Devocional

Reciban con gozo al Mesías inesperado

Dieter F. Uchtdorf

del Cuórum de los Doce Apóstoles

15 de abril de 2025

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Si esperan que la tristeza termine antes de experimentar gozo, podrían perdérselo por completo. ¡Experimentar cierto grado de tristeza puede permitir que su corazón y su mente reciban gozo celestial puro!


Tenemos la intención de modificar esta traducción cuando sea necesario. Si tiene sugerencias, por favor enviar un correo a speeches.spa@byu.edu.

La entrada triunfal

Es un honor y una alegría para la hermana Uchtdorf y para mí estar de nuevo en BYU, especialmente durante esta semana tan importante. Y no me refiero a la semana de exámenes finales, aunque eso también es muy importante y tan pronto como termine este devocional, todos deben estudiar mucho para sus exámenes.

Esta semana es aún más importante por otra razón. De hecho, podría decirse que es la semana más sagrada del calendario cristiano. Conmemoramos los últimos días de nuestro Salvador en la mortalidad, que culminaron con Su gloriosa Resurrección y triunfo sobre la muerte en ese hermoso domingo de Pascua.

En los últimos días, incluso en la conferencia general, hemos tenido la bendición de recibir numerosos mensajes y testimonios que celebran esos acontecimientos sagrados.

Hace solo dos días, el mundo cristiano conmemoró el Domingo de Ramos. Hoy, recordemos aquel día histórico en el que Jesucristo, el Rey de reyes, entró triunfalmente, pero con humildad, en la ciudad santa de Jerusalén.

Las calles de la ciudad estaban concurridas por gente que se había reunido en Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Rápidamente se corrió la voz de que Jesús de Nazaret venía, lo cual causó un gran revuelo. “Toda la ciudad se alborotó”, dicen las Escrituras1. Una gran multitud se reunió a las puertas de la ciudad para recibirlo. Algunos tendieron sus ropas en el suelo para honrarlo mientras entraba en su amada ciudad. Otros cortaron ramas de palmeras y las extendieron por el camino. La gente vitoreaba y gritaba “¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!”2.

El ambiente era absolutamente electrizante.

La gente comenzó a preguntar: “¿Quién es este?”3.

Los fariseos querían ponerle fin a todo el alboroto. Pero, por supuesto, eso era imposible. El ambiente estaba cargado de emoción y expectación4.

¿Pueden imaginar cómo debieron de haberse sentido los discípulos del Salvador? ¡Este era el momento que habían estado esperando! Finalmente, la gente reconocía a Jesús como el Mesías prometido. ¡Por fin la espera había terminado! ¡El sufrimiento ahora terminaría! ¡Los hijos de Israel serían liberados porque su Rey había llegado!

La gente estaba llena de expectación, pero ¿estaban esperando las cosas correctas?5

Expectativas

Ahora bien, con el tiempo los gritos de alabanza y júbilo se calmaron, como sucede tan a menudo en la vida. Las multitudes se dispersaron y la gente volvió a sus actividades habituales. Celebraron la cena de Pascua judía. Seguían sujetos a Roma y tenían que seguir pagando impuestos. Es probable que muchos de ellos recordaron aquel domingo en Jerusalén y se preguntaron a qué se había debido tanto alboroto.

Mientras tanto, Jesús celebró una serena Última Cena con Sus apóstoles en el aposento alto. Les enseñó, les animó, oró por ellos y les impartió la ordenanza de la Santa Cena para que le recordaran.

Luego se dirigió a un jardín llamado Getsemaní y allí, solo, tomó sobre Sí los pecados del mundo. Caminó “solo [por] el lagar”, y no había nadie con Él6.

Al final del día siguiente, Jesús yacía colgado en una cruz entre dos ladrones comunes, sufriendo una ejecución cruel y humillante. En lugar de adoración, ahora recibía burlas. “Si es el Rey de Israel”, decía la gente, “descienda ahora de la cruz, y creeremos en él”7.

Algunos observadores debieron de haber estado sinceramente confundidos. ¿No era este el mismo hombre que había causado todo aquel alboroto unos días antes? ¿No se suponía que Él sería nuestro Libertador? ¿Cómo nos salvará si ni siquiera puede salvarse a Sí mismo?

Uno de los ladrones que estaba siendo crucificado con Jesús expresó lo que seguramente muchos estaban pensando: “¿No eres tú el Cristo?”, le preguntó. “¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!”8.

Con la ventaja de la perspectiva que da el tiempo, hoy podemos ver con claridad que las personas tenían expectativas erróneas acerca de la verdadera misión de Jesús. Juan observó que, al principio, ni siquiera los discípulos de Jesús comprendieron plenamente.9

Al aceptar la agonía y soportarla hasta el final, Él los estaba salvando, incluso a los que lo crucificaron. Por su propia voluntad y elección, se entregó a Sí mismo como el sacrificio final y completo. Así es el Mesías, y por medio de este sacrificio Él nos salvó, a ustedes y a mí y a todos los que vivirán en esta tierra.

Descender de la cruz y salvarse a Sí mismo habría sido impresionante, y puede haber persuadido a algunos de que Él era más que un ser humano, tal vez incluso el Hijo de Dios.

Pero el hecho de que Él elegió tomar Su cruz, caminar solo por el lagar y llevar el sacrificio final al altar divino para rescatar a todos los hijos de Dios, a pesar de que Él tenía el poder de salvarse a Sí mismo, se ha convertido en el testimonio excelso de que Él es ciertamente el Hijo de Dios. Fue sumiso a la voluntad de Su Padre y se comprometió a cumplir el plan de salvación de Su Padre hasta el último aliento.

Con toda la perspectiva adicional y la abundante revelación que ha iluminado al mundo hasta el día de hoy, podemos entender eso ahora, si estamos dispuestos. ¡Él es el Mesías! Pero, mis queridos jóvenes amigos, ¿cómo habríamos reaccionado en ese momento en Jerusalén o en Galilea?

Tal vez no debamos juzgar demasiado a nuestros semejantes de la antigüedad que estaban genuinamente desconcertados por ese “Mesías inesperado”10.

Cuando las cosas no parecen encajar

¿No hemos experimentado todos una desconexión ocasional entre lo que esperamos en la vida y lo que realmente sucede? ¿No son las sorpresas inesperadas parte de nuestra vida?

El evangelio de Jesucristo es un evangelio de altos ideales. Muchos de nosotros nos sentimos atraídos por el Salvador precisamente porque Él eleva nuestra mirada y nuestras aspiraciones por encima y más allá de todo lo que el mundo tiene para ofrecer.

Creemos, por ejemplo, que ¡cada ser humano es un hijo amado del ser más glorioso del universo! Y debido a ello, ¡cada uno de nosotros tiene un potencial ilimitado y un destino glorioso y divino!

Creemos en “el bendito y feliz estado de aquellos que [están dispuestos a] guarda[r] los mandamientos de Dios”11. Tenemos fe en que la senda del discipulado es la senda del gozo divino, que vivir el Evangelio conduce a una vida feliz y pacífica con fuertes lazos familiares que irán más allá de esta vida hasta las eternidades.

Esos son algunos de los ideales del Evangelio: son hermosos, llenos de esperanza y verdaderos, y soy testigo de ello.

Por lo tanto, no debería sorprendernos que no siempre coincidan con las realidades mundanas y confusas de la vida terrenal.

En un mundo perfecto, todos guardarían siempre los mandamientos de Dios. En un mundo perfecto, todos nos sentiríamos bendecidos y felices, y cada miembro fiel de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días gozaría de un matrimonio y una familia firmes y plenos. Pero la realidad es que algunos de nosotros enfrentamos desafíos muy complejos y desalentadores que hacen que esas bendiciones parezcan casi inalcanzables.

Entonces, ¿qué debemos hacer cuando los ideales hermosos, universales y eternos del Evangelio chocan con las dolorosas realidades individuales y mortales de la vida?

Hay al menos dos cosas que deben recordar:

  • Nunca renuncien a lo ideal.
  • No ignoren lo real.

Acepten ambos.

No es fácil para nuestras mentes y corazones mortales aferrarse a dos conceptos que parecen contradecirse entre sí.

Entonces, para resolver la desconexión en nuestras mentes, podríamos sacar conclusiones rápidamente: “Si estoy sufriendo, debo haber hecho algo mal”. O “Si no veo las bendiciones que esperaba, las promesas no deben ser reales”. O, como se preguntaba el ladrón en la cruz: “Si Él es el Cristo, ¿por qué no pone fin a mi dolor?”

La manera de Dios no es nuestra manera

Pero tal vez haya otra manera de ver las cosas. ¿No dijo el Señor: “Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más [altos] que vuestros pensamientos”12?

No tenemos que ir muy lejos para ver ejemplos de este principio en acción. Hay tantas cosas en la vida que Dios ve de manera diferente a como nosotros las vemos.

Tomemos, por ejemplo, el conocido pasaje del Libro de Mormón: “Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo”13.

Tendemos a pensar en el gozo como la ausencia de tristeza.

¿Y si el gozo no consistiera en la ausencia de tristeza? 

¿Y si el gozo y la tristeza pudieran coexistir? 

¿Y si, en realidad, tuvieran que hacerlo?

Es interesante que la declaración de Lehi sobre el gozo venga acompañada de su observación sobre la caída de Adán y Eva. Parece estar diciendo que su transgresión en el Jardín de Edén, que trajo dolor, muerte, enfermedad y pesar al mundo, también dio lugar al gozo.

En otras palabras, si esperan que la tristeza termine antes de experimentar gozo, podrían perdérselo por completo. ¡Experimentar cierto grado de tristeza puede permitir que su corazón y su mente reciban gozo celestial puro!14

¿Cómo es posible? La respuesta proviene, como sucede con tanta frecuencia, de Jesucristo y del plan de felicidad dado por el Padre15. Según las palabras de Eva, es 

el gozo de nuestra redención, [y] la vida eterna que Dios concede a todos los que son obedientes.
Y Adán y Eva bendijeron el nombre de Dios16.

Ese es el principio.

El profundo gozo que Dios nos ofrece es muy diferente de los placeres superficiales que el mundo promueve. Es la clase de gozo que enseñó el presidente Russell M. Nelson: “¡Podemos sentir gozo aun cuando tengamos un día malo, una semana mala o hasta un año malo!”17

“Él está en el cielo y tú estás en la tierra”

Con eso en mente, volvamos a la crucifixión del Salvador y del ladrón que dijo: “¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!”.

Había otro ladrón que estaba siendo crucificado ese día quien tenía una visión diferente de lo que significaba ser salvo. Esto es lo que le dijo a su compañero ladrón:

¿Ni siquiera temor de Dios tienes, aunque sufres la misma condena?
En nuestro caso, el castigo es justo, pues sufrimos lo que merecen nuestros delitos; este, en cambio, no ha hecho nada malo. 

Luego dijo: Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino18.

Este segundo ladrón estaba sufriendo igual que el primero. Seguramente le hubiera gustado que lo salvaran de su destino en la cruz, pero confió en la sabiduría del Señor y en Su tiempo.

Así que cuando las cosas no encajan perfectamente y no tienen una respuesta clara, antes de concluir que no la hay, sigan este consejo del libro de Eclesiastés:

No te apresures,
ni con la boca ni con el corazón,
a hacer promesas delante de Dios;
Él está en el cielo
y tú estás en la tierra19.

Suban a la montaña, vean las cosas de manera diferente

¿Alguna vez han notado lo diferentes que se ven las cosas desde una elevación más alta? Tal vez hayan tenido la experiencia de hacer senderismo en la montaña Y o en uno de los impresionantes picos que rodean este valle. Cuando llegan a la cima y miran hacia el valle, ¿no es asombroso lo pequeño que se ve todo? Mientras están en el valle, un árbol, un vehículo o un edificio pueden parecer un gran obstáculo, pero desde la cima de la montaña, con una perspectiva más elevada, ya no resultan tan intimidantes.

Dios nos invita a seguir Su camino hacia una perspectiva más elevada y santa. Verán el mundo y sus desafíos con ojos diferentes; verán las cosas en el contexto de toda la creación y el plan de salvación. Obtendrán una visión más completa y global, algo que no es posible cuando uno está inmerso en el problema.

Creo que el estudio de las Escrituras y la oración diaria forman parte de esas excursiones a lugares más elevados y santos donde se comprenden mejor lo ideal y la realidad terrenal.

Mis queridos jóvenes amigos, conéctense con el Padre Celestial a diario, alcen su visión y eleven su perspectiva de la vida y de su situación personal.

Conéctense con su Padre Celestial al orar y meditar Sus palabras. Él es su Padre, y Él desea que ustedes hablen con Él, tal como lo haría cualquier padre amoroso.

La oración personal y el estudio de las Escrituras son maneras perfectas de comunicarse con Él. La oración personal les ayudará a centrar su vida en “lo más importante”20. Por supuesto, el propósito de la oración no es que compartan nueva información con el omnisciente Dios del Universo. Jesús dijo: “vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad antes que vosotros le pidáis”21. Oren con el corazón y la mente. “No uséis vanas repeticiones”22.

Mis queridos amigos, ustedes se hallan en una etapa de su vida en la que hay que tomar decisiones trascendentales en cuanto a formación académica y ocupación, con quién casarse y cuándo empezar a tener una familia. Para todas esas decisiones necesitan las bendiciones del cielo y la guía del Espíritu Santo; está ahí y está disponible. Sigan el patrón que el Señor enseñó a Oliver Cowdery. Primero, “deben estudiarlo en [sus] mente[s]; entonces ha[n] de preguntar[le a Dios] si está bien”23.

Tienen una mente y un corazón, y lo sabrán.

Así que, por favor, pidan a su Padre Celestial bendiciones y guía. Compartan con Él sus esperanzas, sueños y deseos. Pero al hacerlo, asegúrense de que no estén tratando de que Él vea las cosas a su manera. Pídanle que abra sus ojos para ver las cosas a Su manera. Es entonces cuando las respuestas comienzan a fluir y cuando suben a la montaña y comienzan a ver las cosas desde una perspectiva más elevada, incluso desde la perspectiva del Padre Celestial. “Entonces [su] confianza se fortalecerá en la presencia de Dios; y [la luz y la verdad] destilará[n] sobre [su] alma como rocío del cielo”24 en pequeñas gotas, una a la vez, 24/7.

Verán que muchas cosas que parecían muy grandes y abrumadoras son en realidad mucho más pequeñas y ya no tan amenazantes.

Al mismo tiempo descubrirán el significado eterno de ciertas cosas que parecían pequeñas a sus ojos mortales25.

Sus oraciones personales pueden ser simples y sencillas, y deberían serlo, pero deben ser sinceras. Han de ser frecuentes, pero nunca rutinarias.

En nuestras oraciones seguimos el ejemplo que el Salvador nos dio en el Jardín de Getsemaní cuando oró: “Padre, […] no se haga mi voluntad, sino la tuya”26.

Las respuestas a sus oraciones llegarán; de ello testifico. Tal vez no lleguen a su manera, pero sí a la de Él. A veces vienen por medio de un pasaje de las Escrituras, de un sentimiento sagrado o de las palabras de una persona de confianza, pero vendrán.

La oportunidad semanal de participar de la Santa Cena es también uno de esos momentos recurrentes y tranquilos que pueden llevar a un mayor reconocimiento de “los asuntos más importantes” en la vida. ¡Cuán profundamente necesitan este tiempo sagrado en el que renuevan sus convenios y pueden estar tranquilos mientras meditan en el lugar en que se encuentran en su discipulado personal!

El Salvador mismo expresó el carácter sagrado de esta ordenanza cuando dijo a Sus discípulos: “haced esto en memoria de mí”27. Qué bendición es tener un tiempo apartado para renovar su testimonio de que están dispuestos a recordarle siempre y a guardar Sus mandamientos y, a cambio, recibir Su promesa divina de que “siempre puedan tener su Espíritu consigo”28 para guiarlos, ayudarlos y elevarlos.

A medida que dediquen tiempo y espacio intencionalmente a esos momentos tranquilos, pequeños, sencillos, pero profundamente espirituales, descubrirán que el Señor en verdad los conoce. Él conoce sus corazones y sus nombres. Esos momentos pueden ser para ustedes como ese momento santo y apacible de una hermosa mañana de primavera, afuera de un sepulcro vacío, cuando una joven lloraba y el Jesús resucitado la llamó por su nombre. “María”, dijo29.

¿Pueden sentir a Jesús con su voz suave llamándoles por su nombre? Recuerden que el Salvador conoce sus nombres y los ama.

“He aquí, tu Rey viene a ti”

El Domingo de Ramos, la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén atrajo a una multitud. Fue un momento glorioso y emocionante. Pero aún más importante fue lo que Jesús hizo después de entrar en Jerusalén, a pesar de que gran parte de ello se hizo en silencio, en privado, incluso desapercibido para la mayoría de la gente.

Puede que no haya sido lo que la gente esperaba del Mesías. Pero era lo que Dios había prometido. Y era lo que la gente, la humanidad, ustedes y yo, todos necesitábamos. Era el don celestial y el sacrificio expiatorio que toda la humanidad, todos los hijos de Dios, necesitaban.

“He aquí”, dijo el profeta Zacarías, “tu rey viene a ti”30.

Así como Él entró de manera triunfal en Jerusalén, el apacible Cristo entra en la vida de cada uno de ustedes, si lo reciben.

Por lo tanto, durante esta sagrada Semana Santa, los invito a que cada uno se haga personalmente estas preguntas:

  • ¿Le mostraré a Jesucristo que quiero que Él sea mi Rey?
  • ¿Invitaré a Jesucristo a hacer Su entrada triunfal en mi vida?
  • ¿Permitiré que Jesucristo me cambie el corazón, alce mi visión y me enseñe Sus caminos más elevados y santos?

Mis queridos jóvenes amigos, mis queridos condiscípulos de Jesucristo, testifico y doy testimonio del Hijo viviente del Dios viviente, nuestro Salvador y nuestro Redentor, el inesperado Mesías. Han elegido seguirlo. Él es su fortaleza. Él es su salvación. Él es su gozo.

Los bendigo con corazones tan abiertos como las puertas de Jerusalén para recibir con gozo al Mesías, el Salvador, el Rey de reyes. Los bendigo con ojos para ver Su milagroso poder obrar en sus vidas dondequiera que estén. Y como uno de Sus apóstoles, testifico de Su poder, Su amor y Su tierno cuidado por cada uno de ustedes y les dejo mi bendición, en el sagrado nombre de nuestro Maestro, Jesucristo. Amén.

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Notas

  1. Mateo 21:10.
  2. Lucas 19:37–38, New English Translation. (Se utilizó la Nueva Versión Internacional para la traducción al español.) 
  3. Mateo 21:10.
  4. Véase Lucas 19:39–40.
  5. Si Jesús simplemente hubiera levantado un ejército y conquistado Roma, podría ser recordado hoy como uno de los grandes líderes militares del mundo, en la misma categoría que Alejandro Magno o Gengis Kan. Pero Su victoria fue mucho más duradera y eternamente significativa que eso: Él venció el pecado y la muerte y abrió el camino para la vida eterna con nuestro Padre Celestial.
  6. Isaías 63:3.
  7. Mateo 27:42.
  8. Lucas 23:39, Nueva Versión Internacional (NVI).
  9. Véase Juan 12:16.
  10. Elizabeth Pool, The Unexpected Messiah (Nueva York: Ives Washburn, 1961).
  11. Mosíah 2:41.
  12. Isaías 55:9; véase también el versículo 8.
  13. 2 Nefi 2:25.
  14. Véase 2 Nefi 2:11–12, 22–23.
  15. 2 Nefi 2:26.
  16. Moisés 5:11–12.
  17. Russell M. Nelson, “El gozo y la supervivencia espiritual, Liahona, noviembre de 2016.
  18. Lucas 23:40–42, NVI.
  19. Eclesiastés 5:2, NVI.
  20. Mateo 23:23.
  21. Mateo 6:8.
  22. Mateo 6:7.
  23. Doctrina y Convenios 9:8.
  24. Doctrina y Convenios 121:45.
  25. El presidente Thomas S. Monson lo expresó así: “Creo que entre las grandes lecciones que debemos aprender en nuestro corto viaje por la tierra se encuentran las lecciones que nos ayudan a distinguir entre lo que es importante y lo que no lo es” (“Encontrar gozo en el trayecto”, Liahona, noviembre de 2008).
  26. Lucas 22:42.
  27. Lucas 22:19.
  28. Moroni 4:3; Doctrina y Convenios 20:77.
  29. Juan 20:16.
  30. Zacarías 9:9.
Dieter F. Uchtdorf

Dieter F. Uchtdorf era miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días cuando pronunció este discurso el 15 de abril de 2025.