Devocional

Regalos navideños—al estilo Santo de los Últimos Días

Miembro del Primer Cuórum de los Setenta

9 de febrero de 1997

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Cuando el élder F. Enzio Busche estaba intentando hacer una llamada telefónica desde Frankfurt, Alemania, el 5 de diciembre de 1995, accidentalmente presionó el botón equivocado y fue conectado con el élder Dean L. Larsen a las 7:00 de la mañana. El élder Larsen le preguntó cómo iban las cosas. El élder Busche respondió: “Es difícil imaginar lo mucho que estamos aprendiendo de nuestras experiencias en Rusia”. Recientemente había tenido una visita con el presidente de misión de Moscú, que tenía varias ramas bajo su dirección. Había escrito a cada rama para saber qué iban a hacer para celebrar la Navidad. Cada presidente de rama respondió, excepto uno, al cual se le preguntó varias veces sin obtener respuesta. Finalmente, el presidente de misión se comunicó directamente con el presidente de rama sobre el proyecto y se sorprendió al escuchar la respuesta: “¿Qué es la Navidad?”.

Ustedes saben lo que es la Navidad, pero hoy exploremos la festividad de las festividades aún más profundamente.

Nunca he tenido la oportunidad de entregar un regalo adelantado de Navidad a tantas personas en un solo lugar, y espero hacerlo esta mañana. No puedo imaginarme un grupo de jóvenes adultos en todo el mundo más merecedor de un regalo especial de Navidad.

Hace varios años, alguien comenzó a dejarnos regalos anónimamente en la puerta todas las noches durante las dos semanas previas a la Navidad. Cuando encontramos el primer regalo, pedí a nuestros hijos que revisaran alrededor de la entrada para ver si del paquete se había caído alguna tarjeta. No pudieron identificar a la persona que nos había traído el regalo, y lo mismo ocurrió al día siguiente. Al cabo de unos días, nos dimos cuenta de que nuestra familia había sido escogida para la tradición de los doce días de Navidad. Durante casi dos semanas antes de la Navidad de ese año, una maravillosa joven dejó regalos y, de una manera significativa, cambió la vida de nuestros hijos. Se conmovieron tanto por su generosidad y por su deseo de hacer algo tan bueno en secreto que, desde ese momento, cada uno de ellos ha participado en los doce días de Navidad para otras personas. Durante la temporada navideña, recordamos su bondad.

Hoy quisiera dirigir mis palabras centrándome en doce regalos que me gustaría darles; preferiría entregarlos personalmente, pero eso es imposible.  Si reflexionamos sobre ellos y los utilizamos cuidadosamente, nos mantendrán en el camino de la paz y el gozo hoy, mañana y quizás para siempre. ¡Que esta sea su Navidad más feliz!

Primer regalo

Dejen que el evangelio de Jesucristo sea su guía, su filosofía personal y el factor principal que determine su toma de decisiones.

Hace varios años, un hombre a quien conocía desde hacía treinta años me preguntó si podía venir a pasar un tiempo conmigo en mi oficina.

Le dije: “Sí, por supuesto”, y esperé ansiosamente su visita.

Cuando nos sentamos, dijo algo que me sorprendió. Comentó que hace muchos años cuando todavía estábamos en la escuela, había algunos de nosotros que parecíamos tener la vida resuelta. Le pregunté a quiénes se refería, y mencionó a varios de nuestros amigos en común. Cada uno de ellos, aproximadamente a la edad de ustedes, había tomado la decisión de vivir el evangelio de Jesucristo.

El Salvador hizo una declaración interesante que solo Juan registró. Todos estamos familiarizados con las palabras: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). Pero en ese mismo capítulo, unos versículos más adelante, el Señor dijo: “El que me ama, mi palabra guardará” (Juan 14:23). Luego reiteró la promesa más asombrosa que jamás había hecho para alguien como ustedes. Dijo: “Y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada con él” (Juan 14:23). Si el Salvador se mudara a su apartamento o dormitorio, supongo que alteraría un poco su comportamiento diario. Piensen por un momento: ¿podría haber una recompensa mayor que la de estar tan cerca del Padre y del Hijo?

Por cierto, mi amigo ha vivido el Evangelio de manera más plena y sincera que nunca, y hoy lleva una vida realmente extraordinaria porque decidió aceptar el don de Jesucristo en su vida.

Una encantadora dama escribió:

Nunca se sabe cuándo alguien
Podría atrapar un sueño tuyo
Alguna cosita que dices
O alguna cosita que hagas.
Podría abrir las ventanas
De una mente que busca la luz.
La forma en que vives podría no importar,
Pero, nunca se sabe realmente. ¡Podría ser!
[Jenny Jones Fredericks Belliston, “Mensaje de Navidad”, 1997]

Segundo regalo

Seleccionen buenos amigos.

Muchos de ustedes ya tienen como amigos a algunas de las mejores personas que jamás hayan conocido. Ellos los aman, los aprecian, son felices en su compañía y ustedes en la de ellos. Después de sus años universitarios, harán más amigos, por supuesto, pero a medida que los años pasen rápidamente, aprenderán que algunos de sus amigos más cercanos son aquellos hombres y mujeres que ya conocen. Seleccionen a sus amigos casi con el mismo cuidado con el que seleccionan a su compañero eterno, y continúen cultivando su amistad. Elijan amigos de diversos orígenes y culturas, ya que de sus diferencias proviene una gran fortaleza. Al enviar tarjetas de Navidad cada año, mi esposa y yo nos damos cuenta de que algunos de esos maravillosos amigos de la escuela aún siguen siendo pilares de aquellos a quienes amamos.

Los amigos son las dádivas de la vida. Trátenlos como un tesoro preciado.

Tercer regalo

Protejan su nombre y den lo mejor de sí mismos.

Tengo un amigo que conocí en el séptimo grado, llamado George Suvall. Ha sido un entrenador de baloncesto muy exitoso y también un filósofo autodidacta. De vez en cuando lo encuentro caminando cerca de donde vivimos y nos detenemos a charlar. George me contó que su familia vino de Grecia cuando él era muy joven. Al principio, debido a que no hablaban inglés en casa, George no sabía leer ni escribir bien en inglés, y lo mantuvo en secreto. Una maestra perspicaz, interesada en él y al notar que siempre se esforzaba por dar lo mejor de sí, lo rescató. Un día, el padre de George le explicaba la importancia de hacer el mejor esfuerzo posible y le dijo: “Oye, George, si vas a ser alguien, sé el mejor alguien que puedas”. Su padre sabía que, si daba lo mejor de sí, tendría éxito.

Luego su padre le dijo: “Georgie, hay dos cosas que no puedes comprar: tu nombre y tu salud; cuídalos”. Esas pocas palabras le proporcionaron una filosofía personal que George todavía sigue.

Primero: Sean lo mejor que puedan.

Segundo: Protejan su nombre.

Tercero: Cuiden su salud.

Si hay algo que destaca a los hombres y mujeres con los que trabajo, es su dedicación de ir más allá, trabajando a menudo sin descanso durante horas, lo que a veces ni siquiera lo haría alguien 40 años más joven. El respeto que nos ganamos suele surgir cuando se nos confía la responsabilidad de hacer cosas adicionales según sea necesario. Su buen nombre proviene de lo que hagan y de lo que digan.

Cuarto regalo

Vivan una vida haciendo convenios.

¿Están dispuestos a hacer un contrato con Dios? Hablemos de salir en citas, por ejemplo. ¿Qué es salir en una cita? Bueno, interacción social, ir a un partido, asistir a una actividad universitaria, estudiar juntos, ver un video o una película, salir a caminar. Es un momento para hacer convenios con Dios de que nos comportaremos correctamente.

Pero, ¿qué pasa si definimos una cita como una oportunidad para que cada uno de ustedes conozca mejor a alguien, prometiéndose a sí mismos que, al terminar la noche, la persona con la que han estado será una mejor persona que cuando comenzaron la cita? ¿Podrían decir al final de la noche: “Gracias por ser una persona tan amable. Ha sido maravilloso estar contigo esta noche”? O tal vez una cita puede ser un momento para visitar a alguien necesitado. ¿Es posible que las mejores citas sean aquellas en las que elevan, enseñan, ayudan y bendicen a los demás? ¿Piensan que una cita podría ser un momento para hablar del evangelio de Jesucristo en todo su esplendor? ¿Qué tal compartir un pensamiento secreto, un sueño eterno o una esperanza futura? ¿No creen que una cita debería ser una experiencia libre de frustración y culpa? Hagan un convenio con el Señor, prometiéndole que dejarán las circunstancias mejor de como las encontraron.

Quinto regalo

Denle al Salvador la oportunidad de edificarlos para que desarrollen todo su potencial.

El Señor los impulsará al límite si se lo permiten. Jesús dijo: “Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48). Supliquen al Señor que les dé más desafíos. Si estudian veinte horas cada semana, digan: “Señor, quiero más”. Permitan que su ejemplo les dé poder para preguntarse: “Además de lo que estoy haciendo, ¿qué más puedo hacer?”

Las alturas que alcanzaron y mantuvieron los grandes hombres

no se lograron con un vuelo repentino,

sino que ellos, mientras sus compañeros dormían,

Trabajaban ascendiendo en la noche.

[Henry Wadsworth Longfellow, La escalera de San Agustín (1858), st. 10]

El élder Neal A. Maxwell recibió una calificación muy baja al escribir un ensayo de inglés en la escuela secundaria. Se acercó a la señorita Mason y le dijo: “Esto no es justo; este es un buen trabajo y merezco una calificación más alta”.

Ella respondió: “Lo siento, pero califico a los estudiantes por su potencial. Eres capaz de un trabajo mucho mejor”.

El élder Maxwell ha dicho con frecuencia: “Ella cambió mi vida”. ¿Por qué? Porque quería cumplir con sus expectativas. Quería ser lo mejor posible, y debido a eso sigue siendo una de las personas más elocuentes y de pensamiento más claro de la Iglesia.

¿Estamos cumpliendo con lo que el Señor espera de nosotros? Nunca, nunca olviden: ¡Él tiene grandes planes para cada uno de nosotros!

Sexto regalo

Hablen y busquen la verdad.

En Juan 4:23 leemos: “Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque el Padre busca a tales para que le adoren” (cursiva agregada).

El profeta José Smith definió el Evangelio como toda verdad al afirmar: “La verdad es ‘mormonismo’” (Enseñanzas, p. 139).

Juan también afirmó: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).

Séneca escribió: “El tiempo descubre la verdad” (Ensayos morales, “Sobre la ira”, págs. 2, 22).

“¿Qué es la verdad?”, preguntó Pilato, pero ni siquiera se detuvo a esperar una respuesta (Juan 18:38).

Ya sea que sean científicos o no, hagan de la verdad pura un objetivo eterno. Solo cuando sean honestos estarán a salvo.

Séptimo regalo

Procuren retener o recuperar el corazón de un niño, especialmente en la época navideña.

Hacia atrás, vuélvete hacia atrás, oh Tiempo, en tu vuelo,
¡Hazme niña de nuevo solo por esta noche!
[Elizabeth Akers Allen, Rock Me to Sleep (1860), st. 1]

El Daily Mail, un periódico británico, publicó el 21 de diciembre de 1995 un artículo acerca de una niña de seis años llamada Laura Goffin, quien supuestamente era malportada durante los momentos estresantes que muchas familias experimentan al decorar para la Navidad. Con palabras precipitadas, le informaron que Santa no bajaría por la chimenea debido a algo que había hecho para irritar a sus padres.

Laura, con tan solo seis años, tenía un temor persistente: ¿Santa también pasaría por alto a su hermanitos?

Decidió defender la causa de Abigail, de cuatro años, y Alfie, de dos años, en una carta personal para Papá Noel. Escribió: “Querido Santa: no vengas a verme porque he  sido muy traviesa y le dije a mi mamá que no quiero juguetes por Navidad y que ni siquiera quiero la Navidad.

“Por favor, ven a ver a Abigail y a Alfie, pero a mí no. Laura.”

Depositó su carta en el buzón de cartas para Santa, afuera del ayuntamiento en Milford Haven, conmoviendo el corazón de la secretaria del alcalde cuando esta la leyó como parte de sus tareas de la temporada navideña.

La súplica de la carta llevó a la secretaria a buscar y finalmente encontrar a la pequeña que estaba dispuesta a «perderse la diversión festiva» de la Navidad, pero que no quería que ignorara a su hermanito y a su hermanita; una dulce niñita a quien el mundo aún no había manchado.

El alcalde le regaló una muñeca nueva. Sus padres se sorprendieron por la manera en que había reaccionado, a lo que ella dijo: “Siento haber sido traviesa y le prometo a Papá Noel que seré una niña buena de ahora en adelante” (“The Girl Who Told Santa She Was Too Naughty to Be on His List,” DailyMail, 21 de diciembre de 1995, pág. 28).

Permítanme hablarles de otro ejemplo de regalos navideños.

Durante una campana que se realizó para juntar ropa abrigada con el fin de enviarla a los sufridos santos, los élderes Harold B. Lee y Marion G. Rommey llevaron al presidente George Albert Smith al edificio de los Servicios de Bienestar de la Iglesia en Salt Lake City. Ellos estaban impresionados por la generosa reacción de los miembros de la Iglesia a la campana de juntar ropa y en prepararla para mandarla al exterior. Los elderes miraron al presidente Smith mientras el observaba a los trabajadores empaquetar esa enorme cantidad de ropa y zapatos donados y vieron que las lágrimas le corrían por la cara. Luego de unos momentos, el presidente Smith se quitó un sobretodo nuevo que llevaba y, entregándolo, dijo: “Por favor, envíen esto también”.

El élder Lee y el élder Romney le dijeron: 

“No, presidente, no. No debe dar su sobretodo; hace mucho frío y usted lo necesita”.

Pero el presidente Smith se mantuvo firme. [Thomas S. Monson, “El guarda de mi hermano”, Liahona, octubre de 1994; véase también Glen L. Rudd,Religión pura  (Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1995, pág. 248)]

Que seamos como niños, no infantiles (Véase el noveno regalo para entender la diferencia).

Octavo regalo

Busquen el mundo ‘real’.

¿Están buscando el mundo real? De vez en cuando escucho a alguna persona poco considerada criticar nuestro estilo de vida o degradar lo que podemos estar haciendo y decir: “Oye, sé realista; únete al mundo real”. Permítanme decirles que el mundo real es aquel que nuestro profeta, los líderes de la Iglesia y las Escrituras definen. El Presidente Gordon B. Hinckley es quien camina en el mundo real. ¡Qué bendecidos somos de tenerlo!

Hace varios años, cuando salía del Edificio de las Oficinas Generales de la Iglesia uno o dos días antes de Navidad, me encontré caminando junto al élder Bruce R. McConkie. Nos deseamos una feliz Navidad. Conduje a casa y supuse que él había hecho lo mismo. El día después de Navidad sonó el teléfono. Era David Wirthlin, el administrador del Hospital SUD.

Me preguntó: “¿Adivina qué pasó justo antes de Navidad?”

Contesté: “No lo sé”.

“El élder Bruce R. McConkie vino al hospital. Preguntó si podía dar algunas bendiciones. Tras recibir permiso, fue de habitación en habitación colocando sus manos sobre las cabezas de varias docenas de pacientes.”

Ese es el mundo real, ¿verdad?

Noveno regalo

Sean dadores eficaces.

Hay una línea que todos debemos cruzar, una línea que marca el lugar donde un individuo empieza a recibir más placer por dar que por recibir regalos.

Cuando estábamos en el último año de la escuela secundaria, varios de nosotros decidimos hacer de Santa. Nos habían dado el nombre de una madre soltera que tenía tres hijos pequeños. Vivían en un edificio de apartamentos bastante lúgubre, con paredes, escaleras y pasillos sucios. Todo el edificio necesitaba una capa de pintura y una limpieza profunda. Las puertas no cerraban bien.

Juntamos comida, juguetes y ropa. Emocionados, subimos por una escalera desvencijada hasta la puerta con el número que nos habían dado.

Una mujer cansada nos invitó a pasar. No había luces cálidas ni siquiera un árbol que nos diera la bienvenida. Sus hijitos parecían demasiado asustados para hablar. Mientras colocábamos los regalos alrededor de un árbol que habíamos comprado y decorábamos un poco, observamos un televisor grande y bastante nuevo. Pronto se distribuyeron nuestros regalos, indicando que era hora de partir. La pequeña familia dijo muy poco mientras salíamos de aquel lugar oscuro para regresar a casa. Al llegar, mi padre me saludó y me preguntó: “¿Cómo te fue?”

“Bien, papá, pero tenían un televisor grande.” Era una época en la que muchas familias no podían permitirse un televisor grande, ni siquiera uno pequeño.

Mi padre dijo algo como: “¿Y eso qué tiene que ver con el asunto?”

Tartamudeé: “Bueno, ¿por qué la señora no compró juguetes, adornos y comida de Navidad para su familia en lugar del televisor grande?”.

“Tal vez eso es lo único que tienen en la vida que los hace felices”, dijo papá.

Me di cuenta de que lo que había dicho era verdad. Habíamos observado lo poco que tenían. De repente, toda mi actitud inmadura cambió. Habíamos bendecido a cuatro personas y eso era todo lo que importaba. Nunca somos los mismos después de una experiencia como esa. Algo de mi propia mezquindad se evaporó esa noche cuando comprendí lo mucho que habíamos disfrutado dando esos regalos.

El presidente Howard W. Hunter dijo:

Miremos hacia atrás por un momento a nuestra niñez y analicemos aquello que nos daba la mayor felicidad cuando éramos niños. Estoy inclinado a creer que las cosas que más disfrutábamos y que nos daban la mayor alegría eran aquellas que nos eran dadas. Cuando nuestros padres se iban y luego regresaban, siempre esperábamos que nos trajeran algún pequeño recuerdo. Esperábamos con ansias la Navidad por las cosas que íbamos a recibir. Toda nuestra vida giraba en torno a recibir. En aquel tiempo no comprendíamos la otra cara de dar. En algún momento durante nuestro progreso a través de esta vida, llegamos al punto en que de repente nos dimos cuenta de que no es recibir lo que nos trae verdadera felicidad. Para algunos, esto ocurre temprano en la vida; para otros, llega más tarde; y estoy inclinado a creer que hay algunos que nunca tienen este despertar durante la jornada de sus vidas. Se pierden uno de los grandes principios que nos trae felicidad. [Howard W. Hunter, Giving: A Gift That Money Can’t Buy, Brigham Young University Speeches of the Year (Provo, 26 de abril de 1961), pág. 2]

Sí, ojalá todos podamos dejar atrás todos esos años de la infancia en los que nuestros pensamientos se centran más en nosotros mismos de lo que deberían. Victor Herbert captó esa verdad cuando escribió:

País de juguetes, país de juguetes,
tierra de niñas y niños,
mientras moras en ella
siempre serás feliz.
Tierra mágica y llena de alegría,
¡místico y alegre país de juguetes!
Una vez que crucen sus fronteras,
nunca podrán volver otra vez.
[“Toyland”, letra de Glen MacDonough y música de Victor Herbert, Ardee Music Publishing, Inc., 1981]

Décimo regalo

Bendigan a los demás con sus manos.

Miren sus manos. ¿Están ocupadas levantando las cargas de los demás? ¿Las usan para saludar con alegría al dar la mano a otra persona? Los votos matrimoniales se hacen tomados de la mano. ¿Recibirán el diploma de esta institución con la mano extendida? Las manos bendicen cuando se colocan sobre la cabeza de otra persona. Con nuestras manos escribimos un proyecto final, pintamos un cuadro, tocamos el piano o saludamos a un amigo para despedirnos. ¿Y qué hay de las manos de sus profesores, mientras escriben en la pizarra o les ayudan a utilizar un tubo de ensayo, una computadora o un instrumento de medición científica de manera más efectiva?

Las manos simbolizan muchas cosas. ¿A quién aplauden sus manos? ¿Cómo las usan? ¿Envolviendo un regalo? ¿Ayudando a un amigo con un problema matemático complejo? Cada uno de ustedes está aprendiendo a ser más autosuficiente y diestros en las actividades de la vida. Sin embargo, cada uno de nosotros necesita una mano que nos levante en algún momento de nuestra vida. Una pareja que se enamora mientras se toma de la mano dice: “Es a ti a quien amo”. Esas mismas manos podrían estar diciendo: “Te protegeré. Me esforzaré por ser un buen siervo del Maestro. Jugaré con un niño, ayudaré a un colega a mudarse, o contribuiré a que ocurra una feliz Navidad mientras compartimos estas palabras navideñas”.

El presidente Gordon B. Hinckley contó una historia de una Navidad pionera de la que se había enterado. Citó un relato que había leído en el que el autor escribió:

Recuerdo la Navidad de 1862. Todos los niños colgamos nuestras medias. Nos levantamos temprano por la mañana para ver qué había traído Santa pero no había nada en ellas. Nuestra madre lloró amargamente. Fue a su caja, tomó una pequeña manzana, la cortó en pedacitos y esa fue nuestra Navidad, pero nunca he olvidado hasta el día de hoy cuánto amé sus queridas manitas mientras cortaba esa manzana. [Hannah Daphne Smith Dalton, citado por Gordon B. Hinckley, CR, abril de 1959, p. 119]

Por cierto, este año el presidente Gordon B. Hinckley visitó 20 países y realizó 137 asignaciones para dar discursos, con una asistencia de 731.671 personas (información proporcionada por la Oficina de la Primera Presidencia, 6 de diciembre de 1997). Esto no incluye la conferencia general ni los muchos otros compromisos a los que asiste, ya que representa al Salvador y a cada uno de nosotros.

Undécimo regalo

Ofrezcan el regalo de la generosidad.

El grado en que compartimos con los demás refleja el grado en que los amamos, combinado con grandes dosis de altruismo. La generosidad, en parte, simboliza nuestro nivel de madurez.

En los cumpleaños de nuestros hijos y nietos, mi esposa y yo distribuimos un dólar por cada año que han vivido. Yo tengo 63 años. Una nieta de ocho años estaba preocupada porque yo acababa de enviarle ocho dólares por su cumpleaños, pero ella no podía permitirse enviarme 63 billetes de un dólar por el mío.

Finalmente encontró una solución a su frustración. Le dijo a nuestra hija, Annette: “Mamá, ya sé cómo puedo hacer por el abuelo lo que él hace por nosotros. Le enviaré un dólar por cada diez años que ha vivido. Son seis dólares y otros tres por el tres de sesenta y tres”. Me devolvió los ocho dólares de su cumpleaños, más uno extra, sin importarle haber perdido un dólar en la transacción.

Desde hace algunos años, una jovencita, Kathy Conwell, coleccionaba ángeles para colocarlos en un árbol de Navidad especial que tenía en casa. Kathy era una joven encantadora, una estudiante universitaria que se enteró de que tenía una forma muy violenta y agresiva de cáncer. Le dijeron que no viviría mucho tiempo, pero que la ciencia médica haría todo lo posible por ayudarla, y también recibió varias bendiciones. Su colección finalmente creció a 156 ángeles, que cubrían un árbol de seis pies con luces y estas decoraciones especiales. Kathy y su madre, Joy Conwell, iban a ventas de garaje, a ventas después de Navidad y a cualquier lugar donde hubiera angelitos. Cuando falleció prematuramente en octubre de 1996, le pidió a su madre que distribuyera esos ángeles entre sus amigos. Tuve la bendición de recibir uno de ellos. Lo he mantenido en mi oficina por más de 400 días. Ahora ella misma es un ángel y su generosidad continúa bendiciendonos a todos.

Duodécimo regalo

Comprendan la suprema Navidad.

Las Escrituras nos recuerdan:

Y aconteció en aquellos días que salió un edicto de parte de Augusto César, que toda la tierra fuese empadronada.

Este primer empadronamiento se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria.

E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad.

Entonces subió José de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén,…

para ser empadronado con María, su mujer, desposada con él, la que estaba encinta.

Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días en que ella había de dar a luz.

Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón. [Lucas 2:1-7]

Había nacido la persona más grandiosa que jamás hubiera vivido en este planeta.

¿Qué le puedo dar, 

pobre como soy?

Si fuera un pastor 

le daría un cordero.

Si fuera uno de los reyes magos
haría mi parte,

Pero ¿qué puedo darle?
Le puedo dar mi corazón.
[Christina Georgina Rossetti, “Un cuento de Navidad”, también llamado “Pleno invierno”]

Lo cual nos lleva a ustedes y a los regalos que pueden ofrecerle a Jesús. Christina Rossetti escribió esencialmente: “Le entrego mi corazón”. ¿Qué significa eso, entregarle el corazón?

Santiago, medio hermano del Señor (véase Gálatas 1:19), escribió reflexivamente: “Toda buena dádiva y todo don perfecto [la Expiación] viene de lo alto, y desciende del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sombra de variación” (Santiago 1:17). Siendo esto cierto, debemos ayudar a los demás a comprender el verdadero significado de la Expiación y de la Navidad, que es Cristo.

Piensen en la influencia que ustedes, como estudiantes, pueden tener en sus padres, hermanos, amigos y familiares al ayudarlos a pensar en Jesús incluso más en este año. Quizás lo hayan hecho en ocasiones anteriores; y sé que si lo hacen, nunca olvidarán esta Navidad.

Hace un tiempo leí acerca de una encuesta realizada a más de 6.000 adolescentes (no miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días) referente a sus sentimientos sobre de las Escrituras. Solo el 14 por ciento dijo que consideraba que leer las Escrituras era “muy importante”, y a lo mejor eso sería cierto para algunos de nosotros.

Cuando se les preguntó a los estudiantes acerca de la importancia que le daban a una variedad de actividades, desde su relación con Dios hasta ayudar a los demás, la lectura de la Biblia ocupó el lugar más bajo.

Sin duda, ¡la Navidad es el mejor momento para leer las Escrituras! Piensen cómo las circunstancias que rodearon el nacimiento del niño Jesús cobran vida cuando leemos Lucas, quien había aprendido tanto de María porque escribió las cosas que solo ella pudo haberle dicho. Luego incluyan junto a esos hermosos versículos los que se encuentran en 3 Nefi 12 y secciones cercanas del Libro de Mormón. Les agregará un toque mágico a su Navidad este año ¡y eso es una promesa!

De ello se deduce que ustedes introducen un espíritu sagrado en todo lo que sucede.

Los comerciantes han invadido la mente de la mayoría de las personas, ignorando las características “sagradas” de la festividad navideña. El mercantilismo lo ha convertido en un día de fiestas, tonterías y fútbol en lugar de amigos, familia, fe y seguir a Jesús.

Afortunadamente, existen excepciones que todos ustedes conocen. Pero ahora, permítanme llevarlos y trasladarlos al lugar donde se encuentren el día de Navidad. Si responden con entusiasmo y amabilidad, expresando su amor por el Salvador, por sus familiares y por las personas con las que se relacionan, esta Navidad será la mejor de todas. ¿No es ese el espíritu de la Navidad?

Tal vez Johnny Hart, el gran caricaturista cristiano, lo dijo tan bien como cualquiera. Escribió un poema navideño que apareció en su tira cómica B.C.  hace cuatro años. Decía:

Sigue la estrella
y verás,

su regalo de gracia
para ti y para mí.

Sigue la estrella
que siguió a la juventud,

que nos dio amor
y nos enseñó la verdad.

Sigue la estrella
que sigue al hombre

Que nos lleva
a donde ningún otro puede,

A donde están 

nuestras esperanzas y tesoros.

Sigue, oh sigue la estrella.
[Johnny Hart, B.C., 26 de diciembre de 1993]

Sí, el regalo supremo de Navidad es Jesús. Un Padre amoroso lo dejó colgar en la cruz, incluso después de haber clamado: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46).

¿Por qué tenía que sufrir Jesús? Porque el Padre nos ama tanto que tenemos el más grande de los dones, purificándonos mediante Su Expiación. Damos gracias a un amoroso Padre Celestial, quien proporcionó a Su Hijo Primogénito para darnos ejemplos de cómo vivir y en qué creer. Decídanse a entregarse a Él como su don supremo. Y si lo hacen, el próximo año y todos los años venideros se vivirán en armonía con lo que nuestro Padre y Jesús esperan que lleguen a ser. Testifico estas verdades en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Regalos navideños—al estilo Santo de los Últimos Días

Hugh W. Pinnock era miembro del Primer Cuórum de los Setenta de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días cuando pronunció este discurso en BYU el 9 de febrero de 1997.