Universidad de Brigham Young
Devocional

11 de mayo de 1993

“De las cosas pequeñas proceden las grandes”

Profesora asociada de lingüística y directora de la Facultad de Humanidades de Brigham Young University

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Sinceramente creo que podemos establecer Sión, la ciudad de los puros de corazón, la ciudad de aquellos que han lavado sus pecados en la sangre del Cordero, persona por persona, pecado por pecado.

 

Tenemos la intención de modificar esta traducción cuando sea necesario. Si tiene sugerencias, por favor envíe un correo aspeeches.spa@byu.edu

CHERYL BROWN
Profesora de Lingüística y Directora del Colegio de Humanidades
11 de mayo de 1993

Sinceramente creo que podemos establecer Sión, la ciudad de los puros de corazón, la ciudad de aquellos que han lavado sus pecados en la sangre del Cordero, persona por persona, pecado por pecado.

Realmente aprecio el apoyo de mis muchos amigos, familiares y seres queridos que están aquí. Me siento conmovida de tenerlos aquí. Desde hace unos dos meses sabía que estaría dando este discurso. Admito que esos dos meses han sido demasiado largos. Siempre me ha parecido mejor que los períodos de terror en mi vida sean lo más cortos posible. Sin embargo, estos dos meses me han brindado la oportunidad de reflexionar sobre quiénes podrían encontrarse entre los presentes y qué podría decir que les fuera de beneficio. He pensado en ustedes, jóvenes adultos con toda la vida por delante. He pensado en ustedes, estudiantes que han regresado a la educación formal. Y he pensado en nosotros: los profesores, el personal y los demás adultos que hemos recorrido un poco más de ese camino. Pensé sobre todo en lo que podríamos aprender juntos. Les pido ahora que oren tanto por mí como por ustedes mismos para que lo que comparta hoy sea de beneficio para todos.

Como mencionó el presidente Lee, crecí como la menor de diez hermanos. Rápidamente descubrí que ser la más joven en cualquier familia tiene tanto sus ventajas como sus desventajas. Una ventaja es que somos consentidos y nuestros padres piensan que somos un encanto. Una desventaja es que somos consentidos y el resto del mundo (incluyendo nuestros hermanos) piensa que somos todo menos un encanto. Otra ventaja es que generalmente se espera menos de nosotros porque somos más jóvenes que todos los demás en el hogar. Otra desventaja es que generalmente se espera menos de nosotros porque somos más jóvenes que todos los demás en el hogar. Recuerdo claramente que cuando era muy joven, antes de cumplir ocho años, pensé que había una posibilidad real de que la idea de crecer fuera una ficción, algo así como el conejo de Pascua o el hada de los dientes, algo que los adultos les decían a los niños pero que realmente no era cierto. Recuerdo que pensé en crecer y noté que, aunque la gente me decía que estaba creciendo, parecía que la distancia entre los demás y yo nunca se acortaba. Nunca parecía que lograra alcanzarlos: mis hermanos y hermanas siempre eran más grandes y capaces que yo. Justo cuando finalmente podía hacer algo, ellos hacían cosas mucho más grandes e importantes. Siempre fui o demasiado joven o demasiado pequeña para hacer las cosas que ellos hacían. Parecía que nunca sería capaz de hacer nada importante, nada significativo.

Recuerdo que yo quería hacer algo importante, algo significativo. Quería hacer algo que lograra una diferencia. Pronto supe que había personas que habían logrado una diferencia en el mundo. A medida que crecía, leía libros, incluyendo casi todas las biografías juveniles que nuestra biblioteca pública tenía, y obtuve inspiración de las historias de George Washington, Florence Nightingale, Abraham Lincoln, Clara Barton, entre otros. Iba al cine y me emocionaba ver que Juana de Arco, Robin Hood o incluso uno de los vaqueros protagonistas luchaban contra toda posibilidad por causas altas y nobles.

Escuchaba a los maestros en la iglesia y sabía que había hecho una diferencia el que David no tuviera miedo de enfrentarse contra Goliat mientras el rey Saúl y las huestes de Israel se acobardaban dentro de sus tiendas, tratando de averiguar qué hacer. Sabía que fue importante el que Ester pusiera su vida en peligro para revelar la traición de Amán y hacer posible que los judíos se defendieran contra la destrucción inminente que Amán había planeado. Y sabía que marcó una gran diferencia el que un niño de catorce años fuera solo al bosque una hermosa mañana de primavera, hiciera con fe una pregunta honesta y luego pasara el resto de su vida siendo fiel a la respuesta que recibió. Yo sabía que también quería lograr una diferencia.

Digo estas cosas no para ridiculizar ni glorificar los sueños de mi infancia, sino porque creo que eran normales. Sospecho y espero que muchos de ustedes, si no todos, hayan tenido sueños y deseos semejantes en algún momento de su vida, y que también hayan querido hacer algo importante, algo significativo, algo que realmente lograra una diferencia. Pienso que tales deseos son naturales para todos los hijos de Dios, y hoy ruego que tales deseos no se hayan ido, aun cuando ahora se presenten en una forma más adulta. Espero que no se hayan ido, porque quiero hablar de realmente lograr una diferencia, de hacer algo significativo. Al crecer y avanzar en mi vida adulta, he llegado a adquirir una nueva perspectiva sobre este tema. Me gustaría hablar de ello hoy para que algunos de ustedes puedan aprender más rápido o mejor que yo, a fin de que tal vez todos podamos recordar la dulzura, la rectitud y la esperanza que provienen de los buenos sueños, y así tal vez poder reflexionar una vez más y apreciar la gran diferencia que logró el Salvador a través de Su vida y Su expiación. También espero que podamos reconocer que, a través de Su expiación, Él ha hecho posible que cada uno de nosotros también pueda lograr una diferencia significativa.

Quisiera basar mi discurso sobre hacer algo grande en una escritura que se encuentra en DyC 64:33: “Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes”. Me gustaría comenzar reflexionando en esta escritura, pidiéndoles que consideren si realmente es cierto que las cosas que son grandes proceden de las pequeñas. Creo que si lo pensamos, reconoceremos que, en muchos sentidos, esta idea es contraria a lo que el mundo piensa y enseña. El mundo espera que cosas grandes procedan de cosas grandes. La gente debe sermonear, criticar y gritar para lograr un cambio. Hay que librar guerras, recolectar armas y llevar a cabo consejos. Y ciertamente los medios de comunicación deben grabarlo para que todo el mundo lo vea.

Sin embargo, el Señor obra discretamente y en silencio, mediante las leyes infalibles de la verdad. Las personas acuden una por una a apoyar lo que es justo. Las pequeñas presiones económicas, las fuerzas de la naturaleza o los eventos secundarios ejercen su influencia y algo “grande” ocurre, y las personas se preguntan cómo pasó todo. Ellos quitan y se llevan a casa pequeños fragmentos del Muro de Berlín, pero de algún modo saben que no fueron sus martillos o cinceles los que derrumbaron el muro. Algo grande ha procedido de muchas cosas pequeñas que los medios no pudieron grabar.

Tengo tres ejemplos más que me han impactado y enseñado de manera contundente que de cosas pequeñas proceden las grandes. Uno de estos ejemplos se utiliza con frecuencia hoy en día: el Templo de Salt Lake City. Hace aproximadamente un mes, visité la exposición sobre el templo en el Museo de Historia de la Iglesia en Salt Lake City. Como muchos de ustedes, me maravillé de la perseverancia y el ingenio de aquellos que se dedicaron a la construcción del templo, pero sé que una de las cosas que más me impactó no fue la construcción del templo en sí. No pude evitar notar la ciudad de Salt Lake City que rodeaba el templo en construcción: observé las pequeñas casas, los negocios, las calles y el entorno pequeño y vacío alrededor.

Pensé en las vidas de las personas que estaban construyendo este templo: los agricultores con arados tirados por caballos (si tenían la suerte de tener un caballo) quitando la maleza de la tierra a fin de hacerla productiva. Imaginé a las amas de casa lavando, cuidando a sus hijos, alimentando y vistiendo a sus familias en sus casas de adobe. Pensé en los hombres de negocios que intentaban llevar adelante sus actividades comerciales lejos de los centros financieros e industriales.

Leí lo que la prensa dijo cuando el templo estaba terminado. Sí, los periódicos reconocieron que en verdad algo grande se había logrado, y se maravillaron de ello. No hablaron de bloques agrietados que debían ser reemplazados, ejes rotos en carromatos de bueyes que movían los bloques de granito, herramientas desafiladas y afiladas una y otra vez, canales construidos y abandonados, casas cuya construcción se retrasó, y, sin embargo, fue de estas cosas pequeñas que la obra grande que elogiaron había procedido.

Hace unos años tuve otra experiencia que me ayudó a reconocer mi propia ceguera en cuanto a lo que las cosas pequeñas habían producido. Para uno de mis proyectos de investigación tuve que ir a Colonia Juárez, una de las comunidades construidas por Santos de los Últimos Días en el norte de México en el último siglo. Una de mis amigas de Colonia Juárez me recogió en El Paso, Texas, y me llevó a su comunidad. Durante el viaje atravesamos una gran cantidad de zonas desérticas del tipo que parecerían casi una caricatura del oeste de Texas o del norte de México: arena, tierra, cactus, en ocasiones un pueblo pequeño con edificios de adobe, carros con un aspecto deteriorado y una sola calle pavimentada, que era en la que estábamos. Todo se veía caliente y sucio. Después de unas cuatro horas, el camino descendió y se curvó un poco más. Cuando tomamos una curva, de repente, ahí estaba Colonia Juárez. Me quedé atónita. Había hermosos huertos frutales, casas de ladrillo con patios preciosos, agua que corría en canales al lado de las calles, un montón de árboles que daban sombra y, si no hubiera sabido dónde estaba, habría jurado que estaba en uno de los muchos pequeños pueblos de Utah con los que estaba familiarizada. Todo tenía esa apariencia. Luego me di cuenta de que los pueblos pequeños y grandes ciudades de Utah eran tan sorprendentes y maravillosos, no por su pequeñez o singularidad (como algunos de ustedes más sofisticados podrán pensar), sino porque, al igual que Colonia Juárez, habían sido construidos del desierto. Algo grande había procedido de los pequeños actos de muchas personas con vista hacia el futuro: se había producido un verdadero milagro.

Mi historia final de cosas grandes que procedieron de cosas pequeñas es una historia personal de Chile. Serví una misión en Chile hace veinticinco años. El pasado mes de julio tuve la oportunidad de regresar a Chile por unos seis meses con una beca Fullbright. Fue agradable ver el crecimiento económico y la fuerza que el país había logrado. Pero fue fenomenal poder observar de primera mano el crecimiento de la Iglesia. Cuando me fui de Chile por primera vez, no había ni una estaca. Esta vez, cuando me fui, había más de cincuenta y cinco. Cuando llegué a Chile por primera vez, había unos 16 000 miembros. Esta vez, cuando fui, había más de 100 000 miembros.

Pero en lo personal, la cosa que más me impactó no fue la cantidad, sino la calidad del crecimiento que observé. Tuve la oportunidad de buscar a algunas de las personas que había conocido en Chile veinticinco años atrás. Visité a personas a las que les habíamos enseñado que nunca fueron bautizadas. Visité a personas que fueron bautizadas y se habían alejado de la Iglesia. Visité a personas que fueron bautizadas, cuya actividad había estado intermitente, así como a personas que habían sido bautizadas y seguían activas, sirviendo misiones ellas mismas o, si eran mayores, enviando a sus hijos a la misión, casándose en el templo, sirviendo dondequiera que fueran llamadas. Pude ver la diferencia. Era como si me hubieran dado la oportunidad de observar los resultados de un experimento a largo plazo con cuatro grupos de prueba y ver la diferencia que puede marcar un determinado tratamiento, la diferencia que hacen las cosas pequeñas, las variables pequeñas. Vi la paz personal y la riqueza del carácter y de la felicidad de los miembros que siempre permanecieron activos. Vi la fuerza de sus familias y las bendiciones que sus hijos habían recibido gracias a ello. Vi cómo sus capacidades se magnificaron y cómo estas los habían bendecido en su servicio en la Iglesia y en sus empleos. Vi cómo se habían elevado temporal, intelectual y espiritualmente. Literalmente vi los frutos del evangelio en sus vidas, las cosas grandes que habían procedido de cosas pequeñas, en consecuencia de la decisión de ser bautizados, la decisión o decisiones de mantenerse activos, el seguir el consejo de los líderes, el servir. Vi las cosas grandes que resultaron de ello: un gran carácter, paz y felicidad en esta vida. Creo que cosas aún mayores vendrán en la próxima. Sé por ellos que las cosas pequeñas logran una diferencia.

Y ahora me gustaría hablar sobre cuáles son las cosas pequeñas que todos podríamos hacer para lograr una diferencia en nuestras vidas y nuestros asuntos importantes. Una de ellas ha sido bien ilustrada por lo que pude ver en Chile. Es la pequeña decisión de confiar y creer en el Señor.

Hace unos años hablé con una antigua alumna muy inteligente cuyo testimonio estaba flaqueando. De alguna manera sentía que nunca había recibido una respuesta milagrosa a sus oraciones en cuanto a la Iglesia. Mientras hablaba con ella para intentar ayudarla, dijo algo que desde entonces me ha impactado una y otra vez por su sencillez y verdad. Ella dijo algo así: “Sí, hay muchas razones lógicas para pensar que la Iglesia es buena, pero al final todo aquel que cree que es verdadera lo hace por fe; cada uno tiene que elegir creer”.

Lo que ella dijo es verdad; tarde o temprano todos tenemos que elegir creer o no. Tenemos que elegir reconocer la dulzura del Espíritu que viene cuando pensamos que la Iglesia es verdadera. Tenemos que reconocer, cuando oramos y preguntamos al Señor si la Iglesia y el Libro de Mormón son verdaderos, el pensamiento de que ya sabemos que lo son proviene del Ser que conoce todos nuestros pensamientos. Tenemos que admitir que, en realidad, sabemos que son verdaderos.

Pero la decisión de creer tampoco tiene que hacerse sin evidencia suficiente. Después de que mi alumna dijo lo que dijo, examiné mi vida para saber por qué yo creía. Encontré innumerables ocasiones de verdadero gozo y felicidad relacionadas con seguir las enseñanzas de la Iglesia. Me di cuenta de que, aunque no hubiera tenido una gran confirmación de paz por medio del Espíritu acerca de la veracidad de la Iglesia, todavía elegiría creer y seguir simplemente porque me hace feliz. También me di cuenta de que nunca había conocido a nadie que hubiera obtenido paz y felicidad verdadera de decisiones equivocadas. Había conocido a varios que lo habían intentado, muchos de los cuales habían declarado ser felices. Varios de ellos confesaron más tarde llorando, mientras lidiaban con las consecuencias de sus decisiones, que habían mentido en sus declaraciones y que habían sido engañados por el padre de las mentiras. Sé que la decisión de creer en la Iglesia y el Evangelio es una cosa pequeña de la que proceden cosas grandes y que la decisión o decisiones de no creer en ella traen dolor.

Pero creo que hay que hacer más que solo tomar la decisión de creer en la Iglesia y el Evangelio si queremos que grandes cosas ocurran. También debemos elegir confiar en lo que el Señor ha dicho y entender que se aplica a nosotros. Durante mi juventud tuve una experiencia que he contado en otros lugares y que voy a compartir aquí, porque refleja lo que trato de decir.

Casi desde que aprendí a leer, recuerdo haber visto en la puerta del dormitorio de mi hermano, que era unos diez años mayor que yo, un letrero que decía: «¡No entrar! Esto te incluye a ti». Recuerdo que el letrero me desconcertaba. ¿A quién podía estar tratando de mantener fuera de su habitación mi hermano? El dormitorio estaba en el rincón más alejado del sótano, y los niños del vecindario nunca parecían bajar allí. Como yo entraba y salía de la habitación de mi hermano cuando quería, no podía imaginar a quién se refería. No fue hasta muchos años después, cuando yo misma en mi adolescencia vi el cartel de nuevo, que de repente comprendí para quién estaba destinado. El letrero no había servido para nada en mi caso porque no me di cuenta de que estaba dirigido justamente para mí.

Muchos de nosotros somos así con las enseñanzas del evangelio. Sabemos que el evangelio es verdadero, pero no creemos que las enseñanzas individuales se apliquen directamente a nosotros o a nuestras circunstancias. Por ejemplo, no confiamos en que el Señor “[nos] abrir[á] las ventanas de los cielos y derramar[á] sobre [n]osotros bendición hasta que sobreabunde”, y que Él “reprender[á] también por [n]osotros al devorador” (Malaquías 3:10–11) si pagamos nuestro diezmo de forma honesta. Creemos que la promesa es para las personas que no están teniendo problemas financieros como nosotros.

O no creemos que guardar honestamente el día de reposo tenga algo que ver con cosas que puedan “agradar la vista”, “alegrar el corazón”, “vigorizar el cuerpo” y “animar el alma” (véase D&C 59:18–19) y, sin embargo, estas cosas se prometen junto con la capacidad de mantenernos “sin mancha del mundo” (véase D&C 59:9). Creemos que guardar el día de reposo se aplica solo al bloque de reuniones de tres horas los domingos o a las personas que no tienen tanto que hacer como nosotros. No elegimos confiar en la palabra del Señor.

Me encanta la historia que Parley P. Pratt cuenta en su autobiografía de cómo confió en la palabra del Señor. Parley revisó la Biblia y escogió todas las bendiciones que el Señor había prometido a aquellos que lo seguían. Parley escribió cada una de esas bendiciones en un trozo de papel, las puso en una caja, y las llevó con él, llamándolas su “tesoro”, porque veía esas bendiciones como si estas ya se hubieran cumplido. Estaba absolutamente seguro de que se cumplirían. Parley hizo esto antes de escuchar acerca de la Restauración. Más tarde, confió en las bendiciones que la Restauración ofrecía y eligió ser bautizado y seguir; una pequeña decisión que fue la clave de grandes bendiciones para él. La decisión de creer en el evangelio y confiar en la palabra del Señor en todas las cosas es algo pequeño para nosotros, pero esa también será la clave de grandes bendiciones para nosotros.

Otra cosa pequeña, otra decisión particular de confiar en el Señor, de la que me gustaría hablar es la decisión de arrepentirse. Necesitamos tener cuidado de no ocultar nuestros pecados en lugar de resolverlos, de no ignorar el proceso del arrepentimiento. Me he dado cuenta de que uno de los mayores obstáculos que tengo que superar para poder arrepentirme es mi propio orgullo. Reconocer que necesitamos arrepentirnos exige una profunda humildad. Aunque las escrituras dicen: “todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23), a veces tendemos a pensar que lo que hemos hecho no está tan mal. Amontonamos nuestras faltas y las comparamos con lo que vemos como las deficiencias y fallas de nuestros vecinos, compañeros de cuarto, esposos y esposas, miembros del barrio, y pensamos que estamos bastante bien. Pero, si somos realmente honestos con nosotros mismos y miramos lo que el Señor ve, reconocemos que “pesado[s] [hemos] sido en balanza […] y fui[mos] hallado[s] falto[s]” (Daniel 5:27). Nuestro camino hacia la perfección debe incluir una serie de “pequeños” arrepentimientos, pero no entramos en ese camino a menos que estemos dispuestos a admitir que hemos hecho algo no tan recto o no tan bueno, que hicimos algo mal. Así que es una cosa pequeña pero significativa el honestamente buscar ver nuestros pecados y superarlos.

Sé por mi propia experiencia que el Espíritu Santo puede ayudarnos inmensamente en ese proceso. Si se lo pedimos, nos revelará nuestros pecados, no como una gran montaña que nos abrume y desanime por completo por causa de nuestras faltas, sino uno por uno en el momento correcto y en la proporción correcta a medida que seamos capaces de lidiar con ellos. El Espíritu Santo nos guiará desde donde estamos hasta donde tengamos que llegar. Aquí, una vez más, entra en juego el asunto de la confianza. Necesitamos confiar en que nuestro bautismo es un convenio eterno y que, en el momento en que reconozcamos y nos arrepintamos de nuestros pecados, seremos hechos limpios.

La Santa Cena se nos da cada semana, una cosa pequeña que nos recuerda sobre el convenio bautismal y su naturaleza eterna, y que nos ayuda en el proceso del arrepentimiento. De esta cosa pequeña pueden salir cosas muy buenas para nuestro crecimiento. Me gustaría compartirles algo que me enseñó en mi juventud un muy buen maestro de seminario, el hermano Boyd Beagley. Es una pequeña manera de poner en práctica la Santa Cena que ha bendecido mi vida una y otra vez de formas incalculables.

El hermano Beagley sugirió que en lugar de pensar “lamento todas las cosas malas que he hecho; voy a tratar de mejorar” cuando reparten la Santa Cena cada semana, deberíamos examinar seriamente y pensar en las cosas específicas que hemos hecho durante la semana que podrían ser una causa de dolor para el Señor que derramó Su sangre por nosotros. Deberíamos evaluar no solo las acciones, sino también nuestros pensamientos y actitudes desde la última vez que tomamos la Santa Cena.

Si somos verdaderamente humildes y buscamos Su ayuda, el Espíritu Santo nos ayudará a encontrar entre nuestras deficiencias o defectos aquella cosa en la que necesitamos trabajar más durante la semana que viene. Puede que sea algo nuevo cada semana, o puede que nos encontremos trabajando en la misma cosa durante varias semanas. En ocasiones, nos encontraremos regresando a las mismas faltas y a nuestras mayores debilidades. Lo que sea que el Espíritu nos revele como aquello que sea más desagradable para el Señor, debemos comprometernos a trabajar en ello. Por lo tanto, deberíamos pensar en los posibles momentos y circunstancias que puedan surgir en la semana que nos puedan llevar a la tentación en ese aspecto, y planificar con anticipación cómo evitar o superar esa tentación. Luego tomamos la Santa Cena, reafirmando nuestra parte del convenio y pidiendo que siempre tengamos el Espíritu del Señor con nosotros. Durante la semana hacemos lo mejor que podemos; hacemos nuestro mejor esfuerzo de acuerdo con esa debilidad. Cuando venimos a la mesa sacramental la semana siguiente, nos examinamos a nosotros mismos de nuevo. Una vez más, el Espíritu nos dice en qué necesitamos trabajar. De la misma manera, cuando sinceramente superamos esa debilidad, nos permite sentirnos perdonados. Otra vez, debemos elegir confiar en el Señor. Él ha prometido que “quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más” (DyC 58:42). No necesitamos arrastrar nuestras cargas con nosotros, ni olvidar perdonarnos a nosotros mismos, pensando que no somos buenos, o que somos demasiado débiles para que el Señor nos ame y nos perdone. Debemos recordar que el Señor nos bendice no necesariamente porque seamos buenos y totalmente dignos, sino porque Él es bueno y totalmente digno. Todo este proceso es realmente una cosa pequeña, pero testifico por experiencia propia que realmente hace la diferencia. Sinceramente, sostengo estas dos cosas pequeñas: confiar realmente en el Señor y arrepentirnos sinceramente cada semana.

Ahora concluyo con esta última pregunta: ¿qué cosas grandes proceden de estas dos cosas pequeñas? Creo que por medio de ellas, un hombre o una mujer natural puede convertirse en un hombre o una mujer de Cristo. No es una cosa pequeña el convertir a una persona normal en algo divino. Tal vez nuestro trabajo nunca reciba la atención de los medios ni aparezca en ninguna lista de los logros que el mundo más celebra. Pero tenemos evidencia mucho más grande de que lo que estamos haciendo es importante: esta es la obra en la que Aquel que es el mayor de todos, que entiende el verdadero valor de todas las cosas, que podría estar ocupado en cualquier otra obra que Él deseara, ha decidido involucrarse en esta misma. “Porque, he aquí, esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). Podemos dejar que causas menores nos alejen de esta obra significativa o podemos hacer de esta la obra más grande en las pequeñas maneras que el Señor nos ha indicado y saber que sí hacen una diferencia, durante las eternidades sin fin.

Hace varios años leí un artículo en un periódico sobre un famoso director de cine. El artículo contenía una cita del director en la que creo, y que se ha grabado en mi mente aunque no logro recordar quién era (si bien mucha gente a la que he comentado la cita me dice que probablemente era Frank Capra). El director dijo: “El carácter es el destino”. Yo lo creo. Creo que lo que somos “saldrá”. Al final, nuestros defectos fatales o fortalezas desarrolladas en silencio tendrán consecuencias; nuestro destino final dependerá no solo de lo que hayamos hecho, notado o no, sino de aquello que hayamos llegado a ser, en lo que nos hayamos convertido. Y creo que es por cosas pequeñas que nos convertimos en algo o alguien grande.

También creo que hacer estas pequeñas cosas marca una diferencia en lo que sucede en nuestra sociedad. Creo que marca una diferencia en lo que transmitimos a nuestros hijos. Si hacemos estas cosas pequeñas, pero rectas, les estaremos dejando un mundo mejor y una visión más amplia de la verdad y de la eternidad. Sinceramente, sí marca una diferencia para la sociedad, ahora y en el futuro, que cada uno de nosotros haga las pequeñas cosas que elevan el lenguaje en lugar de degradarlo; que permiten que nuestros vecindarios sean seguros sin necesidad de rejas ni cerraduras; que impiden que todo tipo de abusos se transmitan de una generación a otra; y que hacen de la bondad, la sensibilidad y el amor abnegado la norma.

Creo que las cosas pequeñas de las que he hablado pueden finalmente conducir a algo realmente grande para todos nosotros, algo que por mucho tiempo ha sido predicho y deseado por profetas y santos de todas las dispensaciones. Sinceramente creo que podemos establecer Sión, la ciudad de los puros de corazón, la ciudad de aquellos que han lavado sus pecados en la sangre del Cordero, persona por persona, pecado por pecado.

Mi última visita a Chile me permitió ver otra cosa además de los resultados individuales que habían llegado a la vida de las personas. Me permitió ver cómo la sociedad cambia cuando sus miembros cambian. Por ejemplo, pude ver el tipo de crecimiento y la sociedad que existía en las áreas donde la Iglesia había estado por varias décadas. Era una sociedad diferente de la que fue incluso cuando estuve allí hace veinticinco años. Las cosas estaban mejor; las expectativas eran más altas. En las áreas donde la Iglesia no había estado, vi cómo la sociedad todavía era poco amable, mezquina y abiertamente deshonesta. Luego volví aquí, a un lugar que ha crecido con la influencia de la Iglesia y sus enseñanzas por varias generaciones. Al mirar a nuestro alrededor, reconozco que aún no lo hemos logrado, pero estamos más cerca de lo que estábamos en los inicios de la Iglesia. La velocidad con la que llegamos a Sión depende de cada uno de nosotros.

Vuelvo a nuestros sueños de la infancia. ¿Realmente queremos lograr algo importante? ¿Realmente queremos hacer algo significativo? ¿Realmente queremos hacer algo que logre una diferencia? La oportunidad es nuestra. Y cuando estemos listos, Cristo vendrá.

Y ahora repito la escritura con la que comencé. Tal vez, como Parley P. Pratt, podríamos escribirlo en un pedazo de papel y llevarlo siempre con nosotros para recordarnos las promesas seguras del Señor: “Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra”. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes (DyC 64:33).

Que cada uno de nosotros nos comprometamos a comprender los propósitos del Señor para nosotros y a hacer esas cosas pequeñas que harán posible que Él lleve a cabo lo que es grande entre nosotros. Sé que Él lo hará si nosotros lo hacemos. Ruego que así sea. Digo estas cosas en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Cheryl Brown fue profesora asociada de lingüística y directora de la Facultad de Humanidades de Brigham Young University cuando dio este discurso en el devocional del 11 de mayo de 1993.

Cheryl Brown

Cheryl Brown fue profesora asociada de lingüística y directora de la Facultad de Humanidades de Brigham Young University cuando dio este discurso en el devocional del 11 de mayo de 1993.