Miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles
A pesar de que Jesús estuvo libre de pecado y sin mancha durante Su vida terrenal, debemos recordar que Él consideraba que Su propio estado de perfección física todavía no había llegado. Incluso Él tuvo que perseverar hasta el fin. ¿Se esperará menos de nosotros?
Tenemos la intención de modificar esta traducción cuando sea necesario. Si tiene sugerencias, por favor envíe un correo a speeches.spa@byu.edu.
La hermana Nelson y yo estamos agradecidos de estar con ustedes esta noche. ¡Y nos sorprende un poco ver a tantos reunidos aquí para conmemorar el Día de la Marmota! [El Día de la Marmota es una tradición norteamericana que usa a una marmota para predecir la duración del invierno.] Agradecemos la presencia del presidente Rex E. Lee, el presidente Kerry Romesburg, de sus esposas, al igual que la asistencia de los miembros del personal de Brigham Young University y de Utah Valley Community College. También estamos agradecidos por los presidentes de estaca, los obispos, así como por sus esposas y por todos los que se esfuerzan para que tanto los estudiantes como quiénes nos visitan puedan sentirse edificados aquí.
La reunión de esta noche concluye el Simposio Anual del Libro de Mormón, que se ha centrado principalmente en el libro de Helamán y los primeros diez capítulos de 3 Nefi. Me parece fascinante que los eruditos puedan deleitarse durante días de un banquete basado en menos de sesenta páginas impresas. En cierto sentido, me recuerda a otro fenómeno que también me ha parecido sumamente interesante. Durante muchos años asistí con frecuencia a las reuniones de la Asociación Americana del Corazón, donde convivía con miles de científicos provenientes de distintas instituciones y especialidades, todos reunidos con el propósito de comprender mejor el corazón humano. ¡Sin duda, los dones de Dios son grandes y su importancia es infinita! Cuán bendecidos somos por poder recibir Su palabra y Sus obras.
La pasión de toda mi vida por el corazón humano dio un giro inesperado en abril de 1984, cuando fui llamado a dejar atrás el quirófano del hospital para entrar en el cuarto más alto del Templo de Salt Lake, donde se me ordenó como Apóstol del Señor Jesucristo. Nunca busqué un llamamiento como ese, sin embargo, humildemente he procurado ser digno de la confianza y el privilegio de ser Su representante. Ahora espero poder sanar corazones espiritualmente, tal como antes lo hacía quirúrgicamente.
Así que me dirijo a ustedes como alguien que ha sido llamado, sostenido y ordenado como uno de los doce testigos especiales de nuestro Señor y Maestro. Al hablar con ustedes, puedo percibir nuestro deseo mutuo y nuestra sagrada responsabilidad de seguir este principio fundamental del Libro de Mormón:
Y hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo. [2 Nefi 25:26]
Lo honramos como la persona más importante que jamás haya vivido en esta tierra. Él es Jesús el Cristo, nuestro Maestro y más. Tiene numerosos nombres, títulos y responsabilidades, todos ellos con un significado eterno (por ejemplo, véase Daniel H. Ludlow, “Jesus Christ Is Basis of LDS Beliefs”, Church News, 29 de marzo de 1980) Bajo el encabezado “Jesucristo”, la Guía temática de la edición SUD en inglés de la versión del rey Santiago de la Santa Biblia contiene dieciocho páginas (pp. 240–58) de referencias organizadas bajo cincuenta y siete subtítulos. Con el tiempo del que disponemos no podremos considerar ni comprender todas las facetas importantes de Su vida, pero esta tarde me gustaría repasar, aunque sea brevemente, diez de esas importantes responsabilidades de Jesús el Cristo. Pueden optar por numerarlas en sus apuntes, yo no lo haré, ya que no deseo sugerir ningún orden de importancia, porque todo lo que Él hizo tuvo un impacto igualmente sublime.
Bajo la dirección del Padre, Jesús tuvo la responsabilidad de ser Creador. Su título fue el Verbo, escrito con V mayúscula. En el Nuevo Testamento en Griego, la palabra Verbo es Logos, que significa “expresión divina”. Que funcionaba como otro nombre para el Maestro. Esa terminología puede parecernos extraña, pero es apropiada. Así como las palabras nos permiten expresar nuestros pensamientos a los demás, Jesús fue el Verbo o la Expresión del Padre para el mundo. El Evangelio de Juan comienza con esta importante proclamación:
En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.
Este estaba en el principio con Dios.
Todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. [Juan 1:1–3; véase también DyC 93:21]
El libro de Helamán registra un testimonio similar que declara que “Jesucristo [es] el Creador de todas las cosas desde el principio” (Helamán 14:12).
Otra cita que aporta claridad se encuentra en el libro de Moisés:
Y Dios el Señor le dijo a Moisés: Para mi propio fin he hecho estas cosas.
Y las he creado por la palabra de mi poder, que es mi Hijo Unigénito, lleno de gracia y de verdad.
Y he creado incontables mundos, y también los he creado para mi propio fin; y por medio del Hijo, que es mi Unigénito, los he creado. [Moisés 1:31–33]
En la revelación moderna, se afirma la responsabilidad de Jesús como Él Creador de muchos mundos:
así que, en el principio era el Verbo, porque él era el Verbo, sí, el mensajero de salvación,
la luz y el Redentor del mundo; el Espíritu de verdad que vino al mundo, porque el mundo fue hecho por él, y en él estaban la vida y la luz de los hombres.
Los mundos por él fueron hechos, y por él los hombres fueron hechos; todas las cosas fueron hechas por él, mediante él y de él. [DyC 93:8–10; véanse también Hebreos 1:2; 1 Corintios 8:6; 2 Nefi 9:5; 3 Nefi 9:15; DyC 76:23–24; 88:42–48; 101:32–34]
El Santo Creador hizo posible que cada uno de nosotros tuviera un cuerpo físico, único e individual, pero comparable en muchos aspectos a cualquier otro cuerpo humano. Así como un músico con experiencia puede reconocer al compositor de una sinfonía por el estilo y estructura de la misma, de la misma manera un cirujano con experiencia puede reconocer al Creador del ser humano por la similitud dell estilo y la estructura de nuestra anatomía. A pesar de las diferencias individuales, esta similitud aporta una evidencia adicional y una profunda confirmación espiritual de que todos procedemos del mismo Creador. Esto aumenta nuestro entendimiento de la relación que tenemos con Él:
Los Dioses descendieron para organizar al hombre a su propia imagen, para formarlo a imagen de los Dioses, para formarlos varón y hembra.
Y dijeron los Dioses: Los bendeciremos. [Abraham 4:27–28]
En verdad, Ellos nos han bendecido a cada uno de nosotros. Nuestros cuerpos pueden repararse y defenderse, generando células nuevas que reemplazan a las viejas. Nuestros cuerpos llevan en su interior la semilla que permite que nuestra propia especie se reproduzca, conservando nuestras características únicas e individuales. No es de extrañar que nuestro Creador también sea conocido como el Gran Médico (véase Mateo 9:12), capaz de sanar a los enfermos (véanse 3 Nefi 9:13; DyC 35:9; 42:48–51), restaurar la vista a los ciegos (véase Juan 9:1–11), abrir los oídos de los sordos (véanse Isaías 35:5; 3 Nefi 26:15) y levantar a los muertos (véanse Mateo 9:23–26; Juan 11:5–45). En estos últimos días, Él ha revelado un principio de salud conocido como la Palabra de Sabiduría, el cual ha bendecido las vidas de todos los que lo han obedecido con fe. Por tanto, honramos a Jesús como nuestro Creador, divinamente guiado por Su Padre.
Jesús era Jehová. Este título sagrado aparece solo cuatro veces en la versión del Rey Santiago de la Santa Biblia en inglés (véanse Éxodo 6:3; Salmos 83:18; Isaías 12:2; 26:4). Se confirma también el uso de este nombre sagrado en las Escrituras modernas (véanse Moroni 10:34; DyC 109:68; 110:3; 128:9). Jehová es una palabra derivada del término hebreo hayah, el cual significa “ser” o “existir”. Una forma de la palabra hayah en el texto hebreo del Antiguo Testamento fue traducida al español como “YO SOY” (Éxodo 3:14). Notablemente Jehová se identificó a Sí mismo con el nombre YO SOY (véanse, por ejemplo, DyC 29:1; 38:1; 39:1). Analicemos el siguiente diálogo interesante del Antiguo Testamento, donde Moisés acaba de recibir una asignación divina que no había buscado: el llamado a liberar a los hijos de Israel del cautiverio. La escena se desarrolla en lo alto del monte Sinaí:
Entonces Moisés respondió a Dios: ¿Quién soy yo para que vaya a Faraón y saque de Egipto a los hijos de Israel? [Sin duda, Moisés se sentía inadecuado ante tal llamamiento, del mismo modo que ustedes y yo nos podemos sentir ante una asignación difícil.]
Y dijo Moisés a Dios: He aquí que llego yo a los hijos de Israel y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros; si ellos me preguntan: ¿Cuál es su nombre? ¿Qué les responderé?
Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me ha enviado a vosotros.
Y además dijo Dios a Moisés: Así dirás a los hijos de Israel: Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre, y con él se hará memoria de mí por todos los siglos. [Éxodo 3:11, 13–15]
De ese modo, Jehová reveló a Moisés el nombre mismo que Él, con mansedumbre y modestia, había escogido como Su propia identificación preterrenal: YO SOY.
Luego, durante Su ministerio terrenal, Jesús ocasionalmente repitió ese nombre. ¿Recuerdan Su breve respuesta a los que le torturaban e interrogaban? Noten el doble significado de Su respuesta:
El sumo sacerdote le volvió a preguntar […] ¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?
Y Jesús le dijo: Yo soy. [Marcos 14:61–62]
Estaba declarando tanto Su nombre como Su linaje.
Otro ejemplo ocurrió cuando se burlaron de Jesús por Su familiaridad con Abraham:
Le dijeron entonces los judíos […] ¿Has visto a Abraham?
Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy. [Juan 8:57–58]
Jehová, el Gran YO SOY, el Dios del Antiguo Testamento, se identificó claramente a sí mismo cuando se le apareció personalmente, en Su gloria como un ser resucitado, al profeta José Smith y a Oliver Cowdery en el Templo de Kirtland el 3 de abril de 1836. Cito del testimonio que escribieron después:
Vimos al Señor sobre el barandal del púlpito, delante de nosotros; y debajo de sus pies había un pavimento de oro puro del color del ámbar.
Sus ojos eran como llama de fuego; el cabello de su cabeza era blanco como la nieve pura; su semblante brillaba más que el resplandor del sol; y su voz era como el estruendo de muchas aguas, sí, la voz de Jehová, que decía:
Soy el primero y el último; soy el que vive, soy el que fue muerto; soy vuestro abogado ante el Padre. [DyC 110:2–4; énfasis añadido; véase también DyC 76:23]
Jesús cumplió con Su responsabilidad como Jehová, “el Gran YO SOY”, con consecuencias eternas.
Jesús es nuestro Abogado ante el Padre (véanse 1 Juan 2:1; DyC 29:5; 32:3; 45:3; 110:4). La palabra abogado se deriva de palabras latinas que significan “una voz por” o “el que suplica por otro”. En las Escrituras aparecen otros términos relacionados, tales como intercesor o mediador (véanse también 1 Timoteo 2:5; 2 Nefi 2:28; DyC 76:69). En el Libro de Mormón aprendemos que esta responsabilidad fue prevista antes de Su nacimiento:
[Jesús] intercederá por todos los hijos de los hombres; y los que crean en él serán salvos. [2 Nefi 2:9]
Esta misión era claramente evidente en la oración compasiva intercesora de Jesús. Piensen en él, arrodillado y suplicando fervientemente. Escuchen el hermoso lenguaje de Su oración. Piensen en cuán profundamente siente la responsabilidad de Su misión como mediador:
He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra.
Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado proceden de ti,
porque las palabras que me diste les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste.
Yo ruego por ellos. [Juan 17:6–9]
También se le conoce como el mediador del nuevo testamento o convenio (véanse Hebreos 9:15; 12:24). El comprender Su papel como abogado, intercesor y mediador ante el Padre nos da la seguridad de Su comprensión, justicia y misericordia sin igual (véase Alma 7:12).
Jesús fue preordenado para ser el Emanuel prometido. ¿Recuerden la extraordinaria profecía de Isaías?
Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel. [Isaías 7:14]
El cumplimiento de esa profecía no solo era improbable, sino que era humanamente imposible. ¡Increíble! Todos sabían que una virgen no podía concebir un hijo, ¡y que además le pusieran a ese niño un nombre tan grandioso era doblemente atrevido! El nombre hebreo que Isaías anunció, Emanuel, significa literalmente “¡Dios [está] con nosotros!”.
Posteriormente, aquel nombre sagrado fue dado a Jesús en el Nuevo Testamento, en el Libro de Mormón y en Doctrina y Convenios (véanse Mateo 1:23; 2 Nefi 17:14; DyC 128:22).
Sólo podía ser Emanuel por la voluntad del Padre.
Jesús llevó solo Su responsabilidad como el Hijo de Dios, el Hijo Unigénito del Padre (véanse Juan 1:14, 18; 3:16). Jesús era, literalmente, el “Hijo del Altísimo” (Lucas 1:32, 35). Hay más de una docena de pasajes de las Escrituras en los que la solemne palabra de Dios el Padre da testimonio de que Jesús es verdaderamente Su Hijo Amado. Con frecuencia, ese solemne testimonio va acompañado de la súplica de Dios de que los hombres escuchen y obedezcan la voz de Su santo Hijo (véanse Mateo 3:17; 17:5; Marcos 1:11; 9:7; Lucas 3:22; 9:35; 2 Pedro 1:17; 2 Nefi 31:11; 3 Nefi 11:7; 21:20; DyC 93:15; Moisés 4:2; JS–H 1:17). A través de la condescendencia de Dios, esa profecía tan improbable de Isaías se hizo realidad.
El linaje único de Jesús fue también anunciado a Nefi, a quien un ángel instruyó:
He aquí, la virgen que tú ves es la madre del Hijo de Dios, según la carne.
¡He aquí, el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno! [1 Nefi 11:18, 21]
De Su madre, Jesús heredó la mortalidad y el potencial de la muerte (véanse Génesis 3:15; Marcos 6:3). De Su Padre Celestial, heredó el potencial de la inmortalidad y la vida eterna. Antes de Su crucifixión, pronunció las siguientes palabras aclaratorias:
yo pongo mi vida, para volverla a tomar.
Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. [Esto] recibí de mi Padre. [Juan 10:17–18]
Aunque distinto de Su Padre Celestial tanto en cuerpo como en espíritu, Jesús es uno con Su Padre en poder y propósito, siendo el objetivo final de ambos el “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39).
Algunos de ustedes quizás se pregunten por qué a veces se hace referencia al Hijo como “el Padre”. El nombre, o designación, de cualquier persona puede variar. Cada hombre aquí es un hijo, pero también se le puede llamar “padre”, “hermano”, “tío” o “abuelo”, dependiendo de las circunstancias de la conversación. Por lo tanto, no debemos dejarnos confundir con respecto a la identidad divina, el propósito o la doctrina. Debido a que Jesús fue nuestro Creador, se le conoce en las Escrituras como “el Padre de todas las cosas” (Mosíah 7:27; véanse también Mosíah 15:3; 16:15; Helamán 14:12; Éter 3:14). Pero, por favor, recuerden: “Jesucristo no es el Padre de los espíritus que han tomado o que vayan a tomar un cuerpo en esta tierra, pues Él es uno de ellos. Él es el Hijo, tal y como los demás son hijos e hijas de Elohim” (Declaración de la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce Apóstoles, 30 de junio de 1916; reproducido en James E. Talmage, The Articles of Faith, ed. 12, [Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1924], apéndice 2, pág. 473).
Entendemos bien esa distinción cuando oramos a nuestro Padre Celestial en el nombre de Su Hijo, Jesucristo, por el poder del Espíritu Santo. Al hacerlo con regularidad, honramos a nuestros padres celestiales y terrenales, tal como Jesús honró a los Suyos como el Hijo de Dios.
Dios ungió “a Jesús de Nazaret […] con el Espíritu Santo y con poder” (Hechos 10:38). Por eso, Jesús era el Ungido. La palabra hebrea para el ungido es Mesías, y la traducción griega es Cristo. Por tanto, “a Jesús se le llama el Cristo […] o el Mesías [lo cual significa que] Él es el único ungido del Padre para ser Su representante personal en todas las cosas relacionadas con la salvación del género humano” (Guía para el Estudio de las Escrituras, s.v. “Ungido, el”, pág. 206). Las Escrituras declaran que Cristo es el único nombre debajo del cielo mediante el cual viene la salvación (véase 2 Nefi 25:20). Así que pueden emplear cualquiera de estos títulos para indicar su adoración por Jesús: “el Cristo” o “el Mesías”, ungido por Dios para esa responsabilidad divina.
Jesús nació para ser el Salvador y el Redentor de toda la humanidad (véanse Isaías 49:26; 1 Nefi 10:5). Era el Cordero de Dios (véase 1 Nefi 10:10), quien se ofreció a Sí mismo sin mancha y sin contaminación (véase 1 Pedro 1:19) como sacrificio por los pecados del mundo (véase Juan 1:29). Más adelante, como el Señor resucitado, conectó esa sagrada responsabilidad con el significado del evangelio, el cual describió en un pasaje poderoso:
He aquí, os he dado mi evangelio, y este es el evangelio que os he dado: que vine al mundo a cumplir la voluntad de mi Padre, porque mi Padre me envió.
Y mi Padre me envió para que fuese levantado sobre la cruz. [3 Nefi 27:13–14]
De este modo, Jesús mismo definió el Evangelio. En inglés, este término procede de una palabra antigua, godspell, que literalmente significa “buenas noticias”.
Las buenas nuevas son que Jesucristo ha efectuado una expiación que redimirá a toda la humanidad de la muerte y que recompensará a toda persona de acuerdo con sus propias obras. [Guía del Estudio de las Escrituras, s.v. “Evangelios”, pág. 682] Esta expiación se inició con Su llamamiento en la vida preterrenal, pero Jesús la llevó a cabo durante Su vida mortal. [Bible Dictionary, s.v. “Gospels”, pág. 682, traducción de BYU Speeches.]
La Expiación de Jesucristo había sido predicha mucho antes de que naciera en Belén. Los profetas habían anunciado Su venida durante muchas generaciones. Dado que el Simposio del Libro de Mormón de este año se centra en el libro de Helamán, veamos un fragmento de su registro, escrito alrededor de unos treinta años antes del nacimiento del Salvador:
Recordad que no hay otra manera ni medio por los cuales el hombre pueda ser salvo, sino por la sangre expiatoria de Jesucristo, que ha de venir; sí, recordad que él viene para redimir al mundo. [Helamán 5:9]
Su expiación nos bendice a cada uno de nosotros de una manera muy personal. Escuchen cuidadosamente esta explicación de Jesús:
Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;
mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;
padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.
Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres. [DyC 19:16–19]
Jesús cumplió Su gloriosa promesa hecha en los concilios preterrenales, al expiar de manera incondicional la caída de Adán y Eva, así como nuestros pecados con la condición de que nos arrepintiéramos.
Su responsabilidad como Salvador y Redentor estaba profundamente entrelazada con Su responsabilidad como Creador. Para aportar más claridad a esta relación, me gustaría compartir una cita extraordinaria que encontré un día en un libro antiguo en Londres, mientras exploraba la biblioteca del Museo Británico. Se publicó como una traducción al inglés del siglo XX de un antiguo texto egipcio, el cual fue escrito por Timoteo, arzobispo de Alejandría, quien murió en el año 385 d. C. Este registro hace referencia a la creación de Adán. En él, el Jesús premortal habla de Su Padre:
Hizo a Adán a Nuestra imagen y semejanza, y lo dejó tendido cuarenta días y cuarenta noches sin poner aliento de vida en él. Cada día suspiraba, diciendo: “Si pongo aliento de vida en este [hombre], tendrá que padecer mucho dolor”. Le dije a Mi Padre: “Pon aliento en él; Yo seré su intercesor”. Mi Padre me dijo: “Si pongo aliento en él, mi Hijo Amado, Te verás obligado a descender al mundo y sufrir mucho dolor por él antes de que lo hayas redimido y le hagas volver a su primer estado”. Y le dije a Mi Padre: “Pon aliento en él; Yo seré su intercesor, y descenderé al mundo y obedeceré Tu mandato”. [“Discourse on Abbaton by Timothy, Archbishop of Alexandria”, Coptic Martyrdoms Etc. in the Dialect of Upper Egypt, vol. 4 de Coptic Texts, editado, con traducciones al inglés, por E. A. Wallis Budge (Londres: Museo Británico, 1914; Nueva York: AMS Press, 1977), pág. 482; los corchetes aparecen en el texto impreso. Para comparar con pasajes relacionados de las Escrituras, véanse Moisés 3:7; 6:8–9, 22, 29.]
La responsabilidad de Jesús como Intercesor, Salvador y Redentor fue preordenada en el mundo preterrenal y se cumplió mediante Su Expiación (véanse Job 19:25–26; Mateo 1:21). La responsabilidad de ustedes consiste en recordar, arrepentirse y ser justos.
Estrechamente relacionado con el estado del Señor como Salvador y Redentor está Su responsabilidad como Juez. Jesús reveló esa interrelación después de haber declarado Su definición del Evangelio, la cual cité anteriormente:
así como he sido levantado [en la cruz] por los hombres, así también los hombres sean levantados por el Padre, para comparecer ante mí, para ser juzgados por sus obras, ya fueren buenas o malas […]
por consiguiente, de acuerdo con el poder del Padre, atraeré a mí mismo a todos los hombres, para que sean juzgados según sus obras. [3 Nefi 27:14–15]
El Libro de Mormón proporciona más información sobre cómo se realizará ese juicio, al igual que la investidura del templo. Al acercarnos a la entrada de la corte celestial de la justicia, sabemos quién la presidirá personalmente:
El guardián de la puerta es el Santo de Israel; y allí él no emplea ningún sirviente, y no hay otra entrada sino por la puerta; porque él no puede ser engañado, pues su nombre es el Señor Dios.
Y al que llamare, él abrirá. [2 Nefi 9:41–42]
Las Escrituras indican que el Señor recibirá ayuda apostólica al ejercer juicio sobre la casa de Israel (véanse 1 Nefi 12:9; DyC 29:12). Su encuentro personal en el juicio se verá guiado por sus propios “vivo[s] recuerdo[s]” (Alma 11:43) y “recuerdo[s] perfecto[s]” (Alma 5:18) de sus obras, así como por el deseo de sus corazones (véase DyC 137:9).
Otra responsabilidad del Señor es la de ser el Ejemplo. Él dijo a las personas de la Tierra Santa:
ejemplo os he dado, para que así como yo os he hecho, vosotros también hagáis. [Juan 13:15; véanse también 14:6; 1 Pedro 2:21]
Ante los pueblos de las Américas antiguas, volvió a resaltar Su misión como Ejemplo:
He aquí, yo soy la luz; yo os he dado el ejemplo. [3 Nefi 18:16; véanse también 27:27; 2 Nefi 31:9, 16]
En el Sermón del Monte, Jesús amonestó a Sus seguidores con estas palabras:
Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto. [Mateo 5:48]
A pesar de que Jesús estuvo libre de pecado y sin mancha durante Su vida terrenal, debemos recordar que Él consideraba que Su propio estado de perfección física todavía no había llegado (véase Lucas 13:32). Incluso Él tuvo que perseverar hasta el fin. ¿Se esperará menos de nosotros?
Cuando el Señor crucificado y resucitado se apareció al pueblo de la antigua América volviendo a recalcar la importancia de Su ejemplo, pero esta vez incluyéndose a Sí mismo como ser perfecto:
quisiera que fueseis perfectos así como yo, o como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto. [3 Nefi 12:48]
¿Se sienten frustrados por sus propias imperfecciones? Por ejemplo, ¿alguna vez han dejado las llaves dentro del auto? ¿Se han ido de una habitación a otra con el propósito de hacer algo, para darse cuenta de que han olvidado lo que querían hacer? (Por cierto, este tipo de problemas no desaparecen con la edad). Mientras tanto, por favor no se desanimen por el deseo que expresa el Señor de que seamos perfectos. Deben tener fe para saber que Él no les requerirá un desarrollo más allá de su propia capacidad. Por supuesto, deben esforzarse por corregir los hábitos o los pensamientos que son inapropiados. ¡La conquista de la debilidad proporciona gran gozo! En esta vida, ustedes pueden alcanzar cierto grado de perfección en algunas cosas. Pueden ser perfectos en guardar varios mandamientos, mas el Señor no les está pidiendo necesariamente que nunca cometan errores ni que sean perfectos en todas las cosas. Les está suplicando mucho más que eso. Sus esperanzas son que ustedes logren todo su potencial, ¡que sean como Él es! Eso incluye el perfeccionamiento del cuerpo físico de ustedes, cuando este sea transformado a un estado inmortal en el que no se pueda deteriorar ni morir.
A medida que se esfuerzan sinceramente por mejorar continuamente durante su vida aquí, recuerden que les aguardan la resurrección, la exaltación y la perfección en la vida venidera. Esa preciosa promesa de perfección no habría sido posible sin la Expiación ni el ejemplo del Señor.
Por último, he decidido hablar de la responsabilidad suprema del Señor, que aún está por venir, la de Su magnífico estado como el Mesías Milenario. Cuando llegue ese día, la faz física de la Tierra habrá cambiado:
Todo valle será alzado, y todo monte y collado serán bajados; y lo torcido será enderezado, y lo áspero será allanado. [Isaías 40:4]
Entonces Jesús regresará a la Tierra. Su Segunda Venida no será un secreto, sino que será ampliamente conocida.
Se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá. [Isaías 40:5]
Entonces, “el principado estará sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6). Gobernará desde dos capitales mundiales: una en la antigua Jerusalén (véanse Zacarías 14:4–7; DyC 45:48–66; 133:19–21) y la otra en la Nueva Jerusalén “edificada sobre el continente americano” (Artículos de Fe 1:10; véanse también Éter 13:3–10; DyC 84:2–4). Desde esos centros, dirigirá los asuntos de Su Iglesia y reino. Entonces “él reinará para siempre jamás” (Apocalipsis 11:15; véanse también Éxodo 15:18; Salmos 146:10; Mosíah 3:5; DyC 76:108).
En ese día, tendrá títulos nuevos y estará rodeado de santos especiales. Será conocido como “Señor de señores y Rey de reyes; y los que est[én] con él s[erán] llamados, y elegidos y fieles” a la misión que se les ha encomendado en la vida terrenal (Apocalipsis 17:14; véase también 19:16).
Él es Jesús el Cristo, nuestro Maestro y más. Hemos tratado sólo diez de Sus muchas responsabilidades: las de Creador, Jehová, Abogado ante el Padre, Emanuel, Hijo de Dios, Ungido, Salvador y Redentor, Juez, Ejemplo y Mesías Milenario.
Como discípulos Suyos, ustedes y yo también tenemos grandes responsabilidades. Así que ahora hablo en un tono muy personal. A lo largo de mi vida he visitado los cincuenta estados de los Estados Unidos y también he viajado a otros ochenta y seis países del mundo. Dondequiera que vaya, es mi llamamiento divino y mi sagrado privilegio el dar ferviente testimonio de Jesucristo. ¡Él vive! Lo amo. Lo sigo con fervor y con plena disposición ofrezco mi vida a Su servicio. Como Su testigo especial, enseño de Él con solemnidad y testifico de Él.
También deseo expresar mi profunda admiración y cariño por cada uno de ustedes, mis queridos hermanos y hermanas, junto con mi esperanza y bendición de que asuman su responsabilidad de conocer al Señor, amarlo, seguirlo, servirle, enseñar sobre Él y dar testimonio de Él, tal como yo lo hago. Su Iglesia ha sido restaurada en la tierra en estos últimos días a fin de preparar al mundo y a su gente para Su segunda venida. De esto testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.
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Russell M. Nelson fue miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días cuando pronunció este discurso en Brigham Young University el 2 de febrero de 1992.

Russell M. Nelson fue miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días cuando pronunció este discurso en Brigham Young University el 2 de febrero de 1992.