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Encontrar el camino del carácter

David Brooks

Columnista de Opinión del New York Times

22 de octubre de 2019

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Lo que he estado hablando hoy es algo que parece apolítico: no se trata de la democracia; simplemente se trata de vernos unos a otros.


Tenemos la intención de modificar esta traducción cuando sea necesario. Si tiene sugerencias, por favor enviar un correo a speeches.spa@byu.edu.

Voy a hablar un poco sobre algunas de las cosas que he aprendido en la vida acerca de cómo llevar una vida buena y moral, y luego hablaré sobre qué tipo de ciudadanos creo que todos necesitamos ser para tener una buena cultura democrática y un carácter democrático saludable.

Mi vida comenzó de forma impredecible. Crecí en Greenwich Village en la década de 1960, con padres algo izquierdistas. Cuando tenía cinco años, me llevaron a un “Be-In”, un encuentro hippie. Una de las cosas que hicieron en el “Be-In” fue prender fuego a un bote de basura y tirar sus billeteras para demostrar su liberación del dinero y de las cosas materiales. Vi un billete de cinco dólares en llamas en el bote de basura, así que me separé de la multitud, metí la mano en el fuego, agarré el dinero y huí. Ese fue mi primer paso hacia la derecha.

Cuando tenía siete años, leí un libro sobre el oso Paddington y decidí que quería ser escritor. Recuerdo que, en la escuela secundaria, ya estaba dedicado a la escritura. Quería salir con una chica llamada Bernice. Ella no quería salir conmigo; quería salir con otro chico. Y recuerdo haber pensado: “¿Qué está pensando? Yo escribo mucho mejor que ese tipo”. Pero esos eran sus valores.

Luego, cuando tenía dieciocho años, el personal de admisión de las Universidades de Columbia, de Brown y de Wesleyan decidieron que debía ir a la Universidad de Chicago. Hay un dicho que resume bien la densidad intelectual de la Universidad de Chicago: “Es una escuela bautista donde profesores ateos enseñan a estudiantes judíos acerca de Santo Tomás de Aquino”. Llevan camisetas que dicen: “Claro, funciona en la práctica, ¿pero funciona en teoría?” Así que la universidad era muy intelectual y en esos tiempos, yo era bastante intelectual. Mientras estuve en la Universidad de Chicago, hice una doble especialización en historia y celibato.

Pero allí fue donde me llegó la gran oportunidad de mi vida, cuando William F. Buckley, un columnista destacado, vino al campus. Escribí una parodia muy cruel sobre él por ser un arrogante que presumía de sus contactos, la cual aparentemente le pareció divertida, porque al final de su discurso le dijo al alumnado: “David Brooks, si estás en la audiencia, quiero ofrecerte un trabajo”. Lamentablemente, yo no estaba en la audiencia. Pero lo llamé tres años después, el puesto seguía disponible y ya lo tenía todo resuelto.

Mi carrera ha tenido una trayectoria bastante constante y muy aburrida. Soy columnista conservador en el New York Times, un trabajo que comparo con ser el Gran Rabino en La Meca. Hago un programa en PBS llamado The News Hour, que es un programa muy bueno que anteriormente estaba presentado por Jim Lehrer. Es un programa que, en mi opinión, tiene mucha civilidad y grandes valores. Pero está dirigido a una audiencia de cierta experiencia. Así que, si una señora de noventa y tres años se me acerca en el aeropuerto, sé lo que me va a decir: “No veo tu programa, pero a mi madre le encanta”. Somos muy conocidos en los asilos de ancianos.

Y luego empecé a escribir libros y a leer libros. Y a medida que he escrito más libros y leído más libros mientras envejezco, me he vuelto un poco más sensible, un poco más femenino. Soy el único hombre estadounidense que ha terminado el libro Eat, Pray, Love (Come, reza, ama),1 si recuerdan ese libro. En la página 123, me sentí tan conectado con mi lado femenino que me sorprendió.

Hace cuatro años escribí un libro titulado The Road to Character (El camino del carácter)2; es un libro sobre el carácter. Y aprendí que escribir un libro sobre el carácter no te da buen carácter, y que incluso leer un libro sobre el carácter no te comunica buen carácter. Pero comprar un libro sobre el carácter sí te da buen carácter, así que recomiendo hacerlo.

Las mentiras de la meritocracia

Cuando caminan por la vida, el lado profesional de la vida, lo hacen con un cierto conjunto de valores. Tomamos a jóvenes que comienzan con la intensidad de la vida y los pasamos por un sistema de admisiones universitarias que les enseña que el estatus y el logro son la parte principal de la vida. Luego salen y llevan el tipo de vida que yo llevaba, que fue una vida en la meritocracia, tratando de tener éxito, de lograr, de contribuir y de desarrollar una identidad.

Esta meritocracia sí nos da muchos logros. En el trayecto desde Salt Lake City hasta aquí, muchas empresas importantes están situadas a lo largo de la autopista; que se deben saludar y honrar. Pero hay aspectos de la meritocracia que, si los toman sin ningún otro sistema moral, son en realidad mentiras.

La primera mentira de la meritocracia es que el éxito profesional nos hace felices. Yo soy el ejemplo perfecto de que eso no es cierto.

La segunda mentira de la meritocracia es la mentira de la autosuficiencia: la idea de que uno mismo puede hacerse feliz; que si se consigue una victoria más, se bajan quince libras o se llega a ser muy bueno en yoga, se será feliz. Si preguntan a las personas al final de sus vidas qué las hizo felices, no fue la autosuficiencia; fueron los momentos de dependencia absoluta, cuando dependían por completo de otra persona y otra persona dependía por completo de ellas.

La tercera mentira es que la vida es un viaje individual. Les compramos a los niños un libro llamado ¡Oh, cuán lejos llegarás!3 de Dr. Seuss. En ese libro hay un joven que se ha graduado de la universidad y su vida es una serie de experiencias en el camino hacia el éxito. No tiene amigos, no tiene relaciones y no tiene conexiones, porque pensamos que la vida es un viaje individual. Si dan ese libro a grupos de inmigrantes, lo detestan, porque esa no es la vida tal y como la experimentan.

La cuarta mentira es que pueden crear su propia verdad, que tienen que inventarse su propia visión del mundo, que la verdad no es algo externo a ustedes, encerrado en el orden natural del universo, y que la verdad es algo que crean por sí mismos. Si les dicen a las personas que tienen que crear su propia verdad, con mucha frecuencia no serán capaces de hacerlo.

Hay más mentiras de la meritocracia: la cultura de la meritocracia es que uno es lo que logra y que se gana la dignidad y el respeto al vincularse a marcas prestigiosas. La emoción de la meritocracia es el amor condicional: uno se gana el derecho a ser amado. La antropología de la meritocracia es que no se es un alma que hay que salvar, sino un conjunto de habilidades que hay que maximizar. Y la gran mentira al frente de la meritocracia que es realmente corrosiva es que las personas que han logrado más valen más que otras personas. Esa es una buena mentira que introducir si se quiere destrozar una sociedad.

Hace unos años, una guardería israelí tenía un problema: los padres llegaban tarde a recoger a los niños. Así que impusieron multas a los padres que llegaban tarde. El número de padres que llegaban tarde se duplicó. Esto se debe a que, antes, recoger a los niños a tiempo era una responsabilidad moral hacia los profesores para que pudieran irse a casa. Una vez que se impuso la multa, dejó de ser una responsabilidad moral y pasó a ser una transacción económica. Se había eliminado la perspectiva moral y se había impuesto la perspectiva económica. Nuestra sociedad hace un trabajo razonablemente bueno en la vida cotidiana al eliminar la perspectiva moral y ayudarnos a ver la vida a través de una perspectiva económica, lo que nos hace más insensibles moralmente.

Sin duda, eso es lo que ocurrió en mi vida al alcanzar un éxito profesional mucho mayor del que jamás hubiera imaginado. Me dedicaba a escribir, y escribir es una profesión solitaria. Y cuando alcancé el éxito, descubrí que era aún más solitario. Para promocionar The Road to Character (El camino del carácter), estuve de gira durante noventa y nueve días consecutivos y comí solo cuarenta y dos comidas seguidas en un aeropuerto, en un avión o en un hotel. Cuando tu vida es así, estás completamente descarrilado. Por aquella época vi una foto de Britney Spears, que en un momento dado se había vuelto loca y se había afeitado todo su cabello, y pensé: “Sí, podría hacer eso; estoy allí”.

A lo largo de su carrera, acaban deseando cosas equivocadas al dejarse llevar y prestar demasiada atención a las mentiras de la meritocracia. Desean la reputación y, al menos en mi caso, llegan a idolatrar el tiempo. Valoran la productividad por encima de las personas. En lugar de establecer relaciones profundas con la gente, siempre llevan un reloj en la mente: “Oh, tengo que hacer esto, tengo que hacer aquello y tengo que hacer lo otro”. Y así van pasando por la vida sin prestar atención a las personas.

El salario del pecado es el pecado. Mi propio abismo llegó en 2013. Mis hijos se habían ido de casa o se estaban yendo para ir a la universidad. Mi matrimonio había terminado. Mis amistades estaban en el movimiento conservador, y yo ya no formaba parte de ese movimiento. Vivía solo en un apartamento, sin recibir visitas, tratando de salir adelante. La adicción al trabajo es una muy buena manera de evitar cualquier problema espiritual y emocional. Como no recibía visitas, si ibas a mi cocina y abrías el cajón donde debería haber cubiertos, solo había notas adhesivas. Y si abrías el cajón donde deberían haber platos, solo había material de papelería. Solo trabajaba. Y sufría el final lógico de la meritocracia cultural, que es estar separado de otras personas, una mónada solitaria en ascenso.

Mientras yo lo sufría, lo mismo les ocurría a muchas otras personas: el 35 por ciento de los estadounidenses mayores de cuarenta y cinco años dicen que se sienten crónicamente solos. El grupo religioso que más crece carece de afiliación. El movimiento político que más crece carece de afiliación. Desde 1999, el índice de suicidios ha aumentado un 30 por ciento. Desde 2011, el índice de suicidios entre adolescentes ha aumentado un 70 por ciento. Los índices de depresión en la universidad se han duplicado en los últimos diez años. Hay muchas personas que se sienten muy solas, muy aisladas y muy temerosas. Y parte de ello se debe a la cultura de la meritocracia.

Probablemente, parte de ello se deba al internet. Es una fuente de mala comunicación. En el internet no nos comunicamos desde el corazón y el alma; lo hacemos a través de nuestro ego y de las comparaciones. Mi vida es mejor que la tuya: eso es Instagram. Tus opiniones son más estúpidas que las mías: eso es Twitter. No estamos programados ni fuimos creados para comunicarnos a este nivel tan superficial.

Vernos profundamente

De alguna manera, hemos entrado en una era de malas generalizaciones. No nos vemos bien unos a otros; y tanto los liberales como los evangélicos y los Santos de los Últimos Días lo creen. Todos los grupos, todos los estereotipos, todas las malas generalizaciones: no vemos el corazón ni el alma de cada persona, solo un montón de malas etiquetas. Para mí, este es el problema central al que se enfrenta nuestro carácter democrático. Muchos de los grandes problemas de nuestra sociedad se derivan de que las personas no se sienten vistas y conocidas: los afroamericanos sienten que los blancos no comprenden su experiencia cotidiana. La población rural no se siente vista por las élites de las grandes ciudades costeras. Los jóvenes deprimidos sienten que nadie los comprende. Las personas de diferentes tendencias políticas se enfadan entre sí y se sienten incomprendidas. Los empleados se sienten invisibles en el trabajo. Los maridos y las mujeres que viven en matrimonios en crisis se dan cuenta de que la persona que debería conocerlos mejor en realidad no tiene ni idea.

Para mí, el atributo democrático fundamental en el que todos tenemos que mejorar un poco es el de vernos y ser vistos profundamente los unos a otros. Es una cuestión de epistemología, de comprendernos mutuamente.

John Ruskin, uno de mis héroes, dijo:

Lo más grande que un alma humana puede hacer en este mundo es ver algo y decir lo que vio de una manera clara. Cientos de personas pueden hablar por una que puede pensar, pero miles pueden pensar por una que puede ver4.

Si lo pensamos bien, hay una habilidad que es fundamental para cualquier familia, empresa, salón de clases, comunidad, universidad o nación sana: la capacidad de ver profundamente a los demás, de conocerlos a fondo y de hacerlos sentir escuchados y comprendidos.

He dedicado mucho tiempo a pensar: “¿Qué es esta habilidad? ¿Cómo se puede llegar a dominarla?». No se trata de una habilidad intelectual distante, sino de una forma emocional de conocer. Nuestro experto en este sentido es San Agustín, quien dijo que el conocimiento es una forma de amor5. El amor es un enfoque de atención. El amor es un estado motivacional para aprender más sobre otra persona. El amor es un impulso para moverse en armonía con otra persona. Nosotros separamos el corazón y la cabeza, pero Agustín nunca lo hizo.

En la Biblia hay muchos casos diferentes en los que las personas fueron malinterpretadas e incomprendidas. En Lucas, Jesús ni siquiera fue reconocido por sus propios discípulos. En la parábola del buen samaritano, el levita vio al hombre herido al lado del camino, pero en realidad no lo vio. Solo un samaritano lo vio de verdad. Estos casos de la Biblia siempre juegan con diferentes tipos de reconocimiento.

La palabra bíblica para “conocer” en hebreo es yada, y tiene docenas de usos diferentes que traspasan las fronteras de nuestra mente y nuestro corazón, y que abarcan desde las relaciones sexuales hasta la lealtad hacia alguien o el establecimiento de un pacto con otras personas. Por lo tanto, la Biblia está escrita en un lenguaje que sitúa el conocimiento profundo y las emociones profundas en el centro de lo que hacemos.

He tratado de estudiar a personas que son realmente buenas para ver a los demás, conocerlos y hacerlos sentir comprendidos. Tengo una interacción en el Instituto Aspen llamada Weave: The Social Fabric Project (Tejido: El proyecto del tejido social). Recorremos el país y conocemos a personas que son excelentes para construir comunidades o relaciones. Los llamamos tejedores. Son genios en hacer que alguien se sienta escuchado y comprendido; eso es lo que hacen. Observo cómo lo hacen.

1. Los tejedores están arraigados

Una de las cosas que hacen los tejedores es establecerse en algún lugar. No son de ningún sitio en concreto, no son cosmopolitas. Han elegido un lugar que realmente les importa y saben de dónde son. Saben quiénes son su gente y están arraigados.

Conocí a una mujer llamada Aiesha Butler. Aiesha vivía en Englewood, un vecindario de Chicago muy conflictivo, y se iba a mudar porque el lugar era peligroso y tenía una hija de nueve años. El día que se mudaba, miró al otro lado de la calle y vio a una niña con un vestido rosa jugando en un terreno baldío con botellas rotas. Se volvió hacia su marido y le dijo: “No vamos a dejar esto y ser otra familia más que se marcha”.

Aiesha se estableció en Englewood. Buscó en Google “voluntariado en Englewood” y se dedicó a hacer voluntariado sin descanso. Ahora dirige la gran organización comunitaria de esa localidad, y si vas a las tiendas de Englewood, encontrarás camisetas con los lemas “Hija orgullosa de Englewood” o “Hijo orgulloso de Englewood”. Hizo un compromiso con un lugar.

Uno de mis héroes es un tipo que espero que también sea un héroe para ustedes, y considero una especie de mesías, Bruce Springsteen. Bruce Springsteen creció en un lugar llamado Freehold, cerca de Asbury Park, Nueva Jersey. Sus dos primeros álbumes no tuvieron éxito. Su tercer álbum, Born to Run, fue un gran éxito. El siguiente paso lógico para él habría sido convertirse en una superestrella mundial haciendo un álbum que pudiera gustar a todo el mundo. Hizo exactamente lo contrario. Volvió a Freehold, Nueva Jersey, volvió a Asbury Park, Nueva Jersey, e hizo un pequeño álbum sencillo sobre lo que más le importaba: la gente de esos pueblos y cómo estaban sufriendo. Se arraigó.

Hace unos años estuve en Madrid, en el gran estadio de fútbol del Real Madrid, para asistir a un concierto de Bruce Springsteen. Miré a los chicos que asistían al concierto y vi que llevaban camisetas con las siguientes inscripciones: “Stone Pony”, que es un bar de Asbury Park; ”Highway Nine”, que es una autopista que pasa por Freehold; y “Greasy Lake”, que es un lago cercano. Springsteen, al igual que William Faulkner y tantos otros grandes artistas, creó su propio entorno.

Los tejedores se entierran a sí mismos, echan raíces. Y el público acude a ellos. El público quiere saber que tienen raíces y que están arraigados.

En medio de ese concierto, vi a 65 000 jóvenes gritando: “Born in the USA. I was born in the USA  (nací en EE. UU., nací en EE. UU.)”.

Y pensé: “No, no es cierto”. Pero ellos habían ido a ver a Springsteen.

2. Los tejedores son audaces exploradores sociales 

​​En segundo lugar, los tejedores son audaces exploradores sociales. Una de mis expresiones favoritas proviene de la psicología. Dice que toda la vida es una serie de audaces aventuras desde una base segura6. Los tejedores saben quiénes son y se han arraigado. Por lo tanto, tienen la seguridad necesaria para ir al extranjero. A muchos de los tejedores que admiramos les encanta ser la única persona como ellos en el salón.

Hay una mujer llamada Sarah Heminger que es una de nuestras tejedoras favoritas. Creció en Indiana. Su padre asistía a una iglesia y descubrió que su pastor estaba malversando fondos, por lo que lo denunció. En lugar de despedir al pastor, la congregación marginó a Sarah y a su familia. Durante ocho años no la invitaron a ninguna fiesta. A veces, en las fiestas de Navidad en casa de su abuela, ella y su hermano tenían que sentarse en otra habitación porque los marginaban. Ella sabía lo que era el verdadero aislamiento.

Después fue a la Universidad John Hopkins. Mientras viajaba en autobús por Baltimore, vio a unos niños fuera de la escuela, niños afroamericanos, y pensó: “Sé exactamente lo que sienten. Reconozco ese aislamiento”. Sarah ahora dedica su vida a ayudar a esos niños, personas completamente diferentes a ella, una chica blanca del centro de Estados Unidos. Pero a los tejedores les emociona estar con personas completamente diferentes a ellos, crear ese vínculo humano y ser transparentes.

3. Los tejedores son emocionalmente transparentes

La tercera fortaleza de las personas que conocen profundamente a los demás es que son emocionalmente transparentes. Hace unos años, en 2015, mi esposa y yo fuimos invitados a la casa de una pareja llamada Kathy y David. Hace años, Kathy y David tenían un amigo en las escuelas públicas de Washington D.C. que tenía un amigo llamado James. La madre de James tenía problemas de salud y otros problemas, y James a menudo no tenía nada que comer ni ningún lugar adonde ir. Kathy y David dijeron: “Bueno, James puede quedarse con nosotros”.

James también tenía un amigo, y ese niño tenía otro amigo y ese niño tenía un amigo más. Cuando fui a la casa de Kathy y David en 2015, había unos cuarenta niños alrededor de la mesa y quince dormían en diferentes casas. Habían creado una gran familia, por elección.

Soy un hombre blanco de mediana edad y reservado y al entrar me acerqué a dar la mano a uno de los niños quien me dijo: “Aquí no nos damos la mano. Aquí nos abrazamos”.

Puede que no sea muy dado a los abrazos, pero hemos vuelto y nos hemos integrado en esta comunidad durante los últimos cuatro años. Y abrazamos a cuarenta personas al llegar y a otras cuarenta al irnos.

Los niños transmiten una transparencia emocional y exigen que también uno sea emocionalmente transparente. Lo convierten en una persona diferente. El tipo reservado y un poco distante de repente se convierte en alguien bastante bueno en ser emocionalmente transparente al recibir tanto afecto de los demás.

Una vez llevé a mi hija allí. Ella dijo: “Es el lugar más acogedor en el que he estado en mi vida. Y nos convierte en personas mucho más abiertas”.

Hace un par de semanas estuve en un festival. Nos dieron la letra de una canción y nos dijeron: “Elijan a un desconocido entre el público y canten esta canción mirándole a los ojos”. Hace tres años me habría dado un ataque, pero ahora puedo ser un poco más abierto porque estos niños me han entrenado.

4. Los tejedores utilizan bien su sufrimiento

La cuarta cosa que hacen los tejedores y que les permite conocer a los demás y ser conocidos a fondo es aprender a utilizar bien su sufrimiento. Todos tenemos momentos de sufrimiento, pero podemos quedar destrozados por esos momentos o podemos abrirnos gracias a ellos. Algunas personas quedan destrozadas. Construyen un frágil caparazón sobre la parte de sí mismas que sufre y se encierran en sí mismas. Tienen miedo a que se les acerquen. Esas personas normalmente reaccionan con ira y resentimiento. Hay un dicho que dice que el dolor que no se transforma se transmite7.

Pero otras personas se abren. Se vuelven cada vez más vulnerables y más transparentes. Viven su vida a un nivel más profundo. El teólogo Paul Tillich dijo que los momentos de sufrimiento interrumpen tu vida y te recuerdan que no eres la persona que creías ser. Traspasan lo que uno creía que era lo más profundo de su alma y revelan una cavidad debajo, y luego traspasan esa cavidad y revelan otra más abajo. Uno ve más profundamente dentro de sí mismo de lo que jamás imaginó que existía, y cuando ve esas profundidades, se da cuenta de que solo el alimento espiritual y emocional llenará esos vacíos. Así que comienza a vivir la vida a un nivel más profundo⁸.

Tenía una amiga que decía que cuando nació su primera hija, se dio cuenta de que la quería más de lo que exigía el instinto evolutivo. Siempre me ha gustado esa frase porque refleja algo muy profundo. Hacemos ciertas cosas para transmitir nuestros genes, pero en lo más profundo de nuestro ser hay un nivel encantado en el que podemos encontrar nuestra capacidad ilimitada para cuidarnos unos a otros.

Una de las tejedoras que conocimos en Ohio es una mujer llamada Sarah Atkins. Le sucedió lo peor que se puede imaginar. Estaba comprando antigüedades con su madre. Cuando llegó a casa ese domingo por la noche y abrió la puerta, esperaba ver a sus hijos y a su marido. Dijo: “Ya estoy en casa. Ya llegó mamá”. No hubo respuesta. Un colchón cubría la puerta que daba al sótano. Pensó que estaban jugando al escondite, así que bajó corriendo. Vio a su marido tumbado en el suelo. Cuando miró en el sofá, vio a su hijo con lo que parecía chocolate alrededor. Lo tocó y estaba frío. Su marido había matado a sus hijos y se había suicidado.

Ahora vive una vida dedicada por completo al servicio. Ayuda a mujeres que han sufrido violencia, tiene una farmacia gratuita y da clases en la Universidad de Ohio. Vive con una actitud sincera y generosa. Es alguien que ha sufrido de manera inimaginable y, sin embargo, vive con lo que Richard Rohr denomina “una tristeza luminosa”9. Ha visto lo peor del mundo, pero hay una luz y un humor en ella, y hay ágape, un amor desinteresado que ella transmite.

Me dijo: “Lo hago porque estoy enfadada con él. Sea lo que sea lo que intentó hacerme, no lo va a conseguir. Voy a impactar al mundo de manera positiva”. Es una persona que vive su vida con transparencia, porque todo lo que tenía que perder, ya lo ha perdido, y ha decidido ser auténtica ante todo.

Desarrollando una comunidad

Cuando miran a estos tejedores y lo buenos que son para ver a los demás, se dan cuenta de que es difícil tener una visión profunda. Y, sin embargo, si miran a su alrededor, sucede todo el tiempo.

Tengo una amiga cuya hija tenía dificultades en el segundo grado. El maestro le dijo: “Sabes, eres muy buena para pensar antes de hablar”. En ese momento la niña se sintió reconocida, respetada y comprendida, y eso transformó todo su año escolar porque el maestro había visto dentro de ella.

Mi esposa, Anne, escribió un libro, y uno de los capítulos trata sobre un lugar llamado Oaks Academy en Indianápolis. Uno de los niños pequeños se portaba mal, y el maestro le dijo: “Me pregunto si tu conciencia se ha vuelto muy, muy pequeña”. El niño no sabía lo que era la conciencia, pero sabía que no quería tener una pequeña10. Los grandes maestros tienen la capacidad de observar y ver dentro de sus estudiantes.

Los grandes amigos y cónyuges también tienen esa habilidad. A menudo pienso en algo que ocurrió hace unas semanas. Mi esposa, Anne, estaba junto a la puerta principal de nuestra casa, que estaba abierta. Por casualidad, estaba mirando a una orquídea que tenemos junto a la puerta principal. Levanté la mirada de lo que estaba haciendo y vi su silueta mientras contemplaba la orquídea. Fue uno de esos momentos extraños que tienen los cónyuges, y pensé: “Vaya, realmente la conozco”. Fue uno de esos momentos en los que la realidad se detiene y uno se da cuenta de la profundidad que existe en los momentos cotidianos de la vida y de lo maravilloso que es conocer a fondo a alguien y también lo maravilloso que es sentirse verdaderamente visto.

Las conexiones que pueden surgir entre las personas son realmente asombrosas. Tenía un conocido llamado Douglas Hofstadter, que es científico cognitivo de la Universidad de Indiana. Se encontraba en un año sabático con su esposa, Carol, y sus dos hijos, que entonces tenían tres y cinco años, cuando Carol falleció repentinamente. Guardaba una foto de Carol en la cómoda de su dormitorio y la miraba todos los días.

Pero un día la miró con especial atención y escribió acerca de lo que sintió:

Miré su rostro con tanta intensidad que sentí que era yo quien se hallaba detrás de sus ojos y no pude evitar exclamar, mientras las lágrimas acudían a los míos: «¡Soy yo! ¡Soy yo!». Y esas sencillas palabras desencadenaron de pronto un alud de viejas ideas sobre la fusión de nuestras almas en una entidad de mayor nivel, sobre el hecho de que en el centro de nosotros yacían idénticos sueños e idénticas esperanzas para nuestros hijos, sobre el hecho de que esos anhelos no eran anhelos separados y diferentes, sino un único anhelo, algo que claramente nos definía a los dos, que nos convertía en una unidad, en el tipo de unidad que apenas había llegado a imaginar antes de casarme y de tener hijos. Fue entonces cuando me di cuenta de que, aunque ella hubiera muerto, ese núcleo central suyo seguía allí, sólo que ahora vivía de forma clara y decidida en mi cerebro11.

El libro que escribió se titula I Am a Strange Loop (Yo soy un extraño bucle). Su argumento es que, como seres humanos, somos extraños bucles (procesos que se repiten indefinidamente), y nuestros bucles se interpenetran entre sí. Y esto es lo más local, lo más particular y lo más relacional que uno se puede imaginar. Y, sin embargo, una vasta sociedad de 330 millones de personas depende de esta conexión local y cientos de cientos y millones de millones de estas conexiones locales. ¿Qué tiene una nación? Tiene un nivel básico de confianza, que podemos confiar los unos en los otros. Tiene un nivel básico de fraternidad, que básicamente nos comprendemos en cierto nivel, una humanidad común asumida. Tiene una historia común.

En Estados Unidos, nuestra historia es una historia de éxodo. Dejamos atrás la opresión, cruzamos el desierto, llegamos a la tierra prometida e intentamos construir esa tierra. Benjamin Franklin quería que Moisés apareciera en el gran sello de los Estados Unidos. Martin Luther King hablaba más del Éxodo que del Nuevo Testamento. Para los grupos de inmigrantes y la gente de esta Iglesia, el éxodo es la gran historia; es la gran historia unificadora de nuestro país.

También necesitamos un gran proyecto común, cosas que hagamos juntos. En Génesis, la creación del universo se describe en nueve versículos. En Éxodo, la creación del tabernáculo se prolonga durante 300 versículos. ¿Por qué se prolonga tanto? Porque los israelitas eran un pueblo rebelde que necesitaba unificarse en un pueblo común. Y para unificar a un pueblo, éste tiene que ser capaz de trabajar juntos en un proyecto común.

Mi descripción favorita de una comunidad viene de Jane Jacobs. Ella vivía en el Lower West Side de la Ciudad de Nueva York alrededor de 1960. Desde su apartamento en el segundo piso, miraba hacia la calle y vio a un hombre tirando con rabia de una niña de nueve años. Jane Jacobs no sabía si se trataba de un secuestro o simplemente de un padre disciplinando a su hija. Estaba a punto de bajar para ver qué pasaba, solo para asegurarse de que no se trataba de un secuestro, pero mientras bajaba, miró hacia la calle y vio que la mujer del carnicero había salido de la carnicería. El hombre del puesto de fruta había salido a la calle. El cerrajero había salido a la calle. Jane escribió: “Ese hombre no lo sabía, pero estaba rodeado. Nadie iba a permitir que se llevaran a una niña pequeña, aunque nadie supiera quién era”12

Para mí, eso es lo que es una comunidad. Es un grupo de personas que se cuidan unas a otras, un grupo de personas que se ven entre sí, y se ven profundamente, que se toman el tiempo para entablar una relación verdadera entre ellas, para depender unas de otras, para respaldar las historias de las demás y para respaldar el comportamiento de las demás.

Anne y yo tenemos un amigo llamado Rod que vive en el norte de Luisiana. Su hermana Ruthie murió trágicamente joven. Era maestra y todo el mundo la quería en el pueblo. Ella solía hacer algo por el pueblo en Nochebuena: iba al cementerio y colocaba una vela encendida en cada lápida para recordar a los difuntos. Murió cerca de la Navidad.

En Nochebuena, Rod le preguntó a su madre: “¿Quieres ir al cementerio esta noche y hacer lo que solía hacer Ruthie? ¿Poner las velas?”.

Su madre respondió: “Sabes, lo haré en años futuros, pero ahora mismo me destrozaría. Es demasiado pronto”.

Así que decidieron no hacerlo. Mientras conducían por la ciudad hacia la casa de una familia, pasaron por casualidad por el cementerio y vieron que alguien había colocado una vela en cada lápida. Eso es lo que ocurre en una comunidad: los comportamientos, las normas y los dones se replican y se difunden entre personas que están profundamente dedicadas y se ven a fondo unas a otras.

Para mí, el resultado final de todo esto es una especie de regocijo. Se puede ser feliz a solas: ganar un partido, conseguir un ascenso, sentirse importante. La felicidad es la expansión del yo. Pero el regocijo es la fusión del yo. Es algo que ocurre cuando uno olvida dónde termina y comienza algo más; cuando realmente ve a fondo a los demás.

Tengo un amigo llamado Christian Wiman que es poeta y vive en Praga. Un día estaba escribiendo poesía en la mesa de la cocina y, de repente, un halcón se posó en el borde de la ventana. Miró fijamente al pájaro y quedó impresionado por su belleza. Llamó a su novia, que estaba en la ducha: “¡Ven aquí! ¡Tienes que ver esto!”.

Su novia salió corriendo, empapada, y ambos se quedaron mirando la belleza del pájaro. Entonces, el pájaro, que había estado mirando hacia la calle, se giró y cruzó la mirada con Wiman. Wiman y el pájaro se miraron fijamente. Y Wiman dijo: “Sentí rendirme ante la maravilla y que miraba a través de los siglos”. Estaba viviendo un momento con la creación eterna.

Su novia comprendió la importancia del momento y dijo: “Pide un deseo, pide un deseo”.

Wiman escribió un poema sobre la experiencia; una de sus estrofas dice: “Deseé, deseé, deseé que el momento no terminara. Y así, sin más, se desvaneció”13.

Lo que he estado hablando hoy es algo que parece apolítico: no se trata de la democracia; simplemente se trata de vernos unos a otros. Y, sin embargo, me parece que esto es el pegamento que nos mantiene unidos. Estamos intentando hacer algo que nunca se ha hecho antes, algo que es extraordinariamente difícil: estamos tratando de crear la primera democracia multicultural masiva. Deberíamos ser más compasivos con nosotros mismos. Es algo difícil de lograr pero solo se hace realidad si nos miramos a los ojos y entonamos juntos esos versos.

Muchas gracias.

© David Brooks. Todos los derechos reservados.

Notas

  1. Véase Elizabeth Gilbert, Comer, Rezar, Amar: La búsqueda de una mujer por todo en Italia, India e Indonesia (Nueva York: Penguin, 2008).
  2. Ver David Brooks, El camino del carácter (Nueva York: Random House, 2020).
  3. Dr. Seuss, ¡Oh cuán lejos llegarás! (Nueva York: Random House, 1993).
  4. John Ruskin, Modern Painters, tomo III, parte 4, Of Many Things (Nueva York: John W. Lovell, 1885), capítulo 16, “Of Modern Landscape”, párrafo 28, página 286; énfasis en el original.
  5. Véase Brooks, El camino del carácter, 211; también 186–212.
  6. Véase John Bowlby, Una base segura: Aplicaciones clínicas de una teoría del apego (Nueva York: Paidós, 2009), 78. Bowlby escribió: “Todos nosotros… somos muy felices cuando la vida está organizada como una serie de excursiones, largas o cortas, desde la base segura proporcionada por nuestra figura o figuras de apego.” 
  7. Véase Richard Rohr, Adam’s Return: The Five Promises of Male Initiation (Nueva York: Crossroad, 2004), 37. Rohr escribió: “Si no transformamos nuestro dolor, lo transmitiremos de alguna forma”.
  8. Véase Paul Tillich, The Shaking of the Foundations (New York: Charles Scribner’s Sons, 1955), 56; también 52–63, 161–62. Véase también Brooks, El camino del carácter 94–206.
  9. Richard Rohr, Falling Upward: A Spirituality for the Two Halves of Life (San Francisco: Jossey-Bass, 2011), 117; véase también 118–25.
  10. En Anne Snyder, The Fabric of Character: A Wise Giver’s Guide to Supporting Social and Moral Renewal (Washington, DC: Philanthropy Roundtable, 2019), 23.
  11. Douglas Hofstadter, Yo soy un extraño bucle (Barcelona: Tusquets, 2008), 280. Traducción por Luis Enrique de Juan Vidales.
  12. Jane Jacobs, Muerte y vida de las grandes ciudades (Nueva York: Capitán Swing Libros, 2011), 66; véase también 65-66.
  13. Christian Wiman, «Postolka (Prague)», Atlántico, Cultura, 1 de enero de 2002, theatlantic.com/entertainment/archive/2002/01/postolka-prague/378272.
David Brooks

David Brooks era comentarista político y cultural y columnista de opinión del New York Times cuando pronunció este discurso en un foro de BYU el 22 de octubre de 2019.