Miembro del Primer Cuórum de los Setenta
Si desean ser felices, sentir el Espíritu Santo y acercarse más al Salvador, entonces practiquen la religión pura.
Tenemos la intención de modificar esta traducción cuando sea necesario. Si tiene sugerencias, por favor envíe un correo a speeches.spa@byu.edu.
Agradezco la oportunidad de dirigirme a este maravilloso alumnado de Brigham Young University. Les traigo el amor del presidente Thomas S. Monson. Él ora por ustedes y espero que ustedes oren por él.
Mi esposa, Mary Anne, y yo vivimos en Guatemala durante cinco años. Mientras estábamos allí, recibimos la visita del élder Richard G. Scott y juntos recorrimos los hermosos países de El Salvador y Panamá. Un viernes por la tarde había un devocional en Panamá programado para las siete de la tarde, y llegamos alrededor de las seis y media.
Al entrar en el edificio y caminar por el pasillo, me asomé a uno de los salones de clases y vi a un jovencito de rodillas orando. Sentí que estaba en tierra santa y cerré la puerta. Luego entramos en la capilla, y poco después el joven entró y se sentó detrás de nosotros. El élder Scott dio un maravilloso devocional, y cuando concluyó, me acerqué al joven. Esta fue nuestra conversación:
“¿Cómo te llamas?”
“Me llamo Carlos Pitti”.
“¿Cuántos años tienes?”
“Tengo trece años”.
“¿Estás aquí con tus padres?”
“No, estoy aquí con mi hermano”.
“¿Por qué estabas orando en el salón?”
“Estaba orando para sentir el Espíritu durante el devocional”.
“¿Lo sentiste?”
Mientras las lágrimas le corrían por las mejillas de sus grandes ojos oscuros, dijo: “Sí, lo sentí”.
Espero y ruego que, al igual que Carlos, ustedes hayan orado para sentir el Espíritu mientras estemos juntos. El Espíritu Santo puede enseñarnos con mayor eficacia si nos hemos preparado, como lo hizo mi amigo Carlos.
Tuve la bendición, al igual que ustedes, de estudiar en Brigham Young University, y a menudo reflexiono sobre el tiempo que pasé aquí como estudiante. Aquí fue donde comencé mis estudios en administración de empresas, lo que me llevó a mi carrera profesional. Aquí tuve la bendición de conocer a maravillosos amigos, compañeros de clase, profesores y líderes de la Iglesia. Aquí ocurrió una de mis mayores bendiciones: conocí a mi amada Mary Anne Jackson. Aquí salimos juntos, nos comprometimos y nos casamos el 5 de junio de 1970, poco después de graduarnos.
Quizás se pregunten por qué no nos casamos antes de graduarnos. La respuesta es que Mary Anne le había prometido a su padre que no se casaría sino hasta después de graduarse. Jacob esperó catorce años por Rebeca y yo esperé dieciocho meses por Mary Anne. Habría esperado catorce años.
Estoy colaborando con alguien para escribir mi historia personal y uno de los capítulos se titulará: «Mira lo que ella hizo conmigo». Lo mejor que he hecho en mi vida es casarme con Mary Anne Jackson. Te amo, Mary Anne.
Hace un par de años, un joven, a quien llamaré John, fue a mi oficina poco después de haber regresado de su misión1. Estudiaba en esta universidad.
“Élder Clarke, necesito ayuda”, me dijo con gran preocupación. “Me encantó mi misión y me cambió; sin embargo, estoy perdiendo algunos de esos sentimientos sagrados y especiales que sentí en el campo misional. Vivo en un apartamento con otros misioneros retornados, pero no oramos ni leemos las escrituras juntos.
“¿Puede ayudarme?”, me pidió.
“¿Qué puedo hacer para sentirme como me sentía en el campo misional?”
He visto que eso ocurre muchas veces. Su pregunta no es exclusiva de los misioneros retornados. Lo que preguntaba era: “¿Qué puedo hacer para ser feliz, sentir el Espíritu Santo y sentirme cerca del Salvador?”
Esa es una pregunta que deberíamos hacernos todos los días.
Aquella tarde en mi oficina, acudimos a Santiago 1:27 y leímos:
La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.
Después leímos Alma 34:28:
Y he aquí, amados hermanos míos, os digo que no penséis que esto es todo; porque si después de haber hecho todas estas cosas, volvéis la espalda al indigente y al desnudo, y no visitáis al enfermo y afligido, y si no dais de vuestros bienes, si los tenéis, a los necesitados, os digo que si no hacéis ninguna de estas cosas, he aquí, vuestra oración es en vano y no os vale nada, y sois como los hipócritas que niegan la fe.
La religión pura incluye cuidar a los pobres y a los necesitados.
Luego repasamos la conocida historia de Juan 21 en la que Pedro y otros discípulos habían ido a pescar y no pescaron nada; pero entonces el Salvador les dijo que movieran la red al otro lado de la embarcación y pescaron ciento cincuenta y tres peces. Cenaron pescado frito. Después Pedro y el Salvador conversaron; el Salvador sabía que estaba instruyendo por última vez a quien pronto sería el profeta y presidente de la Iglesia.
Recuerden la pregunta que hizo el Salvador: “Pedro, ¿me amas?”
Pedro respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te amo” (Juan 21:15).
Entonces el Salvador dijo: “Apacienta mis corderos”.
El Salvador volvió a hacer la misma pregunta dos veces más y luego dio una instrucción un poco diferente: “Apacienta mis ovejas” (versículos 16 y 17).
En realidad, a Pedro se le estaba instruyendo que practicara la religión pura, o que cuidara de las personas. El profeta actual de Dios, al igual que los del pasado, cuida y ama a la gente. El presidente Thomas S. Monson es un gran ejemplo de alguien que practica la religión pura; ha pasado toda su vida amando y velando por las personas.
He visto a muchos misioneros retornados y a otros, como mi amigo John, quien vino a mi oficina ese día. Si les preguntan a los misioneros por qué les gustó tanto su misión, casi siempre dirán que fue a causa del amor que sentían por las personas. El día en que los misioneros comienzan a preocuparse más por los demás que por sí mismos, empiezan a sentirse felices; y lo mismo sucede con todos nosotros. Nuestra vida siempre será más feliz si nos preocupamos por los demás y los amamos.
Lo contrario de preocuparse por otras personas es pensar siempre en uno mismo: mi auto, mis estudios o mi trabajo. Cuando se trata siempre de nosotros, nuestra conexión con el cielo no es tan fuerte como podría serlo.
Aquel día en mi oficina, le dije a John que si practicaba la religión pura, sería feliz y se sentiría como se había sentido en la misión. A continuación, hablamos sobre la religión pura tal como se define en Santiago 1:27, Alma 34:28 y Juan 21.
Les daría el mismo consejo que le di a mi amigo John aquel día: si practican la religión pura, serán felices, sentirán el Espíritu Santo y se acercarán más al Salvador.
De los pasajes de las Escrituras mencionados, aprendemos cinco prácticas clave que pueden ser definidas como religión pura:
1. Visitar a las viudas y cuidar de ellas.
2. Ayudar a los huérfanos.
3. Cuidar de los pobres y de los necesitados.
4. Apacentar Sus corderos.
5. Apacentar Sus ovejas.
Permítanme compartir algunas reflexiones sobre cada uno de estos grupos.
Muchas viudas se quedan en casa todos los días esperando a que alguien las visite o las llame. Si yo fuera obispo en BYU, invitaría a muchas viudas a mi barrio, y llamaría a muchos jóvenes a visitarlas semanalmente. Este llamamiento tendría un significado eterno y un impacto mucho mayor que un llamamiento como repartir himnarios o alguna otra tarea secundaria.
John regresó a BYU y puso en práctica aquello de lo que habíamos hablado. Me envió el siguiente correo electrónico:
Hola, élder Clarke.
¿Cómo está? Espero que todo esté bien. Hace tiempo que no le escribo y quería saber cómo ha ido todo. Me gustaría hacerle saber que sigo pensando en nuestra reunión del pasado enero. El Espíritu me enseñó con gran fuerza los principios de vida de los que hablamos, y ponerlos en práctica ha seguido bendiciendo mi vida. Cada mes he aprendido algo diferente de esa conversación y de nuestras conversaciones posteriores. Visitar a las viudas y a los ancianos ha sido una bendición increíble. He recibido bondad de vuelta con creces. En verdad podría seguir escribiendo hasta llenar esta página con experiencias. Gracias. Es una verdadera bendición tener un gran amigo.
Me gustaría compartir una experiencia en particular que quizás le guste. Hace un par de domingos fui a una residencia de ancianos para leerles historias inspiradoras de la revista Liahona. Éramos alrededor de doce visitantes; comenzamos con una oración y luego empecé a leer a los ancianos. A lo largo de aquella hora, el Espíritu Santo entró gradual y poderosamente, y aquellas sencillas historias de fe se convirtieron en testimonios muy poderosos. Muchas personas sintieron gran amor y apoyo del Salvador cuando el Espíritu testificó de las verdades y los testimonios sencillos.
Me conmovió profundamente poder ser un instrumento del Señor, porque sin duda sentí Su amor por esas dulces personas. Al despedirme, ¡algunos comentaron que querían adoptarme! Nunca supe que era capaz de sentir tanto amor por las personas desconocidas con quienes tenía poco en común, y de recibir tanto amor de parte de ellas; pero sentí el amor del Salvador por ellas, por aquellas buenas almas. Era claro para mí que me encontraría con esas personas que ahora padecían demencia, alzhéimer y dolencias físicas al otro lado del velo; y que vería a sus esposos y esposas, quienes han estado velando por ellos desde el otro lado del velo. Mientras me sentaba con mi abuela, sentía intensamente la presencia de mi abuelo, a quien nunca había conocido, y su espíritu me dio fuerzas y me sostuvo; supe que estaba agradecido por mi simple visita.
¿Quién se imaginaría que encontraría tales tiernas misericordias? Parece tan absurdo volver a casa después de algo como eso y simplemente encender el televisor o desconectarse de alguna otra manera. Me ha cambiado el darme cuenta de que esas tiernas experiencias están disponibles en todos los momentos del día, a medida que, como santos, nos esforzamos por centrar nuestra atención en los demás y ayudarlos de alguna manera.
Al salir de ese cuarto aquel día, todos los ancianos expresaron su deseo de que volviera pronto. Tenían sonrisas radiantes y corazones cálidos, y estaban agradecidos. En el pasillo, las palabras que usted me dijo resonaron en mi corazón: “Ellos harán más por ti de lo que tú jamás podrás hacer por ellos”. ¡Qué bendición es el verdadero servicio!
Justo antes de Navidad me invitaron a una residencia de ancianos, donde yo también tuve la oportunidad de visitar a muchas viudas y sentí lo mismo que John. Ustedes pueden hacer eso también, y el Señor los bendecirá tal como bendijo a John y a mí.
Quizás sea difícil encontrar huérfanos aquí en Provo, pero hay muchos en el mundo. ¿No sería maravilloso si pudiéramos establecer contacto o escribirle a uno de ellos con regularidad? La organización Big Brothers and Big Sisters (Hermanos y Hermanas Mayores) es una forma de conectar con quienes necesitan un mentor.
Cuando nuestro hijo, Nate, regresó de su misión, tenía los mismos sentimientos que mi amigo John. Nate se ofreció como mentor de un niño en el programa Big Brothers, y ese servicio ha cambiado su experiencia universitaria. Nate eligió crear una experiencia que le permitió pensar en alguien más. Ahora que está casado, Nate y su esposa, Carla, una vez más han “adoptado” a través del programa Big Brothers and Big Sisters. Ha sido una gran bendición para ellos en su matrimonio compartir lo que tienen con los necesitados.
Cuando Mary Anne y yo prestamos servicio en la Misión Bolivia Santa Cruz, teníamos un misionero que era huérfano y no tenía familiares. El Señor lo asignó para que fuese el compañero entrenador del élder Hawkins. No creo que fuera el mejor entrenador, pero el élder Hawkins fue el mejor compañero para un muchacho huérfano que se había convertido en uno de los misioneros del Señor. Los padres del élder Hawkins “adoptaron” a ese misionero. Le escribieron durante su misión y han seguido haciéndolo durante los últimos quince años. ¡Este huérfano ha formado parte de la familia del élder Hawkins durante todos estos años! Gracias al élder Hawkins y a su familia, ese joven huérfano ha recibido amor y cuidado. Hoy está felizmente casado, tiene un empleo, y es activo en el evangelio de Jesucristo. ¡Todos podemos ayudar a cambiar a los niños huérfanos!
Al repasar las Escrituras, se nos recuerda constantemente la importancia de ayudar a los pobres y a los necesitados. En nuestra última conferencia general, el discurso del élder Holland se tituló “¿No somos todos mendigos?”. Este discurso es un excelente recordatorio de nuestra responsabilidad de ayudar a los pobres y a los necesitados. Deberíamos repasarlo periódicamente. Una forma de aumentar nuestra ayuda a los pobres y a los necesitados es pagar una ofrenda de ayuno generosa.
Brigham Young dijo:
El primer año que entré en este valle no tenía harina suficiente para que le durara a mi familia hasta la cosecha […] y las personas venían a mi casa todos los días por pan. Un día me sentí afligido [al respecto]; fui al antiguo fuerte y para cuando regresé a casa me encontraba completamente curado. Le dije a mi esposa: “No permitas que ninguna persona venga aquí por comida y se vaya con las manos vacías, pues si lo hacemos, padeceremos antes de la cosecha; pero si das a cada persona que venga, tendremos suficiente para que nos dure” […]
Tengo la intención de seguir haciéndolo, a fin de que el pan no se acabe, pues si no lo hago, nos faltará.
¿Creen ustedes en ese principio? Yo sé que es verdadero, porque lo he puesto a prueba muchas veces. [JD 3:332–33]
La siguiente experiencia fue publicada en un sitio web cristiano por un médico del hospital Hospice of Metro Denver [en Colorado, Estados Unidos]:
Acabo de vivir una de las experiencias más increíbles de mi vida y quería compartirla con mi familia y mis amigos cercanos. Como a las cinco de la tarde hoy, me encontraba atascado en el tráfico de Colorado Boulevard, cuando el auto empezó a ahogarse, a traquetear y a apagarse. Apenas logré llegar rodando… hasta una gasolinera, simplemente agradecido de que no obstruiría el tráfico y de que tendría un lugar cálido para esperar la grúa. El auto ni siquiera arrancaba.
Antes de que pudiera llamar la grúa, vi a una mujer saliendo de la tienda de conveniencia. Creí verla resbalar en el hielo y caer contra un surtidor de gasolina, así que salí del auto para ver si estaba bien. Cuando llegué al lugar donde estaba, parecía más bien sobrecogida por el llanto que por la caída; era una mujer joven que lucía sumamente demacrada y con ojeras. Al ayudarla a ponerse de pie, se le cayó algo y lo recogí para dárselo; era una moneda de cinco centavos.
En ese momento, comencé a comprender la situación: la mujer llorando, el viejo auto Suburban repleto de cosas con tres niños en el asiento trasero (uno en un asiento de seguridad), y el surtidor de gasolina que indicaba $4.95 [dólares estadounidenses]. Le pregunté si estaba bien y si necesitaba ayuda, y simplemente repetía: “No quiero que mis hijos me vean llorar”, así que nos apartamos al otro lado del surtidor. Dijo que manejaba a California y que las cosas eran muy difíciles para ella en ese momento.
Así que le pregunté: “¿Y estabas orando?” Se alejó un poco de mí, pero le aseguré de que no estaba loco y le dije: “Dios te escuchó y me envió a mí”.
Saqué mi tarjeta y la pasé por el lector de tarjeta en el surtidor de gasolina para que ella pudiera llenar por completo el tanque de su auto. Mientras se llenaba, me dirigí al McDonald’s que estaba al lado. Compré dos bolsas grandes de comida, algunas tarjetas de regalo para más comida y un vaso grande de café. Ella dio la comida a los niños en el auto, que lo devoraron como si fueran lobos, y nos paramos al lado del surtidor de gasolina comiendo papas fritas y conversando. Me dijo su nombre y que vivía en Kansas City [Misuri, Estados Unidos].
Su pareja la había abandonado hacía dos meses, y ella no había tenido dinero suficiente para cubrir sus gastos. Sabía que no tendría el dinero para pagar el alquiler el primero de enero y, desesperada, por fin había llamado a sus padres, con quienes no había hablado en más o menos cinco años. Vivían en California y le dijeron que podía ir a vivir con ellos y tratar de empezar una nueva vida allí. Así que ella empacó todo lo que poseía en el auto. Les dijo a los niños que iban a California para la Navidad, pero no les dijo que vivirían allí.
Le di mis guantes y un pequeño abrazo, e hice una oración con ella por su seguridad en la carretera. Mientras caminaba hacia su auto, la mujer preguntó: “¿Es usted un ángel o algo así?”
Eso definitivamente me hizo llorar. Le dije: “Cariño, en esta época del año los ángeles están muy ocupados, así que a veces Dios se vale de gente común y corriente”.
Fue algo increíble ser parte del milagro de otra persona. Y por supuesto, como podrán adivinar, cuando subí a mi auto, arrancó de inmediato y llegué a casa sin ningún problema. Mañana lo llevaré al mecánico para que lo revisen, pero sospecho que no van a encontrar nada malo.
A veces los ángeles vuelan tan cerca que se puede oír el aleteo de sus alas [“Friends Are God’s Way of Taking Care of Us”, lisburn.com/stories/friends_are_gods_way.html].
¿Confía el Señor en nosotros para que seamos la respuesta a la oración de otra persona? ¿Puede contar con que seguiremos las impresiones del Espíritu Santo? Cuanto más seguimos los susurros del Espíritu, más oportunidades nos dará el Señor para que seamos la respuesta a la oración de otra persona.
Hace poco, el presidente Monson se dirigió a las Autoridades Generales y habló de un solo tema: los jóvenes. Los jóvenes enfrentan muchas tentaciones, como ustedes. Los jóvenes corderos necesitan que los cuiden.
Cuando Jesús tuvo Su conversación con Pedro, es interesante que lo primero que le aconsejó fue: «Apacienta mis corderos». El Salvador sabía que si apacentamos los corderos, no tendremos que buscar las ovejas perdidas. Es posible que algunos de nosotros tengamos hermanos o hermanas menores, sobrinos o sobrinas, u otros jóvenes que conozcamos que necesiten ayuda. Ruego que seamos buenos ejemplos para ellos y que encontremos los corderos que necesitan nuestra ayuda.
Me reúno con jóvenes en todo el mundo. Cuando les pregunto quiénes les han ayudado, muchos hablan de personas como ustedes. ¿Saldrán a encontrar y ayudar a un cordero?
Recientemente fuimos a ver la producción Salvador del Mundo en el Centro de Conferencias SUD. Esta representación del nacimiento del Salvador destacó que el Señor eligió a los humildes pastores para compartir el mensaje de que el Salvador había nacido. Los pastores eran fieles y confiables, y el Señor sabía que podía contar con ellos para proclamar ese mensaje importante. ¿Serán ustedes pastores lo suficientemente confiables para cuidar de los corderos y las ovejas, como el Salvador nos lo ha pedido?
Hace tiempo una de nuestras hijas recibió la asignación de dar un discurso el domingo de Navidad. El tema era: “¿Cómo podemos llegar a ser pastores en esta temporada de Navidad?” Permítanme citar de su discurso:
La Nochebuena era lo más especial de la Navidad de los Clarke. Dedicábamos el día a hornear, cocinar, envolver regalos y preparar todo para la velada. Nos abrigábamos con gorros y guantes y nos dirigíamos a God’s Acre, una plaza en el centro del pueblo con una iglesia de distinta denominación en cada una de las cuatro esquinas. La banda del pueblo tocaba villancicos y personas de todas las religiones se reunían a cantar juntas. Todos estaban allí con el mismo propósito: celebrar el nacimiento de nuestro Salvador. Pero la noche apenas comenzaba.
Después de cantar villancicos, volvíamos a casa, donde el banquete que habíamos preparado durante todo el día rápidamente tomaba forma para que todos pudieran disfrutarlo. Un mes antes, mis padres comenzaban a preguntar en el barrio quiénes no tenían a dónde ir en Nochebuena. Todos ellos siempre estaban invitados a nuestra casa para las festividades. Vivíamos en la Costa Este de Estados Unidos, lejos de nuestros parientes, así que mis padres decidieron que seríamos familia para quienes nos rodeaban, y ellos serían familia para nosotros.
Un año cuando mis hermanos mayores estaban en la universidad y regresaban a casa para Navidad, nos planteamos la idea de que quizás esta Nochebuena sería solo para la familia.
Cuando Christie regresó de BYU, le preguntó a mamá: “¿Quién viene para Nochebuena?”
Mi madre mencionó que este año solo nos reuniríamos en familia porque tres de nuestros hermanos se encontraban lejos.
Entonces Christie dijo: “Pero mamá, ¿qué harán nuestros amigos iraníes? ¿Qué harán los Toomey? ¿Y qué hará Rune en Nochebuena?”
Estas personas contaban con nosotros y no podíamos cambiar nuestra tradición. Christie había sentido las maravillosas bendiciones de tener esas ovejas especiales en nuestro hogar para la Navidad, ¡y eso lo significaba todo para ella!
El banquete siempre tenía por lo menos cuarenta invitados. Además de las familias invitadas, mis padres siempre recibían en nuestro hogar a los misioneros de nuestra zona para la Nochebuena. Después de la cena pasábamos a la sala para un devocional navideño.
La noche se centraba en el verdadero significado de la Navidad: celebrar el nacimiento de nuestro Salvador. Mi padre leía la historia de la Navidad según Lucas y luego, uno por uno, cada persona tenía la oportunidad de compartir su testimonio de Jesucristo. Al final de la noche todos recibían un regalo.
En esta historia, la historia de las Nochebuenas de mi niñez, los pastores son mis padres. Abrieron su hogar a aquellos que no tenían a dónde ir. Esas personas eran nuestra familia y así las tratábamos.
Todos hemos recibido la influencia de pastores en nuestras vidas y, a veces, todos hemos sido pastores. Pero en esta temporada navideña espero que todos podamos ser como los pastores de Belén y proclamar el nacimiento de nuestro Salvador, no solamente con nuestras palabras sino también con nuestras acciones, al invitar a todos al rebaño.
La temporada de Navidad acaba de concluir y Bill Toomey estaba en nuestro hogar una vez más. En esta temporada del año solemos practicar la religión pura. Hay una canción de música country llamada “Me gustaría que fuera Navidad todo el año”. ¿No sería maravilloso si pudiéramos conservar ese espíritu especial navideño todo el año?
La pregunta que el Salvador le hizo a Pedro la podría hacer a cada uno de nosotros: «¿Me amas?» Al practicar la religión pura por medio de visitar y cuidar a las viudas, ayudar a los huérfanos, cuidar a los pobres y a los necesitados, y apacentar Sus corderos y ovejas, ¡mostraremos al Salvador que lo amamos! Al hacerlo, seremos felices, sentiremos el Espíritu Santo y nos sentiremos más cerca de Él.
Quiero dejarles mi testimonio, jóvenes amigos, de que al practicar la religión pura establecemos una conexión con el cielo que no se logra de ninguna otra manera. Les testifico que esta es la verdadera Iglesia de Jesucristo sobre la tierra hoy. Sé que Thomas S. Monson es el profeta de Dios. He visto, he escuchado, he sentido y lo sé.
Sé que José Smith vio al Padre y al Hijo. Un día en octubre estaba solo en la Arboleda Sagrada. Nadie más estaba allí, solo yo. Me arrodillé y oré. Sé que el Padre y el Hijo se aparecieron a José Smith, y siento un gran amor por él.
Pero lo que es más sagrado para mí es mi testimonio de Jesucristo. En Alma 7:7 dice que muchas cosas han de venir y luego dice: “Hay una que es más importante que todas las otras”. A continuación habla de la vida, el nacimiento y la expiación de Jesucristo. Testifico que lo más importante de todo es Jesucristo. Lo amo y agradezco que me haya dado la oportunidad de servirle. Ruego que le sigamos a Él y hagamos todo lo que nos pide hacer. Es mi oración, en el nombre de Jesucristo, amén.
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Don R. Clarke era miembro del Primer Cuórum de los Setenta de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días cuando pronunció este devocional el 13 de enero de 2015.