesperada. Después del primer año, supe que no estaría cómodo ejerciendo la profesión de abogado. Cuando le expresé mi inquietud a mi esposa, ella fue menos que compasiva y me dijo algo así: “Nos has hecho recorrer medio país; ¡vas a terminar la facultad de derecho!”. Ella es una mujer franca, pero generalmente tiene la razón.

Así que perseveré y, como se me había dicho, me gradué. Durante mi último año en la escuela de derecho, tuve la idea de ser agente del FBI. Supongo que me intrigaba lo que pensaba que sería la emoción del trabajo policial y de investigación. Nunca se me ocurrió que tal vez no era apto para esa profesión. Mi bendición patriarcal contiene un lenguaje que indicaba que tendría éxito en la vocación de mi elección. En mi propio razonamiento, un tanto complejo, presumí que eso quería decir que solo tenía que elegir una profesión honorable y el éxito estaría asegurado.

Los que han solicitado un trabajo federal saben que los trámites del gobierno avanzan con mucha lentitud. Rápidamente pasé por la evaluación psicológica, entrevistas personales, exámenes de lengua extranjera y exámenes físicos. Luego esperé… y esperé… y esperé a que algo pasara. Quince meses después de graduarme, finalmente fui invitado a unirme a una clase de nuevos agentes en la Academia del FBI en Quantico, Virginia.

No hace falta decir que estaba emocionado, nervioso y optimista sobre mi futuro. Me sentí como parado en el umbral de una carrera prometedora y exitosa. Había hablado con muchos agentes del FBI, de la CIA y del Servicio Secreto, y en verdad creía que podría sobresalir en el órden público.

Las primeras semanas del entrenamiento para nuevos agentes fueron muy buenas. Recibimos instrucción en aula sobre diversos aspectos de investigaciones de casos, psicología y derecho constitucional, junto con metas de ejercicio físico e instrucción en armas de fuego. Después de aproximadamente cuatro semanas de entrenamiento, se nos introdujo al campo de tiro interior. Mientras estaba de pie sobre la línea de disparo, listo para disparar al objetivo a unos 20 metros de distancia, las luces superiores se apagaron. Las únicas luces en el campo estaban sobre el objetivo. Levanté mi arma y la apunté hacia abajo. ¡No podía ver la mira al final del cañón! Parpadeé, pero nada cambió. Solo había algo borroso donde debería estar la mira. Disparé seis tiros imprecisos al blanco. ¡No podía creer lo que estaba sucediendo! Había disparado con eficacia en el campo de tiro exterior, pero mis ojos se comportaban de manera extraña con la tenue iluminación del campo interior. Mis instructores me llevaron aparte y preguntaron qué estaba pasando. Dije que no lo sabía, pero me animó que estaban dispuestos a trabajar conmigo para ayudarme a superar lo que todos pensábamos sería un simple problema de capacitación.

Un sábado, poco después de eso, saqué de la armería un “mango rojo”, un arma de entrenamiento a la que le habían quitado el percutor, y me fui al bosque para practicar el tiro en seco contra blancos. Era un día nublado, y tuve la misma experiencia que tuve en el campo de tiro interior. La vista más allá del barril desapareció borrosamente. Pensé: “Esto no puede ser, quizá debo orar al respecto”. Enós, el profeta del Libro de Mormón, tuvo una “lucha ante Dios” que resultó en la remisión de sus pecados6. Pero no era del pecado que intentaba librarme—era de una condición física que me impedía disparar mi arma con precisión. Durante horas deambulé por el bosque, alternando entre disparos y oraciones, pero las cosas no mejoraron.

Afortunadamente, unos días después nació nuestro cuarto hijo y me dieron permiso de viajar durante el fin de semana a Connecticut, donde mi esposa se quedaba con sus padres. En Hartford pude consultar con mi oftalmólogo acerca del problema que tuve en el campo de tiro. Me dijo que a causa del astigmatismo severo que tengo en ambos ojos, no había esperanza de mejoría. Mi esposa y yo conversamos acerca de nuestras opciones, las cuales eran intentar adaptarme a ello y esperar que pudiera calificar en el campo de tiro o renunciar al FBI. En el vuelo de regreso a Washington, D.C., pensaba en mi situación y recordé la historia del élder Brown acerca del jardinero y el grosellero. ¿Por qué Dios estaba haciéndome esto? ¿No se me había prometido que tendría éxito en la vocación de mi elección? ¿Por qué estaba siendo sometido a esa dolorosa poda?

Al día siguiente me reuní con el agente especial que era nuestro consejero de clase y le conté mi situación. Expliqué lo incómodo que me sentía portando un arma que sabía que no podría disparar con precisión en determinadas condiciones de iluminación. No solo sería un peligro para los criminales, sino también para mis compañeros agentes! Decidí renunciar a mi cargo como agente especial debido al inmenso peso que sentía. Redacté una carta al respecto y se la entregué al agente, que dijo que la haría llegar al director de la Academia del FBI. Regresé a mi habitación y comencé a hacer mis maletas.

Mientras estaba sentado solo en mi habitación, sentí paz en mi corazón, sabiendo que había hecho lo correcto. Me di cuenta de que la promesa que se me había dado en mi bendición patriarcal sería concedida si cuidadosamente y en oración escogía una profesión que el Señor quería que siguiera—no una que seleccioné simplemente por ser glamorosa o emocionante.

Mientras reflexionaba sobre el futuro, mi consejero regresó y me preguntó si consideraría aceptar un puesto no operativo dentro del FBI. Me explicó que había varias vacantes en la academia para las cuales podría estar calificado. Como no tenía nada más previsto, le dije que lo pensaría. Llamé a Cindy y le pregunté qué opinaba sobre un puesto en el FBI. Como estaba entusiasmada por la idea de que volviéramos a estar juntos como familia, me dijo que debía aceptarlo si me lo ofrecían.

Hablé con varios agentes que tenían vacantes en sus departamentos—o “unidades”, como les llama el FBI—y me ofrecieron un puesto en la Oficina de Investigación y Desarrollo Institucional. Resultó ser una valiosa oportunidad para conocer a personas importantes en el FBI y aprender nuevas habilidades.

Con el tiempo conocí al director de la unidad de redacción de discursos del director en la sede del FBI en Washington. Más o menos un año después, cuando tuvo una vacante en su unidad para un redactor de discursos, me pidió que solicitara y luego se me ofreció el trabajo.

Fue el comienzo de una nueva carrera para mí. Cuando las personas descubren que durante quince años fui redactor de discursos—no solo para el FBI sino también después para la Asociación Médica Estadounidense en Chicago, para Merck (una compañía farmacéutica en Nueva Jersey) y para Medtronic (una compañía de dispositivos médicos en Mineápolis)—comentan que esto debió haber sido una labor interesante y así fue. Pero las partes más interesantes de todas nuestras experiencias en estos lugares fueron las maravillosas personas que conocimos, tanto miembros de la Iglesia como no miembros. Disfrutamos de muchas oportunidades selectas para servir en el reino y relacionarnos con algunos de los nobles y grandes de Dios. Mi esposa y yo hemos sentido que el Señor nos ha cultivado, tal y como el Señor de la viña en la alegoría de Zenós cultivó sus preciados olivos. Espero que el fruto que hemos producido y continuamos produciendo sea dulce y satisfactorio para Él y para los que servimos.

Hace casi quince años pasé por otra poda cuando reestructuraron mi puesto en Minnesota y este dejó de formar parte de la organización. De nuevo enfrentamos un periodo de prueba, pero el Señor de la viña atendió nuestras necesidades por medio del servicio de nuestros vecinos y miembros de la Iglesia. Adquirimos nuevas experiencias y talentos que fueron invaluables para nosotros mientras procurábamos reestablecernos en el mundo laboral.

Durante estos tres años de desempleo y subempleo, trabajé como granjero de la época de 1850 en una granja histórica gestionada por la Sociedad Histórica del Estado de Minnesota. ¡Qué trabajo más divertido! Eran labores de granja como las de nuestros ancestros hace 150 años. Dejé ese trabajo con una mayor apreciación por lo que tuvieron que soportar y sabiendo que también pude haberlo hecho.

Ese no fue mi único trabajo. Decidí volver a buscar un puesto en una biblioteca, ya que disfrutaba trabajar con libros, documentos y personas. Encontré varios empleos que me ayudaron a adquirir experiencia y a desarrollar nuevas destrezas informáticas que me habían faltado por haber estado alejado del mundo de las bibliotecas durante más de veinte años.

Hace casi doce años fui recontratado en el Departamento de Colecciones Especiales de la biblioteca Lee, donde había comenzado mi carrera décadas antes. Durante el proceso de entrevista sentí una calma inusual, una sensación de que el Señor estaba a cargo y de que las cosas resultarían como estaban destinadas a suceder. Fue un testimonio para mí de que Dios está pendiente de nosotros y nos guía hacia el lugar donde quiere que estemos.

Puedo decir con toda sinceridad que el trabajo que tengo ahora—y he tenido muchos otros con los cuales compararlo—es el mejor trabajo que jamás he tenido. Ahora sé que es el lugar donde debo estar. Permítanme relatar una experiencia que me da esa seguridad.

En la mañana del 13 de octubre de 2003, me encontraba en las estanterías de libros de las Colecciones Especiales de L. Tom Perry buscando una colección de almanaques de los siglos 18 y 19 con el profesor Madison Sowell y otros compañeros de biblioteca. Había estado trabajando con el doctor Sowell para reunir materiales de exhibición relacionados con su próxima conferencia sobre el uso de almanaques como fuentes de investigación. El profesor Sowell metió su mano en una caja, sacó un almanaque de 1781 y lo examinó. Me lo dio y mencionó que debíamos usarlo porque tenía papel para escribir intercalado con las páginas del calendario, lo cual permitía utilizar el almanaque como un diario—que en efecto lo había sido.

A medida que miraba las partidas, noté referencias frecuentes a Stockbridge. Pensé: “Este hombre vive en el oeste de Massachusetts”. Examiné la primera hoja escrita y vi esta inscripción: “Diario de mi abuelo Wm. Partridge, nacido en 1753. —H. W. Partridge”. ¡Estaba sorprendido! Sabía que tenía antepasados de la familia Partridge viviendo en Pittsfield, cerca de Stockbridge, por aquella época. Quizá este era uno de ellos, o a lo mejor un primo lejano.

Me disculpé y fui hacia mi computador, busqué en la base de datos de FamilySearch e ingresé el nombre William Partridge junto con el año de nacimiento 1753. Los resultados de búsqueda generaron nombres familiares: El padre de William, Oliver Partridge; su madre, Anna Williams; su esposa, Jemima Bidwell y uno de sus hijos, Edward, el primer obispo de la Iglesia Mormona, quien era el padre de su tatarabuelo. En caso de que hayan perdido el hilo, ¡eso confirma que William Partridge era mi bisabuelo en cuarta generación!

Mis colegas estaban fascinados con este descubrimiento. Después de que se marcharan, se me ocurrió que si teníamos un diario, quizá podríamos tener más. Así que busqué en nuestra colección de aproximadamente 200 almanaques. En efecto, había más—45 más—cada uno conteniendo anotaciones marginales características de William.

Nadie sabe con precisión cómo llegaron estos diarios a BYU. Yo especulo que fueron adquiridos hace décadas cuando la biblioteca compró una colección de antiguos almanaques estadounidenses a un vendedor de libros en Denver. Sea cual sea la explicación, estaban dados por perdidos para los investigadores hasta que el doctor Sowell sacó uno de una caja, lo examinó y me lo pasó. Fue más que una coincidencia.

En la conferencia general de abril de 1916, el presidente Joseph F. Smith dijo:

Si podemos ver mediante la influencia iluminadora del Espíritu de Dios … más allá del velo que nos separa del mundo de los espíritus, sin duda aquellos que han fallecido pueden vernos aquí … con mayor claridad de lo que nosotros podemos verlos a ellos. Creo que nos movemos… en la presencia de mensajeros y seres celestiales…. Comenzamos a darnos cuenta más y más plenamente, a medida que nos familiaricemos con los principios del Evangelio,… de que estamos estrechamente relacionados con nuestros parientes, nuestros antepasados, nuestros amigos y compañeros y colaboradores que nos han precedido en el mundo de los espíritus. No podemos olvidarlos; no dejamos de amarlos; siempre los llevamos en nuestro corazón, en nuestra memoria, y así estamos asociados y unidos a ellos por lazos que no podemos romper, que no podemos disolver ni de los que podemos liberarnos7.

He llegado a sentir que hay vínculos que me unen a este hombre, William Partridge. Hace siete años, desde más allá del velo, él colocó en mis manos la historia de sus días en la tierra, una historia que había guardado para que sus descendientes la recibieran algún día.

Esta experiencia es solo una de las muchas manifestaciones espirituales que he sentido que me llevan a creer que nuestro Padre Celestial y Su Hijo, Jesucristo, están pendientes de nosotros y nos guiarán si escuchamos al Espíritu Santo. Si lo buscamos, veremos evidencia del Jardinero de Getsemaní moldeando nuestras vidas de maneras inconcebibles. Ruego que nos sometamos a esta poda para que podamos convertirnos en el pueblo que Dios quiere que seamos. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1. Mosíah 2:30.
  2. W. H. Bartlett, Walks About the City and Environs of Jerusalem (London: George Virtue, 1844), 105.
  3. Jacob 5:2–4.
  4. En Leon R. Hartshorn, comp., Outstanding Stories by Past General Authorities (Provo: Spring Creek, 2007), 37–39; una versión extendida de esta historia puede encontrarse en Hugh B. Brown, “The Currant Bush,” New Era, January 1973, 14–15.
  5. Jacob 5:8.
  6. Véase Enós 1:2.
  7. CR, Abril 1916, 2–3.



Russell C. Taylor

Russell C. Taylor era el Director del Departamento de Colecciones Especiales L. Tom Perry, en la Biblioteca Harold B. Lee de BYU cuando se pronunció este discurso el 26 de octubre de 2010.