Devocional

El amor no es ciego: Reflexiones para universitarios sobre la Fe y la Ambigüedad

Presidente de Ricks College (BYU Idaho)

9 de enero de 1979

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Todo lo que pido, hermanos y hermanas, es que nosotros, los que vamos a la universidad, seamos lo suficientemente honrados y valientes como para afrontar cualquier incertidumbre que podamos encontrar, que tratemos de comprenderlas y hagamos algo al respecto.

Tenemos la intención de modificar la traducción cuando sea necesario. Si tiene alguna sugerencia, escríbanos a speeches.spa@byu.edu

Gracias, Presidente Oaks. Se siente bien volver a este campus. Si les preguntaran a nuestros hijos de dónde son, todavía dirían que son de Provo. No sé cuántos años más continuarán diciendo eso; esperamos que pronto se acostumbren a Rexburg. Provo y Rexburg tienen mucho en común, y no es menor que en estas dos ciudades haya dos grandes Universidades. Ha sido una fuente de gran satisfacción notar el apoyo y la preocupación que las personas de BYU tienen por la Universidad de Ricks (Actualmente BYU Idaho). Quiero que sepan que la gente de Ricks aprecia su interés.

Para que podamos estar alerta a lo que el enemigo nos está diciendo, me gustaría compartir con ustedes algo que escuché recientemente acerca de los alumnos de las universidades de la Iglesia. Un amigo mío, que se graduó de otra universidad en este estado, me preguntó que tienen en común una persona esperando un taxi en hora pico y una estudiante de una universidad de la iglesia buscando novio. Le dije que no sabía la diferencia, pero que siempre me había intrigado esa pregunta.

Él dijo: “Cualquiera le sirve”. Esto obviamente no se aplica a nosotros, excepto en la ocasión en que le propuse matrimonio a mi esposa aquí en Provo hace varios años. En ese momento, al menos, me alegré de que hubiera algo de verdad en esa observación.

El título de mis palabras de hoy, hermanos y hermanas, es sencillo y les dejará preguntándose a qué me refiero; espero que esté claro para cuando termine. El título es “El amor no es ciego”.

Cuando yo era estudiante de derecho, mi esposa y yo asistimos a un barrio de estudiantes en el que la mayoría de los miembros eran estudiantes de posgrado. Desarrollamos estrechas amistades con muchos de los que estaban experimentando, al igual que nosotros, la gran expansión de la mente al aprender las herramientas del análisis intelectual y la expansión del espíritu al acercarnos al Señor mediante experiencias tales como el matrimonio y la crianza de nuestros primeros hijos.

Un domingo por la mañana, el Cuórum de Élderes de nuestro barrio llevó a cabo una reunión especial de testimonios, caracterizada por la calidez espiritual y la sinceridad personal. Durante esa reunión, un compañero de derecho relató una experiencia de su niñez que había tenido justo después de haber sido ordenado diácono. Vivía en una granja y le habían prometido que criaría a un becerro que estaba a punto de nacer. Una mañana de verano, cuando sus padres estaban ausentes, estaba trabajando en el granero cuando la vaca preñada comenzó a parir prematuramente. Observó con gran asombro el nacimiento del becerro; y entonces, sin previo aviso, la madre rodó sobre el pequeño becerro. Ante sus ojos la vaca estaba tratando de matarlo; por lo tanto, clamó al Señor con todo su corazón pidiendo ayuda. Sin pensar en cuánto más pesaba la vaca que él, la empujó con toda su fuerza y de alguna manera la apartó. Tomó el cuerpo sin vida del becerro en sus brazos, con el corazón roto, y lágrimas corriendo por sus mejillas, lo miró, preguntándose qué había sucedido y qué podría hacer. Entonces nos dijo que recordó que ahora poseía el sacerdocio y tenía todo el derecho de orar para pedir ayuda adicional. Y así oró desde lo más profundo de su joven y devoto corazón. Poco tiempo después, el pequeño animal comenzó a respirar de nuevo y supo que su oración había sido contestada.

Después de contarnos esto, los ojos se le llenaron de lágrimas y él nos dijo: “Hermanos, les cuento esta historia porque no sé sí ahora podría hacer lo que hice en ese momento. No creo que pueda esperar ese tipo de ayuda del Señor en una situación parecida. No estoy seguro de poder creer ahora, incluso si reviviera esa experiencia, pensaría que la supervivencia del becerro fue tan solo una coincidencia. No entiendo lo que me ha pasado desde aquel incidente, pero siento que algo ha salido un poco mal”.

Al compartir tanto las dimensiones infantiles como sofisticadas, yo creo que mi amigo del Cuórum de élderes no estaba diciendo que había perdido su fe en el Señor; sino más bien, él simplemente estaba siendo muy sincero con nosotros. Este relato refleja los pensamientos y sentimientos que muchos de nosotros experimentamos, a nuestra manera, durante los años universitarios. Estos pensamientos y sentimientos son una parte importante del crecimiento hacia la madurez espiritual e intelectual, así como una parte crucial para entender tanto las fortalezas como las limitaciones de una educación universitaria.

Antes de entrar en la universidad, la mayoría de nosotros pensamos las cosas en términos de blanco y negro; hay muy poco gris ya sea en la dimensión intelectual o espiritual de nuestra perspectiva. Por lo tanto, la mayoría de los estudiantes de primer año en lugares como BYU y Ricks tienen un optimismo y lealtad maravillosamente inocente que los hace más enseñables y agradables que cualquier otro grupo de alumnos. Considero que una de las grandes bendiciones de mi vida es estar asociado con tantos jóvenes, que están atravesando ese punto de sus vidas, en la Universidad de Ricks. Es típico de estos jóvenes y jovencitas confiar en sus maestros, creer en lo que leyeron y responder con un entusiasmo ilimitado a las invitaciones para servir en la Iglesia. ¿Dónde más, sino en un barrio de estudiantes compuesto en su mayoría por estudiantes de primer año, encontrarán a un miembro de la Iglesia tan entusiasmado por ser llamado por el obispo como coordinador del himnario, o tal vez como especialista de jugo de naranja de la Sociedad de Socorro los domingos por la mañana? Como dijo un misionero retornado, una de las mejores cosas de un barrio de estudiantes compuesto principalmente de estudiantes de primer año y de segundo año es que cuando se plantea un tema de discusión como la fe o el arrepentimiento, nadie bosteza.

Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, las nuevas experiencias pueden presentar una nueva dimensión a la perspectiva de un alumno. En general, describiré esta nueva dimensión como un crecimiento de conciencia sobre la brecha entre lo real y lo ideal, entre lo que es y lo que debe ser. Para ilustrarlo, les pido que imaginen dos círculos, uno dentro del otro. El límite interior es lo real, o lo que es; el límite exterior es lo ideal, o lo que debería ser. Nos encontramos en el límite interior, extendiendo la mano, tratando de acercarnos más a los ideales a los que nos hemos comprometido. Nos damos cuenta de la distancia entre estos dos límites cuando percibimos que algunas cosas sobre nosotros mismos o las circunstancias que presenciamos no son como esperamos que fueran. En momentos como ese, pueden surgir algunas frustraciones. Permítanme ofrecerles algunos ejemplos de lo que quiero decir.

Los alumnos de una universidad de la Iglesia pueden sufrir desilusiones cuando pierden una gran batalla contra el monstruo burocrático, o cuando permanecen desconocidos y sin nombre para el obispo de su barrio durante semanas o incluso meses, o cuando se enfrentan a un miembro del cuerpo docente cuyos compromisos con la Iglesia parecen dudosos. A un nivel más personal y espiritual, tal vez una oración importante lleva demasiado tiempo sin respuesta, o sufren algunos reveses devastadores con las calificaciones, su salud o los prospectos de matrimonio; y los cielos pueden parecer cerrados en tiempos de gran necesidad. También pueden llegar a ser cada vez más conscientes de las imperfecciones de otras personas, incluso de los padres, de otros miembros de la Iglesia, o incluso de un obispo o de un presidente de estaca. Como dicen los historiadores, cuando nos familiarizamos más con aquellos que han sido nuestros héroes, podemos comenzar a ver sus limitaciones humanas. Es posible que los alumnos también comiencen a afrontar temas tan polémicos como la función de la mujer en la Iglesia y las diferentes opiniones políticas entre los miembros de la Iglesia.

No es raro que los misioneros también se encuentren con esta brecha entre lo real y lo ideal, quizás porque los nuevos misioneros por lo general hacen compromisos más idealistas de lo que nunca antes habían hecho. Sin embargo, a pesar de sus más valientes esfuerzos, tal vez se encuentren más de una vez luchando contra las lágrimas de la desilusión cuando los frutos prometidos de una actitud mental positiva se les escapan. Hay algo especial en momentos como este donde descubrimos por primera vez que hay limitaciones en la idea de que podemos hacer cualquier cosa que tengamos en mente. Una vez di todo lo que tenía con esa proposición en mente, en mi determinación de ser el mejor lanzador de bala de la historia de mi secundaria. Pero simplemente no era lo suficientemente grande; realmente, no había solución.

Experiencias como estas pueden producir confusión e incertidumbre —en una palabra, ambigüedad— y uno puede anhelar con nostalgia momentos más sencillos y fáciles en los que las cosas no solo parecían más claras, sino más bajo nuestro control. Tales experiencias pueden dar lugar a los comienzos del escepticismo, de la crítica, de la falta de disposición a responder a la autoridad o a las invitaciones para alcanzar ideales que ahora parecen estar más allá de lo que uno puede comprender. No todos se encontrarán con lo que he estado describiendo, y no quiero sugerir que todos tengan esas experiencias. Pero es más probable que los alumnos universitarios encuentren “ambigüedad” en casi cualquier circunstancia en la que se encuentren.

Las enseñanzas fundamentales del Evangelio restaurado son potentes, claras e inequívocas; pero en ocasiones es posible encontrarse con cierta ambigüedad incluso al estudiar las Escrituras. Consideren, por ejemplo, el caso —conocido por todos nosotros— de Nefi, quien mató a Labán para obtener el registro de las Escrituras (véase 1 Nefi 4:5–18). Esa situación no está libre de ambigüedad hasta que el lector se da cuenta de que Dios mismo, quien dio el mandamiento “No matarás” (Éxodo 20:13), fue también el origen de las instrucciones dadas a Nefi en este caso excepcional.

Consideren también el caso de Pedro la noche en que negó que conocía a su Maestro tres veces seguidas (véase Mateo 26; Marcos 14; Lucas 22; Juan 18). Comúnmente consideramos a Pedro como un cobarde cuyo compromiso no era lo suficientemente fuerte como para defender al Salvador, pero una vez escuché al presidente Spencer W. Kimball ofrecer una interpretación alternativa de la situación de Pedro. En un discurso en este campus en 1971, el presidente Kimball, que en ese entonces era miembro del Cuórum de los Doce, dijo que la declaración del Salvador de que Pedro lo negaría tres veces antes de que cantara el gallo podría haber sido una petición a Pedro, no una predicción. Jesús podría haber estado instruyendo a su apóstol principal que negara cualquier asociación con él a fin de asegurar un liderazgo fuerte para la Iglesia después de la crucifixión. Tal como preguntó el presidente Kimball, quién puede dudar de la valentía y la disposición de Pedro de ponerse de pie y ser reconocido cuando le cortó la oreja a un guardia en el jardín de Getsemaní. El presidente Kimball no ofreció este punto de vista como la única interpretación, pero sí señaló que hay suficiente justificación para que se considere. Entonces, cuál es la respuesta: ¿Fue Pedro un cobarde, o fue tan crucial para la supervivencia de la Iglesia que se le prohibió arriesgar su vida? No estamos seguros. Este es un incidente de las Escrituras en el que hay cierta ambigüedad y dificulta  nuestro entendimiento total.

Comparemos algunos otros pasajes de las Escrituras. El Señor ha dicho que no puede considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia (D. y C. 1:31), pero en otros lugares dijo a la mujer adúltera: “¿Dónde están. . . los que te acusaban? . . . Ni yo te condeno; vete, y no peques más (Juan 8:10-11). En verdad hay un principio de justicia, pero también hay un principio de misericordia. En ocasiones, esos dos principios correctos se unen entre sí a medida que el principio superior unificador de la Expiación lleva a cabo su obra. Aunque Dios nos ha dado principios correctos mediante los cuales debemos gobernarnos, no siempre es fácil aplicarlos a situaciones particulares en nuestra vida.

Cada día nos enfrentamos a ejemplos concretos de ese proceso al intentar cumplir con nuestras responsabilidades hacia la familia, la Iglesia, la comunidad y nuestras preocupaciones profesionales. Una joven madre que vive en esta comunidad y que tiene varios hijos, además de una responsabilidad en la Iglesia y un esposo ocupado y fiel, expresó su desaliento mientras intentaba decidir lo que debía priorizar en la vida y cuando debía hacerlo. Le dijeron: “Bueno, asegúrese de poner la obra del Señor en primer lugar”.

Su respuesta: “Pero, ¿qué pasa si es toda la obra del Señor?”

De manera similar, mi esposa y yo a menudo nos hemos preguntado cómo debemos lidiar con nuestros hijos en uno de los cuatro mil incidentes que no se anticipan en ninguno de los libros sobre la crianza de los hijos. A veces uno de nosotros tiene un sentimiento claro en cuanto a lo que se debe hacer, pero a menudo me encuentro simplemente diciéndole, con gran convicción y total confianza en ella: “Bueno, querida, asegúrate de hacer lo correcto”.     

La vida familiar y la Iglesia no son los únicos aspectos en los que la respuesta correcta no siempre está a plena vista. Si quisieran ampliar su entendimiento en cuanto a las repercusiones de la ambigüedad, podrían pensar una vez más en la guerra de Vietnam. ¿Debería nuestra nación haber tratado de hacer más de lo que lo hizo, o menos de lo que hizo? O tal vez podrían considerar si debemos vender todo lo que tenemos y donar nuestro excedente a los millones de personas que están pasando hambre. También podríamos preguntarnos cuánta intervención gubernamental en los negocios y en la vida privada es demasiado. Las personas que se encuentran en el extremo de estas preguntas expresan gran certeza en cuanto a lo que se debe hacer. Sin embargo, creo que algunas de esas personas están más interesadas en tener la razón que estar en lo correcto.

Volviendo a un tema más claro para ilustrar la naturaleza de la ambigüedad, recuerdo la declaración de Arthur King de que la mayoría de las obras literarias más conocidas plantean una profunda pregunta sobre un problema humano, exploran la pregunta con destreza y profundidad, y luego dejan el asunto para que el lector lo resuelva. Agregó que si la resolución parece demasiado clara o demasiado fácil, la literatura no es muy buena o los lectores no entienden. Tomemos, por ejemplo, la novela de Dostoevsky, The Idiot, que plantea seriamente la pregunta de si es posible que un verdadero cristiano ame desinteresadamente. El personaje principal de la historia es una persona pura y buena que ama a dos mujeres diferentes de dos maneras diferentes. Uno que ama como la mayoría de los hombres aman a las mujeres: ella se preocupa por él, ella lo ayuda, se siente atraída por ella románticamente y ella podría hacer que su vida sea muy feliz. La otra mujer, una persona patéticamente inadecuada, él la ama principalmente porque ella lo necesita desesperadamente y porque él tiene un corazón compasivo. Al plantearse el dilema de con cuál de esas dos mujeres debe casarse el hombre, Dostoevsky parece preguntarse si es posible que los hombres mortales se entreguen honestamente a los ideales altruistas del cristianismo. Como es de esperar, él deja la enorme pregunta sin resolver, obligando al lector a meditar la respuesta por sí mismo.            

He tratado intencionalmente de sugerir una amplia variedad de casos en los que las respuestas que buscamos no son tan evidentes como podríamos esperar. Mi sugerencia es que cierta incertidumbre es característica de la experiencia terrenal. Los vapores de tinieblas en el sueño de Lehi son, por esa misma razón, una representación simbólica de la vida al enfrentarla en este mundo. Muchas cosas son, por supuesto, muy ciertas y muy claras, como lo representa tan hermosamente la barra de hierro en el sueño de Lehi; pero, en particular, para aquellos que cursan estudios universitarios, hay suficiente complejidad para hacer que el tema de la ambigüedad sea digno de análisis.                      

Ante la brecha existente para la mayoría de nosotros entre lo que somos y lo que nos gustaría ser, y teniendo en cuenta que al menos algunas experiencias nos harán preguntarnos, ¿qué debemos hacer? Creo que hay tres niveles diferentes de afrontar la ambigüedad. Puede que haya más, pero me gustaría hablar en términos de tres.

En el nivel uno hay dos actitudes típicas, una de las cuales es que simplemente no vemos – quizá no podemos ver- los problemas que existen. Algunos parecen casi conscientemente filtrar cualquier percepción de una brecha entre lo real y lo ideal. Los que se encuentran en esta categoría son aquellos para quienes el Evangelio en su mejor momento es un firme apretón de manos, un saludo entusiasta y un botón con una sonrisa. También consideran que su misión fue la mejor, su barrio de estudiantes es el mejor y cada nuevo día probablemente será el mejor día que hayan tenido. Este tipo de personas son felices, espontáneas y optimistas, y siempre logran vivir sin preocupaciones. Son capaces de soportar muchas tormentas que parecerían terribles para las personas más pesimistas, aunque uno se pregunta si la razón es que a menudo no se dan cuenta de que había una tormenta.   

Un segundo grupo en el nivel uno tiene un problema muy diferente con la brecha entre lo que es y lo que debe ser. Los que se encuentran en esta categoría eliminan la frustración que se crea al percibir una distancia entre lo real y lo ideal en su mundo, borrando de esta manera, el círculo interior de la realidad. Se aferran a lo ideal con tal determinación que son capaces de evitar sentir el dolor que les provocaría enfrentarse a la verdad acerca de sí mismos, de los demás o del mundo que los rodea. Supongo que es esta categoría la que a veces se representa en las cartas al editor de los periódicos de BYU y de Ricks donde se expresa conmoción porque alguna persona o parte de la institución no ha alcanzado la perfección, dejando al escritor atónito, “seguramente no en la universidad del Señor”. Uno de los problemas que experimentan los integrantes de este grupo es que parecen incapaces de distinguir entre las imperfecciones que importan y las que tal vez no importan tanto. Creo que Hugh Nibley debe haber pensado en ellos cuando habló de aquellos que piensan que es más loable levantarse a las cinco de la mañana para escribir un libro malo que levantarse a las nueve de la mañana para escribir un buen libro. Para el hermano Nibley, es obvio que la hora exacta en la que nos levantamos no es tan importante como lo que hacemos una vez que nos levantamos.        

Recuerdo haber escuchado a un grupo de alumnos analizar cuál de los dos tipos de personas que acabo de describir es el modelo más apropiado para emular. Sintieron que tenían que elegir entre estar relajados, felices y despreocupados por el Evangelio, o ser perfeccionistas. Después de escuchar el análisis, sentí que ambos tipos de personas sufren de la misma limitación. No hay mucho donde escoger entre una preocupación frenética por la perfección y una felicidad superficial forzada. Ambas perspectivas carecen de profundidad, y sus defensores comprenden las cosas demasiado rápido y sacan conclusiones de su experiencia con demasiada facilidad. Ninguno de los dos tipos está muy bien preparado para la adversidad, y temo que el primer viento fuerte que llegue los derribará a ambos. Creo que esto se debe principalmente a que sus raíces no se han afirmado lo suficiente en el suelo de la experiencia como para establecer unos cimientos firmes. Ambos también reflejan la delgadez de la filosofía sin templar por el sentido común. En ambos casos, sería útil simplemente ser más realista en cuanto a las experiencias de la vida, aun cuando eso signifique afrontar algunas preguntas y limitaciones que lo dejen a uno un poco incómodo. Esa misma incomodidad puede ser una motivación para lograr un verdadero crecimiento. Como alguien ha dicho, la Iglesia verdadera tiene la intención no solo de consolar a los afligidos, sino de afligir a los que están cómodos.          

Los invito, pues, a elevarse al nivel dos, en las que se ven las cosas como son; porque sólo entonces podrán tratarlas de una manera provechosa y constructiva.  

Si no estamos dispuestos a lidiar con la frustración que proviene de afrontar sincera y valientemente las incertidumbres que enfrentamos, quizás nunca desarrollemos el tipo de madurez espiritual que es necesaria para nuestra preparación final. Heber C. Kimball una vez dijo que la Iglesia tiene muchos lugares estrechos por los cuales aún se debe pasar y que aquellos que vivan con luz prestada no podrán mantenerse en pie cuando lleguen esos días. Por lo tanto, debemos desarrollar la capacidad de formar juicios propios sobre el valor de las ideas, las oportunidades o las personas que puedan venir a nuestra vida. No siempre tendremos la seguridad de saber si cierta idea es “aprobada por la Iglesia”, porque las nuevas ideas no siempre vienen acompañadas de pequeñas etiquetas que digan si la Iglesia les ha dado el sello de aprobación, o no. Ya sea en forma de música, libros, amigos o oportunidades de servir, hay mucho que es “bello, . . . de buena reputación, [y] digno de alabanza” (Artículo de Fe 13) que no es objeto de discusión detallada en los manuales o en las capacitaciones de la Iglesia. Yo creo que los que no se arriesgan a exponerse a experiencias de vida que no están obviamente relacionadas con alguna actividad o programa de la Iglesia, vivirán vidas menos abundantes y significativas de lo que el Señor querría. Debemos desarrollar suficiente amplitud de juicio y la necesaria madurez de perspectiva para que estemos preparados para manejar los ejes y los torbellinos de adversidad y contradicción que son tan probables que acontezcan en nuestra vida. Cuando lleguen esos tiempos, no podemos vivir con luz prestada. No debemos ser engañados por las etiquetas transparentes que algunos podrían usar para describir circunstancias que, de hecho, no son tan claras. Nuestros encuentros con la realidad y la desilusión son etapas vitales en el desarrollo de nuestra madurez y comprensión.

A pesar del beneficio de este tipo de percepción de nivel dos sobre el cual he estado hablando, aún quedan algunos riesgos graves. La aceptación de las nubes de incertidumbre puede ser tan completa que la barra de hierro se desvanece en la niebla que retrocede y el escepticismo se convierte en una filosofía orientadora. A menudo, esa perspectiva proviene de borrar el círculo exterior que representa el ideal, o lo que debería ser, y centrarse excesivamente en el círculo interior de la realidad. Cuando era maestro de la Facultad de Derecho de BYU, noté lo común que era entre nuestros alumnos de primer año experimentar gran frustración al descubrir lo mucho que nuestro sistema legal se caracteriza no por reglas duras y rápidas, sino por principios legales que a menudo parecen contradecirse unos a otros.       

Recuerdo, por ejemplo, a un estudiante en su primer año que se acercó a mí después de una clase a principios del semestre para expresar la confusión que estaba encontrando en su estudio de derecho. Dijo que tenía lo que él llamaba “una baja tolerancia a la ambigüedad” y que se había estado preguntando si parte de su problema era que había regresado hace unas semanas de la misión, donde todo era evidente y claro, y donde incluso las palabras que debía hablar le eran proporcionadas. Para tener éxito, todo lo que tenía que hacer era seguir el plan que le habían asignado paso a paso para cada día y para cada tarea en su misión. La facultad de derecho lo hacía sentir totalmente a la deriva, mientras buscaba pautas sencillas que le dijeran qué hacer. Su circunstancia fue solo otro ejemplo de lo que anteriormente he tratado de describir como típico de los estudiantes universitarios al principio de su experiencia.

Sin embargo, cuando nuestros estudiantes de Derecho llegaban a su tercer año de estudios, no era nada raro que desarrollaran una tolerancia tan alta a la ambigüedad que se mostraban escépticos ante todo, incluidas algunas dimensiones de su fe religiosa. Antes pensaban que tenían todas las respuestas, pero no sabían cuáles eran las preguntas; ahora parecen tener todas las preguntas, pero pocas respuestas. Me encontré deseando decirle a nuestro alumno de tercer año de derecho que aquellos que se deleitan demasiado en sus afinadas herramientas de escepticismo y análisis desapasionado limitarán su eficacia en la Iglesia y en otros lugares, porque se vuelven contenciosos, desconfiados, arrogantes y no dispuestos a implicarse o comprometerse.

He visto a algunas de esas personas probar sus nuevas herramientas intelectuales en su cuórum del sacerdocio o una clase de la Escuela Dominical. Un maestro bienintencionado les dirá algo que les parecerá una tontería, ellos sentirán un impulso irresistible de ponerse en pie para refutar y reventar la burbuja del maestro. Si tienen éxito, comienzan a buscar oportunidades para señalar la excepción a cualquier regla que cualquier persona pueda declarar. Comienzan a deleitarse en interrogar a los ingenuos, buscando la burbuja de alguien que flota por allí para poder reventarla con su nuevo y reluciente alfiler. Y al hacerlo, no se dan cuenta de que cuando algunas de esas burbujas estallan, sale el aire; y con ella va gran parte del sentimiento de confianza, lealtad, armonía y sinceridad tan esencial para preservar el Espíritu del Señor.        

Si eso comienza a suceder en su barrio, en su hogar o en su matrimonio, tal vez hayan comenzado a destruir la frágil tela de confianza que nos une en todas las relaciones amorosas. Las personas de su barrio podrían salir de algunos de sus encuentros con ustedes preguntándose cómo es posible que puedan tener un compromiso profundo con la Iglesia y hacer las cosas que hacen.

No estoy sugiriendo que siempre debemos simplemente sonreír y asentir, dando a entender que todo es maravilloso y que nuestra mayor esperanza es que todos tengan un buen día. Ese es el nivel uno. Les estoy sugiriendo que se den cuenta del potencial tanto para el mal como para el bien que puede conllevar una educación universitaria en su forma de pensar y de relacionarse con los demás.

Los peligros de los que hablo no se limitan a nuestras relaciones con los demás. Pueden llegar a ser muy personales, penetrando nuestro corazón de maneras poco saludables. La capacidad de reconocer la ambigüedad no es una forma final de iluminación. Habiendo admitido la disposición a suspender el juicio temporalmente sobre preguntas que parecen difíciles de responder, habiendo desarrollado una mayor tolerancia y paciencia, nuestra postura básica hacia la Iglesia puede, si no tenemos cuidado, cambiar gradualmente de ser comprometida a ser no comprometida. Esa no es una postura saludable. De hecho, en muchos sentidos, un miembro de la Iglesia que pasa de una etapa de compromiso a una etapa de dudar y no comprometerse está en peor posición que alguien que nunca antes ha experimentado un compromiso básico. La persona previamente comprometida que desarrolló una alta tolerancia a la ambigüedad puede suponer con demasiada facilidad que ya ha pasado por la etapa de la “actitud mental positiva” y que “sabe mejor” ahora, cómo juzgar las cosas. Puede suponer que ser sumiso, manso, obediente y humilde son asuntos con los que ya está familiarizado, y que finalmente ha superado la necesidad de trabajar arduamente como para volver a ser así de nuevo. Hermanos y hermanas, esas son las suposiciones de un corazón endurecido.          

Una vez tuve una experiencia que me enseñó una gran lección sobre la forma en que ser demasiado “realista” puede inhibir el funcionamiento del Espíritu en nuestra vida. Cuando llevaba un año de misionero en Alemania, se me asignó trabajar con un nuevo misionero llamado élder Keeler, que acababa de convertir —o eso creía él— a todas las azafatas en el avión desde Nueva York a Fráncfort. A los pocos días de su llegada, fui llamado a una reunión en otra ciudad y tuve que dejarlo trabajando en nuestra ciudad con otro misionero sin experiencia, cuyo compañero se fue conmigo. Regresé tarde esa noche.

A la mañana siguiente le pregunté cómo le había ido ese día. Sonrió de oreja a oreja y dijo que había encontrado una familia que seguramente se uniría a la Iglesia. En nuestra misión, era raro ver a alguien unirse a la Iglesia, y mucho menos a toda una familia. Le pedí más detalles, pero se había olvidado de escribir el nombre o la dirección. Todo lo que podía recordar era que la familia vivía en el último piso de un gran edificio de apartamentos. “Oh, qué bien”, pensé para mí mientras contemplaba todos esos tramos de escaleras. También explicó que sabía tan poco alemán que había intercambiado solo unas pocas palabras con la mujer que había contestado la puerta. Pero él pensaba que ella quería que volviéramos. Él quería ir a buscarla y que yo hablara con ella ese mismo minuto. Le expliqué que las personas que no cierran la puerta en el rostro de los misioneros no siempre planean unirse a la Iglesia. Pero fuimos a buscarla, principalmente para seguirle la corriente. Tampoco recordaba la calle correcta, así que elegimos un lugar probable en nuestra zona y comenzamos a subir y bajar esas interminables escaleras pulidas.          

Después de una frustrante hora, decidí que realmente tenía que conversar con él. “Basándome en mis muchos meses de experiencia”, dije, “simplemente no vale la pena que dediquemos más tiempo a tratar de encontrar a esa mujer. He desarrollado una tolerancia hacia la realidad de la obra misional, y simplemente sé más de todo esto que usted”.

Sus ojos se llenaron de lágrimas y su labio inferior comenzó a temblar. (Ese élder no era ignorante; recientemente se había graduado de la Facultad de Derecho de Boalt en Berkeley). Lo recuerdo muy bien, me dijo a través de esos ojos llenos de lágrimas: “Élder Hafen, vine a mi misión a encontrar a los sinceros de corazón. El Espíritu me dijo que esa mujer se unirá a la Iglesia, y usted no evitará que la encuentre”.

Decidí enseñarle una lección. Lo hice subir y bajar escaleras incesantemente hasta que ya no pudimos más. “Elder Keeler,” Le pregunte, “¿Ya tuvo suficiente?”.

“No”, dijo. “Tenemos que encontrarla”.

Empecé a molestarme. Decidí hacerlo trabajar hasta que me suplicara que parara; entonces tal vez recibiría el mensaje.

Luego, al final de un largo tramo de escaleras, encontramos el apartamento. Ella abrió la puerta. Él me golpeó las costillas con el codo y susurró en voz alta: “Es ella, élder. Ella es. ¡Hable con ella!”    

No hace mucho, hermanos y hermanas, en Maple Lane, a pocas cuadras de aquí, el esposo de esa mujer se sentó en nuestra sala de estar. Estuvo aquí para la conferencia general porque es el obispo del Barrio Mannheim. Sus dos hijos se están preparando para la misión; su esposa e hijas son pilares en la Iglesia. Esa es una lección que nunca olvidaré de las limitaciones del escepticismo y de la tolerancia a la ambigüedad que viene con el aprendizaje y la experiencia. Espero que nunca sean tan conscientes de la “realidad” al punto de no estar respondiendo a los susurros del cielo.            

Me parece que la respuesta más productiva a la ambigüedad se encuentra en el nivel tres, donde no solo vemos las cosas con los ojos bien abiertos, sino también con el corazón bien abierto. Cuando hagamos eso, habrá muchas ocasiones en las que se nos pida tomar alguna acción cuando pensemos que necesitamos más información antes de saber qué hacer. Tales ocasiones pueden ir desde seguir el consejo de las Autoridades Generales sobre el control de la natalidad (Nota del Traductor: Actualmente no existe una declaración oficial de la Iglesia respecto al control de natalidad) hasta aceptar una asignación de ministración. Basándome en mi experiencia, creo que siempre es mejor conceder al Señor y a Su Iglesia el beneficio de la duda cuando algún caso de ese tipo parece estar demasiado cerca. Hago hincapié en que la disposición a creer y aceptar en estos casos es un asunto muy diferente de la obediencia ciega. Es, más bien, una clase de obediencia amorosa y consciente.

El escritor inglés G. K. Chesterton una vez abordó preguntas similares a las que he planteado hoy. Estableció una distinción entre lo que él llamó “optimismo”, “pesimismo” y “mejora”, lo cual corresponde aproximadamente a mis tres niveles de como tratar con la ambigüedad. Llegó a la conclusión de que tanto los optimistas como los pesimistas miraban demasiado un lado de las cosas, y observó que ninguno de ellos puede ser de mucha ayuda para mejorar la condición humana, porque la gente no puede resolver los problemas a menos que esté dispuesta tanto a reconocer que existe un problema como a conservar la suficiente lealtad genuina para hacer algo al respecto.          

Más específicamente, Chesterton escribió que el mal del optimista excesivo (nivel uno) es que él

defenderá lo indefendible. Él es el jingo (puede entenderse como fanático) del universo; él dirá: “Es mi cosmos, bien o mal”. Estará menos inclinado a la reforma de las cosas; más inclinado a una especie de respuesta oficial de primera fila a todos los ataques, calmando a todos con seguridades. No lavará el mundo, sino que lo blanqueará.  

Por otro lado, el mal del pesimista (nivel dos), escribió Chesterton,            

no es que reprende a dioses y hombres, sino que no ama lo que castiga. . . [Al ser el llamado ‘amigo sincero’], el pesimista no es realmente sincero]. Se está guardando algo: su propio sombrío placer al decir cosas desagradables. Tiene el deseo secreto de herir, no sólo de ayudar. . . . Está utilizando ese feo conocimiento que se le permitió [a fin de] fortalecer al ejército, para desanimar a la gente a unirse a él.

Al seguir describiendo a los “mejoradores” (nivel tres), Chesterton lo ilustra al referirse a las mujeres, que tienden a ser tan leales a aquellos que las necesitan.

Algunos [tontos tienen] la idea de que como las mujeres obviamente respaldan a los suyos en todo, por lo tanto las mujeres son ciegas y no ven nada. Difícilmente pueden haber conocido a alguna mujer. Las mismas mujeres que están dispuestas a defender a sus hombres en las buenas y en las malas son. . .casi morbosamente lúcidas sobre la delgadez de sus excusas o el grosor de su cabeza. . . . El amor no es ciego; eso es lo último que es. El amor está atado, y cuanto más atado, menos ciego es. [G.K. Chesterton, Ortodoxia (Garden City, N.Y.: Image Books, 1959, págs. 69–71).]   

Tal vez el presidente Harold B. Lee estaba pensando en el punto de Chesterton sobre las mujeres cuando solía decir: “Detrás de todo gran hombre, hay una mujer asombrada”.

El hecho de que Chesterton organizara estas categorías me hace pensar en otra manera sencilla de comparar los diferentes niveles de perspectiva que las personas aportan a la manera en que afrontan la ambigüedad. Pienso en la imagen metafórica que se describe en el himno: “Divina Luz”. En el nivel uno, las personas no ven o no pueden ver que hay tanto una “divina luz” como una “oscura noche” o, si perciben ambas cosas, no ven ninguna gran diferencia entre ambos. En el nivel dos, por otro lado, la diferencia es sumamente evidente, pero la aceptación de la ambigüedad entre la luz y la oscuridad puede ser tan totalmente pesimista como para decir: “Recuerda que la hora más oscura llega  justo antes de que todo quede completamente negro.”.

Cuán diferentes son estas respuestas de esta oración tranquila pero sincera del nivel tres:

Divina Luz, con esplendor benigno, alúmbrame. . . . Oscuras son la noche y la senda; mi Guía sé. [Himnos, no. 48]      

Permítanme concluir con una sencilla ilustración de la respuesta de alguien que estaba en el nivel tres. Había pasado del nivel uno porque sus ojos estaban completamente abiertos a la realidad, incluso a parte del dolor, de ver las cosas por lo que eran. Sin embargo, había pasado de un realismo de nivel dos a un nivel tres en el que su perspectiva madura permitía que lo que veía con ojos abiertos fuera subyugado por lo que sentía con un corazón bien abierto.

El hombre en este caso es mi propio padre, que murió hace unos quince años. Al momento de este incidente, tenía unos cincuenta años y estaba muy involucrado en su vida profesional y en otras responsabilidades más pesadas que con frecuencia lo apartaban de su hogar por muchos días. Estaba muy cansado. En una época mucho más temprana de su vida, había servido durante diez años en una presidencia de estaca y había cumplido muchas otras asignaciones para la Iglesia. Un día, su amigo el hermano Whitehead se le acercó para decirle que la presidencia de estaca lo había llamado a ser obispo, pero el hermano Whitehead le había dicho a la presidencia que aceptaría la asignación solo si mi padre actuaba como su primer consejero.

Una cosa es ser llamado como consejero del obispado cuando eres joven y lleno de entusiasmo por aprender sobre el liderazgo en la Iglesia, y cuando uno no está muy ocupado. Es comprensible que uno tenga una actitud un tanto diferente más adelante en la vida. Permítanme compartir con ustedes los pensamientos íntimos del corazón de mi padre, tal como él los escribió ese día en su diario personal:     

Mi primera reacción fue, si es posible, pasa de mí esta copa. . . Sé algo del trabajo que exige el obispado; es un trabajo constante y continuo; no hay respiro. . . Estoy ocupado y mi situación exige todo el tiempo libre y la energía que tengo. En algunos aspectos, no soy lo suficientemente humilde y no oro lo suficiente; No siempre he estado dispuesto a someterme sin rechistar a todas las decisiones de la Iglesia. . . pero tampoco siento que pueda decir no a cualquier llamamiento que me de la Iglesia, por lo que ahora añado a mi primera reacción: ‘No obstante, no como yo quiero, sino como Tú’. Me comprometo a hacer lo mejor que pueda. Habrá ocasiones en las que me sentiré desafiado bajo las interminables reuniones, pero voy a ponerme en sintonía con el programa de la Iglesia en todos los sentidos. No pretendo ser un “Santo”, pero sé que no debe haber reservas en mi corazón en cuanto a mis deberes y responsabilidades. La obra de la Iglesia tendrá que ser lo primero. No será difícil para mí pagar el diezmo y asistir con regularidad, como lo he estado haciendo. Pero tendré que aprender, supongo, a amar Deseret News, o por lo menos la Sección de la Iglesia, tanto como me encanta The Tribune . . . Tendré que ir al templo más seguido. . . Tendré que conocer mejor a los miembros del barrio y estar genuinamente interesado en ellos y en sus problemas. . . Tendré que aprender a amar a cada uno de ellos y comportarme de tal modo que les resulte posible sentir lo mismo hacia mí. Tal vez en mi débil manera tenga que tratar de vivir tan cerca del Señor como esperamos que hagan las Autoridades Generales.

Tal vez mi aprecio por el tono modesto y mi conocimiento personal de que mi padre era un hombre honesto hacen que esa afirmación me resulte un ejemplo más impresionante de cómo enfrentarse humildemente a la ambigüedad. Pero su declaración me inspira a ser tan sumiso como mi educación me ha enseñado a ser de mentalidad firme, tal como dijo el Salvador, “prudente como serpiente y sencillo como paloma” (Mateo 10:16).

Todo lo que pido, hermanos y hermanas, es que aquellos que vamos a la universidad seamos lo suficientemente honrados y valientes para afrontar cualquier incertidumbre que nos enfrentemos, y que tratemos de entenderlos y hacer algo al respecto. Tal vez entonces no viviremos con luz prestada. Amamos la Iglesia; amamos nuestra fe. Tal vez no entendamos todo en el universo, pero eso no disminuye nuestro amor. “El amor no es ciego; eso es lo último que es. El amor está atado; y cuanto más atado, menos ciego es”. En el nombre de Jesucristo. Amén.     

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Bruce C. Hafen

Bruce C. Hafen era presidente del Ricks College cuando se pronunció este devocional en la Universidad de Brigham Young el 9 de enero de 1979.