La importancia de hacer preguntas
Cecil O. Samuelson
de la Presidencia de los Setenta
13 de noviembre de 2001
de la Presidencia de los Setenta
13 de noviembre de 2001
Una de las formas fundamentales en que aprendemos, no solo aquí en BYU, sino a lo largo de toda la vida, es haciendo preguntas.
Tenemos la intención de modificar esta traducción cuando sea necesario. Si tiene sugerencias, por favor enviar un correo a speeches.spa@byu.edu.
Me siento agradecido, aunque también algo intimidado, por la asignación de estar aquí. La misión de Brigham Young University es única en todo el mundo, y siento una gran admiración y respeto por quienes realmente comprenden esta misión y están plenamente dedicados a ella. Aunque todos los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días están motivados para aprender, adquirir conocimiento y crecer en sabiduría e inteligencia, aquellos que tienen el privilegio de estar asociados con esta notable institución y sus escuelas afines se encuentran en una posición única y son grandemente bendecidos para adquirir los atributos y la comprensión que conducen a avanzar “la gloria de Dios” (DyC 93:36).
Una de las formas fundamentales en las que aprendemos, no solo aquí en BYU, sino a lo largo de toda la vida, es haciendo preguntas. Estoy seguro de que sus padres pueden dar fe del hecho de que han estado haciendo preguntas, algunas de ellas difíciles de responder, desde que fueron capaces de pronunciar oraciones coherentes por primera vez. Sus preguntas han continuado, como deberían, e incluso sus profesores llegan a conocerles haciéndoles preguntas. Me gustaría centrar mis comentarios y consejos hoy en la noción general de las preguntas.
Sir John Lubbock nació en 1834 y fue un banquero, estadista, naturalista y prolífico escritor inglés. En un ensayo titulado “Educación nacional”, afirmó algo que tiene especial relevancia para nosotros en este entorno universitario tan especial:
Hay tres grandes preguntas que en la vida tenemos que responder una y otra vez. ¿Es bueno o malo? ¿Es verdadero o falso? ¿Es bello o feo? Nuestra educación debe ayudarnos a responder estas preguntas. [Sir John Lubbock, The Use of Life (1894; reprint, Freeport, New York: Books for Libraries Press, 1972), 102–3]
Si Sir John Lubbock lo hubiera sabido, tal vez habría dicho: “Nuestra educación en BYU en particular debería ayudarnos a responder estas preguntas”.
Algunos parecen creer que la fe y las preguntas son antitéticas, pero nada está más lejos de la realidad. La Restauración misma se llevó a cabo mediante la fusión adecuada y necesaria de ambas. El profeta José Smith tenía tanto fe como preguntas. De hecho, el pasaje de las escrituras que llevó a José a la experiencia de la Arboleda Sagrada incluye tanto una pregunta como la promesa de obtener una respuesta según la fe del que pregunta.
Me maravillo cada vez que considero la magnífica forma en que el profeta José Smith utilizó preguntas adecuadas no solo para profundizar su conocimiento, sino también para fortalecer su fe. Todos ustedes conocen la experiencia de su Primera Visión, y aquellos que han servido como misioneros la han relatado en numerosas ocasiones. Incluso después de tantos años desde que fui un joven misionero, me conmueve volver a leer su historia con frecuencia, y les recomiendo que la revisen con regularidad.
En su historia, José Smith describió las circunstancias familiares y el entorno religioso en el que creció. Fue expuesto a un fervor religioso significativo y a diferencias de opinión entre las diversas denominaciones, todas las cuales proclamaban predicar el Evangelio de Jesucristo y tener la verdad. Permítanme relatar su historia:
En medio de esta guerra de palabras y tumulto de opiniones, a menudo me decía a mí mismo: ¿Qué se puede hacer? ¿Cuál de todos estos grupos tiene razón; o están todos en error? Si uno de ellos es verdadero, ¿cuál es, y cómo podré saberlo? [José Smith—Historia 1:10].
Considero que estas tres preguntas representan mucho más que la simple curiosidad de José. Le permitieron centrarse en resolver su propio dilema personal y, además, lo prepararon para vivir esa experiencia tan fundamental para las vidas de todos nosotros. Volvamos a la historia de José:
Agobiado bajo el peso de las graves dificultades que provocaban las contiendas de estos grupos religiosos, un día estaba leyendo la Epístola de Santiago, primer capítulo y quinto versículo, que dice: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada”.[JS-H 1:11; énfasis en el original]
Aunque el profeta José Smith no llegó a compartir los siguientes versículos en su historia oficial, debemos recordar que son elementos fundamentales para recibir respuestas a las preguntas que José hizo, así como a las que nosotros mismos podríamos hacernos. Permítanme continuar con el relato de Santiago:
Pero pida con fe, no dudando nada, porque el que duda es semejante a la ola del mar, que es movida por el viento y echada de una parte a otra.
No piense, pues, ese hombre que recibirá cosa alguna del Señor.
El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos. [Santiago 1:6-8]
La frase clave “pero pida con fe” revela un secreto básico. La fe, no dudando nada, es necesaria para recibir las respuestas que deseamos. Aunque la fe es absolutamente esencial para obtener respuestas a las preguntas que hacemos en oración, la fe en el Señor Jesucristo y en el plan del Padre también ayuda a obtener respuestas a otras preguntas importantes que podamos tener.
Antes de terminar con la historia del profeta José Smith, es instructivo considerar otras preguntas planteadas por el joven profeta durante estos años formativos de la restauración del evangelio. Una de las verdades fundamentales sobre hacer preguntas adecuadas con fe y de la manera correcta es que la respuesta recibida no siempre es la que esperábamos o deseábamos, y a veces incluso responde a una pregunta más importante o fundamental de lo que habíamos pensado plantear. Citando de nuevo la experiencia del profeta José Smith:
Había sido mi objeto recurrir al Señor para saber cuál de todas las sectas era la verdadera, a fin de saber a cuál unirme. Por tanto, luego que me hube recobrado lo suficiente para poder hablar, pregunté a los Personajes que estaban en la luz arriba de mí, cuál de todas las sectas era la verdadera (porque hasta ese momento nunca se me había ocurrido pensar que todas estuvieran en error), y a cuál debía unirme. [JS—H 1:18]
Presten atención a la respuesta directa que recibió: “Se me contestó que no debía unirme a ninguna” (versículo 19), seguida de la explicación que todos conocemos. Después de aquella aclaración, José relató:
De nuevo me mandó que no me uniera a ninguna de ellas; y muchas otras cosas me dijo que no puedo escribir en esta ocasión. . . . Parece que desde los años más tiernos de mi vida el adversario sabía que yo estaba destinado a perturbar y molestar su reino; de lo contrario, ¿por qué habían de combinarse en mi contra los poderes de las tinieblas? ¿Cuál era el motivo de la oposición y persecución que se desató contra mí casi desde mi infancia? [JS—H 1:20]
José Smith, a pesar de ser muy joven, comprendió de forma instintiva otro principio importante relacionado con las preguntas adecuadas. Me refiero a las preguntas que se planteaba a sí mismo mientras trataba de comprender las respuestas que había recibido del Padre y del Hijo. Volvamos a las palabras de José:
En aquel tiempo me fue motivo de seria reflexión, y frecuentemente lo ha sido desde entonces, cuán extraño que un muchacho desconocido de poco más de catorce años, y además, uno que estaba bajo la necesidad de ganarse un escaso sostén con su trabajo diario, fuese considerado persona de importancia suficiente para llamar la atención de los grandes personajes de las sectas más populares del día; y a tal grado, que suscitaba en ellos un espíritu de la más rencorosa persecución y vilipendio. Pero, extraño o no, así aconteció; y a menudo fue motivo de mucha tristeza para mí. . . .
Así era conmigo. Yo efectivamente había visto una luz, y en medio de la luz vi a dos Personajes, los cuales en realidad me hablaron; y aunque se me odiaba y perseguía por decir que había visto una visión, no obstante, era cierto; y mientras me perseguían, y me vilipendiaban, y decían falsamente toda clase de mal en contra de mí por afirmarlo, yo pensaba en mi corazón: ¿Por qué me persiguen por decir la verdad? En realidad he visto una visión, y ¿quién soy yo para oponerme a Dios? O, ¿por qué piensa el mundo hacerme negar lo que realmente he visto? Porque había visto una visión; yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo, ni osaría hacerlo; por lo menos, sabía que haciéndolo, ofendería a Dios y caería bajo condenación. [JS—H 1:23, 25]
Estas son buenas preguntas. José Smith menciona a continuación algunos de los desafíos que persistieron en su vida durante los años siguientes y relata otra experiencia que surgió de sus preguntas sinceras:
Después de haberme retirado a la cama me puse a orar, pidiéndole a Dios Todopoderoso perdón de todos mis pecados e imprudencias; y también una manifestación para saber de mi condición y posición ante él; porque tenía la más absoluta confianza de obtener una manifestación divina, como previamente la había tenido. [JS—H 1:29]
Conocemos los siguientes acontecimientos con el ángel Moroni que ocuparon toda aquella noche y el día siguiente, así como la enorme importancia que tuvieron, no solo para José Smith, sino para todos nosotros por la aparición del Libro de Mormón.
Hablando de la traducción del Libro de Mormón, reconocemos que la capacidad de José para preguntar y su comprensión de la importancia de formular las preguntas adecuadas se perfeccionaron y desarrollaron durante este período. Permítanme recordarles de nuevo sus palabras:
El mes siguiente (mayo de 1829), [nosotros, es decir, Joseph y Oliver Cowdery,] encontrándonos todavía realizando el trabajo de la traducción, nos retiramos al bosque un cierto día para orar y preguntar al Señor acerca del bautismo para la remisión de los pecados, del cual vimos que se hablaba en la traducción de las planchas. Mientras en esto nos hallábamos, orando e implorando al Señor, descendió un mensajero del cielo en una nube de luz y, habiendo puesto sus manos sobre nosotros, nos ordenó. [JS—H 1:68]
Sabemos que fue en ese momento cuando José Smith y Oliver Cowdery fueron ordenados al Sacerdocio Aarónico y recibieron instrucciones sobre cómo se debía realizar correctamente el bautismo y cómo debían bautizarse. Además, recibieron enseñanzas y promesas acerca de otros acontecimientos grandiosos y significativos que estaban por suceder en sus vidas y en la restauración del evangelio de Jesucristo. Podríamos dedicar mucho más tiempo del que se nos ha asignado hoy para dar otros ejemplos en los que el profeta José Smith formuló las preguntas adecuadas y recibió las revelaciones y los conocimientos doctrinales que son tan valiosos para nosotros en nuestros días. Solo hace falta escudriñar Doctrina y Convenios y reconocer que, en efecto, prácticamente todas estas revelaciones, tanto a los individuos como a la Iglesia en general, son respuestas a súplicas cuidadosamente formuladas y llenas de fe dirigidas a nuestro Padre Celestial. Pero, a pesar de la importancia de estas buenas preguntas, debemos recordar, como dijo el élder Neal A. Maxwell, “Tenemos más buenas preguntas que buenas respuestas” (All These Things Shall Give Thee Experience [Salt Lake City: Deseret Book, 1979], 9).
¿Hay lugar en nuestra vida para preguntas que no poseen este impacto general o relevancia doctrinal? Confío en que la respuesta sea un sí evidente. El nuestro es un evangelio de preguntas, y cada aspecto de nuestra vida requiere una búsqueda sincera y consciente si hemos de progresar. La pregunta no es si deberíamos hacer preguntas, sino cuáles son las preguntas que deberíamos hacer.
Mi experiencia en la ciencia y la medicina me lleva a creer que el progreso verdadero es casi siempre el resultado de formular las preguntas correctas. Para recibir respuestas significativas a las preguntas que surgen de nuestro esfuerzo, necesitamos formular las preguntas adecuadas. Incluso cuando las respuestas correctas o los conocimientos valiosos están disponibles, rara vez se manifiestan cuando se formulan las preguntas incorrectas o ninguna. Muchos científicos pueden relatar experiencias en las que ellos u otros realizaron descubrimientos importantes, aparentemente por casualidad. En estos casos, todavía coinciden en que el conocimiento valioso surgió de una investigación cuidadosamente diseñada, aun cuando el resultado no correspondiera a la pregunta inicial.
Cuando descartamos preguntas irrelevantes, inadecuadas, de mal gusto o sin sentido, aún debemos reconocer que las preguntas que podrían considerarse apropriadas en ciertas situaciones no son igualmente relevantes. Algunas preguntas son de gran importancia inmediata sin tener ningún significado duradero, tales como: ¿dónde encontraré un lugar para estacionarme antes de mi próxima clase?, ¿qué deberíamos almorzar? o ¿qué me pondré para la fiesta este fin de semana? Uno de los errores que pueden cometer quienes se enorgullecen de sus mentes inquisitivas es el centrarse en “preguntas pequeñas” y excluir las “grandes”. Algunos se quedan estancados en detalles minúsculos, perdiendo de vista el panorama general. Aunque muchas preguntas no sean malas en sí mismas, también es cierto que centrarnos en lo trivial puede alejarnos de lo significativo.
No sé qué tipo de zapatos usó el profeta José Smith o si usaba zapatos cuando fue a la Arboleda Sagrada. Supongo que podría haber historiadores o antropólogos culturales o incluso zapateros que podrían estar interesados en esa cuestión. No hay nada malo en hacer esa pregunta y, si se encontrara, la respuesta incluso podría dar lugar a una publicación en una revista científica. Sin embargo, lo verdaderamente importante es que José fue a la arboleda y tuvo su experiencia sagrada que literalmente cambió el mundo.
Aun cuando tratamos de pensar con claridad y formular preguntas cuidadosas, todavía es fácil distraerse. Puede ser tentador en ocasiones buscar la pregunta que parece polémica o sensacionalista o aquella en la que quizá nadie haya pensado antes. Del mismo modo, a veces resulta atractivo plantear una o varias preguntas que intencionalmente desvíen la atención de la pregunta correcta, importante o central, especialmente cuando se sabe o se sospecha que la respuesta crítica podría ser demasiado difícil o convincente. También es posible formular una pregunta tan oblicua, compleja o incluso absurda, que haga que responderla sea prácticamente imposible. Recuerdo la pregunta del comediante de antaño a quien le gustaba preguntar: “¿Cuál es la diferencia entre un pato?” A los oyentes desconcertados, entonces daría la respuesta: “Su pierna es la misma”. Si no tenemos cuidado, nuestras preguntas y respuestas pueden no ser mucho mejores que estas.
Si podemos reconocer que las preguntas no solo son aceptables, sino que también esenciales, entonces podemos pasar a determinar cuáles son, en última instancia, las mejores o las más importantes. Estas serían aquellas que tratan con verdades o problemas centrales. El deseo de obtener una respuesta a una pregunta simplemente porque la respuesta existe no es malo, pero casi siempre es más productivo tener un propósito claro en mente o un problema que resolver al hacer una pregunta.
Por ejemplo, algunos genetistas pueden estar dispuestos a trabajar durante mucho tiempo en la identificación de la secuencia química de un gen específico simplemente porque existe. Por otro lado, esa búsqueda se vuelve mucho más atractiva para la mayoría cuando se sabe que un gen en particular desempeña un papel significativo en una característica, problema o enfermedad concreta. Conocer fórmulas químicas o estructuras de compuestos o sustancias contribuirá al conjunto total de conocimiento, pero estos hechos no suelen ayudar mucho en la lucha contra el cáncer si uno dedica todo su tiempo a secuenciar genes que tienen que ver con otro tema. No es que el otro no sea interesante o incluso vital, pero probablemente no conduzca a entender los sucesos en las células y órganos que llevan al cáncer y eventualmente a la muerte, a menos que ese otro fenómeno esté de alguna manera relacionado con el gen o mecanismo del cáncer. Del mismo modo, estudiar un mapa de Escocia puede ser fascinante e incluso educativo, pero no será útil si uno viaja a China.
Nuestros colegas científicos aquí en el campus nos dirán que, por lo general, tienen el mayor éxito en avanzar u obtener más conocimiento aprovechando el trabajo o las verdades que han sido descubiertas por otros. Los genetistas actuales que están descifrando los secretos de los genes y su papel en las enfermedades no necesitan repetir los experimentos genéticos fundamentales realizados hace muchos años por Mendel y otros, ni el modelo teórico de la estructura del ADN propuesto por Watson y Crick. Más bien, reconocen con gratitud el trabajo, las teorías y los descubrimientos de aquellos que han ido antes, luego los estudian para comprender su significado y limitaciones por sí mismos. Basándose en las contribuciones de otros, avanzan para resolver nuevos problemas y se centran en los de mayor relevancia para nuestro tiempo.
De la misma manera, podemos beneficiarnos de quienes nos precedieron al buscar respuestas a nuestras preguntas importantes. No necesitamos experimentar personalmente la Primera Visión porque José Smith ya la tuvo, y contamos con su relato y su testimonio, junto con el testimonio confirmador del Espíritu Santo y de innumerables otros. Tampoco necesitamos tener una visita con Moroni ni aprender directamente lo que él enseñó a José Smith porque tenemos un registro de ello en las Escrituras. Ninguno de nosotros estuvo presente en el Sermón del Monte en la Tierra Santa, sin embargo, no necesitamos haber estado allí, ya que contamos con el relato de ello en el Nuevo Testamento, junto con el conocimiento adicional recibido en 3 Nefi y, lo más importante, con las herramientas y el modelo para saber por nosotros mismos que esas enseñanzas son verdaderas.
No tenemos miedo de ninguna pregunta. Esa afirmación no significa que las respuestas a todas las preguntas estén disponibles o que las que tengamos sean de igual valor. De hecho, la fe es un principio tan importante y necesario para lograr todo lo que debemos hacer que los detalles importantes se mantienen siempre en el ámbito de la fe. Piensen en las respuestas de los profetas del Libro de Mormón a sus propias preguntas o a las preguntas que se les hacen. Recuerdan la respuesta honesta de Nefi a la pregunta “¿Comprendes la condescendencia de Dios?” Contestó: “Sé que ama a sus hijos; sin embargo, no sé el significado de todas las cosas” (1 Nefi 11:16–17).
No solo debemos reconocer ante nosotros mismos y ante el Señor cuando no sabemos las respuestas a las preguntas que se nos plantean, sino que también debemos admitir ante los demás que no sabemos, cuando sea oportuno. Al instruir a su hijo Helamán, Alma dejó esto claro mientras discutían algunos puntos doctrinales importantes: “Todavía no me han sido revelados plenamente estos misterios; por tanto, me refrenaré” (Alma 37:11).
Sin embargo, pese a nuestra humildad ante lo que no sabemos, nunca debemos titubear ante los datos innegables que se nos han dado como fundamento de nuestra fe. De los muchos ejemplos que podríamos señalar, quizás el más convincente sea el Libro de Mormón mismo. Independientemente de lo que se piense sobre su origen, lo cierto es que lo tenemos. Podemos levantarlo, podemos leerlo, podemos probarlo y examinarlo. Si somos honestos, debemos llegar a conclusiones definitivas al respecto. En resumen, o es cierto, o es producto de un fraude. O es la palabra de Dios, o es un vil impostor. No es intelectualmente honesto ni razonable considerar que su contenido sea bueno y sus testimonios verdaderos, pero que sus orígenes sean fraudulentos. Independientemente de lo que otros piensen de la explicación dada por José Smith en cuanto a los orígenes del Libro de Mormón, piensen cuidadosamente en la probabilidad de la verdad de cualquiera de las explicaciones alternativas que se han presentado. Recuerden que, durante más de 170 años, los detractores del Profeta han propuesto múltiples teorías alternativas, y evaluadores cuidadosos y honestos han desacreditado cada una de ellas. Por supuesto, ustedes desearán examinar este tema cuidadosamente, si aún no lo han hecho. Sin embargo, cuentan con la ventaja de conocer todo el trabajo realizado anteriormente y todas las preguntas que otros han formulado. No obstante, siempre habrá quienes critiquen la erudición de otros que no estén de acuerdo, considerándolos acríticos en su pensamiento, pero luego pedirán que se acepten como intuitivamente obvias sus propias conclusiones engañosas. Asegúrense de que siempre están haciendo las preguntas correctas.
Cada vez que intenten encontrar la respuesta a una pregunta de gran importancia, deben, cuando sea posible, acudir a la fuente primaria. Por ejemplo, pueden sentirse libres de leer cualquier comentario sobre el Libro de Mormón que deseen, pero asegúrense de dedicar el tiempo suficiente a leer directamente el Libro de Mormón, y luego hacer la pregunta importante que este les plantea:
Y cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntéis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo;
y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas. [Moroni 10:4-5]
Este es un buen punto de partida para que ustedes hagan preguntas importantes, porque cuando reciban la respuesta de que el Libro de Mormón es verdadero, necesariamente habrá otras cosas importantes que también son verdaderas. Por ejemplo, puesto que el Libro de Mormón es verdadero, José Smith es claramente un profeta de Dios. Como José es un profeta, sus otras revelaciones también son verdaderas. Como José vio al Padre y a Jesucristo, muchas de nuestras otras preguntas en cuanto a la naturaleza y los roles del Padre y Jesucristo quedan respondidas. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es la iglesia verdadera, y los sucesores de José en la presidencia también son profetas de Dios. El Libro de Mormón no les dirá mucho acerca de los zapatos que llevaban los grandes de esa dispensación ni del color de su cabello, si es que lo tenían. Solo les dice las cosas más importantes y realmente verdaderas. Conocer la respuesta a la pregunta de su veracidad también nos da respuesta a otras preguntas secundarias.
Por supuesto, siempre tendremos preguntas, cosas que no entendemos completamente e incluso algunas que quizá no nos agraden mucho. Todavía tendremos que recurrir a la fe en algunas cosas fundamentales. Incluso algunos de los detalles del Libro del Mormón siempre pertenecerán a esta categoría. Aunque sigamos aprendiendo más sobre por qué alguien como José Smith no pudo haber escrito esta escritura por su cuenta y por qué las explicaciones alternativas que se han presentado para los orígenes del libro no son verídicas, es muy probable que el Señor insista en que ejerzamos la fe con respecto a este gran testigo de Su mano en los asuntos de Sus hijos para que podamos demostrar nuestra fidelidad.
Con todas las buenas preguntas que se pueden hacer, ¿cuáles son las más importantes? Cuando pensamos en cosas del día a día, como qué comer o qué ropa usar, las respuestas pueden cambiar seguido, y con razón. Sin embargo, cuando hacemos preguntas de mayor importancia, como las relacionadas con la doctrina del Evangelio, las respuestas son firmes e inmutables. Me refiero en este sentido a cuestiones aún más importantes que una carrera académica o profesional. El mundo sigue rebajando su posición con respecto a las leyes morales, pero el séptimo mandamiento y los principios que conlleva permanecerán inmutables, incluso si hubiera una cura disponible para el SIDA y todas las enfermedades venéreas. Esto es cierto para todas las doctrinas fundamentales y para las preguntas de mayor importancia para ustedes, tanto ahora como por todas las eternidades. Algunas preguntas y respuestas serán únicas para ustedes y otras serán comunes para todos. Permítanme referirme a las escrituras para dar ejemplos que se aplican a todos nosotros.
Amulek fue un maravilloso y ejemplar misionero y maestro del Evangelio en su madurez, pero en su juventud no fue así. Como él mismo reconoce, al principio de su vida sus prioridades no se encontraban donde debían haber estado. Sin embargo, para mérito suyo y con la considerable ayuda de Alma, se convirtió en lo que Dios esperaba que llegara a ser (ver Alma 8 y 10). Por medio de sus pruebas y experiencias personales, en conjunto con la guía del Espíritu Santo, pudo comprender que “el gran interrogante” que ocupaba las mentes de las personas a quienes enseñaba era “si la palabra está en el Hijo de Dios, o si no ha de haber Cristo” (Alma 34:5). Jesús mismo llegó a esta pregunta central cuando preguntó a los fariseos: “¿Qué pensáis del Cristo?” (Mateo 22:42).
Saulo de Tarso, quien llegó a ser el apóstol Pablo, vivió su dramática experiencia en el camino a Damasco. Antes de eso, Saulo, aunque parecía completamente comprometido con las cosas que creía, no estaba haciendo las preguntas adecuadas. Una intervención bastante dramática fue necesaria para llamar su atención. Permítanme referirme a lo registrado en Hechos 9:
Pero yendo por el camino, aconteció que, al llegar cerca de Damasco, súbitamente le rodeó un resplandor de luz del cielo;
Y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? [Noten de nuevo el papel de las preguntas en la forma en que Jesús enseña.]
Y él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón.
Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que debes hacer. [Hechos 9:3-6]
Saulo hizo dos preguntas muy buenas en respuesta a la pregunta del Señor. En cierto modo, su primera pregunta, “¿Quién eres, Señor?”, es la misma pregunta que Amulek describió como “el gran interrogante”. La segunda pregunta de Saulo fue adecuada en respuesta al Salvador, quien no tuvo que preguntarle directamente a Saulo, como lo hizo con los fariseos, “¿Qué pensáis del Cristo?” Saulo preguntó, “Señor, ¿qué quieres que yo haga?”. Esta fue la respuesta inmediata de alguien preparado “antes de la fundación del mundo”. Aparentemente, en un instante, un entendimiento o recuerdo se hizo claro para Saulo en cuanto a la verdad central descrita por el profeta José Smith:
Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y de los profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente apéndices de eso. [Enseñanzas, 51-52]
Sabemos y apreciamos en qué se convirtió Pablo y lo que hizo cuando obtuvo respuestas a sus preguntas. Del mismo modo, podríamos considerar que todas nuestras preguntas, además de la gran pregunta y aquellas relacionadas con el Salvador (el plan de salvación y nuestras responsabilidades fundamentales en el reino de Dios), deberían ser sólo apéndices de estas verdades centrales. Algunas de estas preguntas secundarias o adicionales pueden ser muy importantes para nosotros por razones perfectamente válidas, pero es posible que no tengan mucho significado para los demás o incluso para el Señor. La frase “no importa” aparece más de una vez tanto en el Libro de Mormón como en Doctrina y Convenios. Debemos estar preparados cuando esa sea la respuesta a nuestras peticiones al Señor y no desviarnos de nuestra responsabilidad de seguir adelante y actuar de acuerdo a las respuestas que ya hemos recibido.
Aunque la respuesta a algunas de nuestras preguntas pueda ser “no importa”, en ocasiones no solo las respuestas, sino las preguntas en sí mismas son fundamentales e importantes. Es vital que los científicos hagan las preguntas correctas, pero también es importante que nosotros hagamos lo mismo en todas las fases de nuestras vidas. Una gran tentación, incluso para los fieles Santos de los Últimos Días, es plantearse en ocasiones la idea de que, dado a que soy único o me encuentro en circunstancias especiales o atenuantes, un mandamiento o norma particular (es decir, una respuesta previa del Señor) no se aplica realmente en mi caso, al menos no en este momento. A lo largo de los años he escuchado con frecuencia esta argumentación por aquellos en diversos tipos de dificultades financieras con respecto a sus diezmos y ofrendas, pero también es considerado por algunos en cuestiones de honestidad, el código moral, la Palabra de Sabiduría, y así sucesivamente. Las preguntas que nos hacemos en estas circunstancias están entre las más importantes que jamás haremos a nadie.
Preguntar cómo puedo evitar este o aquel mandamiento o principio es la pregunta equivocada. Una pregunta mucho más adecuada sería algo así: “Me encuentro en una situación difícil. ¿Por qué el Señor (o los líderes de la Iglesia, o mis padres o la administración universitaria) ha dado el consejo que se ha dado en estas circunstancias?”
La respuesta de Saulo, “Señor, ¿qué quieres que yo haga?”, no es solo la pregunta segura, es la correcta. Sin embargo, por muy adecuada que sea esta pregunta, no siempre es fácil hacerla. De hecho, las mejores respuestas frecuentemente llegan cuando nuestros desafíos son mayores.
Piensen en el tremendo sufrimiento del profeta José Smith y sus asociados en la cárcel de Liberty durante el frío y miserable invierno de 1838-1839. Traten de imaginar el dolor del profeta, así como sus súplicas y preguntas casi desesperadas al Señor:
Oh Dios, ¿en dónde estás? ¿Y dónde está el pabellón que cubre tu morada oculta?
¿Hasta cuándo se detendrá tu mano, y tu ojo, sí, tu ojo puro, contemplará desde los cielos eternos los agravios de tu pueblo y de tus siervos, y penetrarán sus lamentos en tus oídos?
Sí, oh Señor, ¿hasta cuándo sufrirán estas injurias y opresiones ilícitas, antes que tu corazón se ablande y tus entrañas se llenen de compasión por ellos? [DyC 121:1–3]
En esta inimaginable miseria, el Señor consoló a José de manera general y respondió a sus preguntas específicas, incluyendo algunas que él no hizo. El Señor fue lo suficientemente bondadoso y claro, como lo será con cada uno de nosotros, para confirmar Su comprensión de sus circunstancias (véase DyC 121–123). Pero luego ofreció esta extraordinaria respuesta resumida, incluyendo una pregunta crucial: “El Hijo del Hombre ha descendido debajo de todo ello. ¿Eres tú mayor que él?” (DyC 122:8).
O piensen en la aparente reprimenda que sintieron Pedro, Santiago y Juan cuando acompañaron al Salvador al Jardín de Getsemaní mientras se llevaba a cabo la Expiación. En medio de Su agonía y Su profunda oración, aquellos de quienes Él habría esperado más empatía y comprensión se encontraban dormidos. Dijo Jesús: “¿No has podido velar una hora?” (Marcos 14:37).
Esta es la clase de preguntas que podríamos hacernos a nosotros mismos para que el Señor no necesite hacerlo.
Las preguntas meditadas y bien pensadas, tanto las que hacemos como las que recibimos, son parte esencial de la vida. La forma en que planteamos las que hacemos y cómo respondemos a las que se nos hacen determinará en gran medida los resultados de nuestro esfuerzo y progreso por guardar nuestro “segundo estado” (Abraham 3:26) o, en otras palabras, lograr la felicidad en esta vida y calificar para la vida eterna en el mundo venidero. En “El pequeño elefante” de Rudyard Kipling, encontramos este buen consejo:
Tengo seis fieles hombres
(Me enseñaron cuanto sé)
Cómo, Cuándo son sus nombres
Dónde, Quién, Qué y Por qué
[Precisamente así (1902)]
Con nuestra perspectiva única sobre la mejor fuente de respuestas a nuestras preguntas más importantes, recordemos el consejo de Juan:
Y esta es la confianza que tenemos en él: que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye.
Y si sabemos que él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho. [1 Juan 5:14–15]
Que podamos reflexionar y ser sabios al hacer nuestras preguntas, y que, al hacerlas, siempre podamos expresar la gratitud apropiada por el privilegio de no solo poder hacer preguntas grandes o pequeñas, sino también de recibir las respuestas necesarias y maravillosas de Aquel que conoce todo lo que realmente necesitamos saber. En el nombre de Jesucristo, amén.
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Cecil O. Samuelson era miembro de la Presidencia de los Setenta de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días cuando pronunció este discurso en Brigham Young University el 13 de noviembre de 2001.