Es menester que haya un Cristo Kyle S. McKay 3 de enero de 2025 https://speeches.byu.edu/spa/talks/kyle-s-mckay/es-menester-que-haya-un-cristo/ --- Tenemos la intención de modificar la traducción cuando sea necesario. Si tiene alguna sugerencia, escríbanos a speeches.spa@byu.edu Jennifer y yo nos sentimos llenos de gozo y gratitud por estar aquí con ustedes hoy. En el otoño de 1978 ambos éramos estudiantes de primer año en BYU y asistíamos al mismo barrio. Nunca nos hablábamos, pero sabíamos del otro. Cinco años después de que ambos hubiéramos servido misiones, finalmente nos conocimos mejor y empezamos a salir. Treinta y siete años después de eso, es lindo tener otra cita aquí en este edificio. Admitimos que la vida universitaria puede ser muy divertida, aunque no siempre lo es. Hace unas semanas, nuestra nieta de tres años estaba lamentándose, quejándose e incluso llorando. Jennifer se inclinó y preguntó: “Katherine, ¿qué sucede? ¿Por qué lloras?” La pequeña Katherine, con sus grandes ojos marrones, elevó la mirada y con voz temblorosa dijo: “Ay abuela, no quiero irme a la universidad”. Quizás haya algunos de ustedes que se sientan de esta forma ahora. Quiero que sepan que hay una niña de tres años allí afuera que siente su dolor. Es mi oración hoy que el Espíritu, quien ha dirigido y asistido mi preparación, pueda magnificar este importante mensaje en sus corazones. La doctrina de Cristo Cerca del final de su ministerio, Nefi declaró, de manera urgente, “debo hablar acerca de la doctrina de Cristo”1. Luego escribió sobre la fe, el arrepentimiento, el bautismo, el don del Espíritu Santo y perseverar hasta el fin, principios y ordenanzas que identificó como la doctrina de Cristo. Hoy, siento que debo hablar acerca de la doctrina de Cristo. Al hacerlo, sin embargo, hablo de una doctrina aún más fundamental que los principios y ordenanzas identificados por Nefi como la doctrina de Cristo. Hablo de la creencia central y de la doctrina simple de que es menester que haya un Cristo. A esto me refiero hoy cuando uso la expresión “doctrina de Cristo”. Naturalmente, si debe haber un Cristo, entonces Su identidad es tan importante como su existencia. En las escrituras, leemos cómo la doctrina de Cristo se ha discutido, debatido y defendido a través de los años2. Me parece interesante que las personas entre las cuales estuvo Jesús durante su ministerio terrenal no hayan rechazado la doctrina de Cristo. Ellos creían en un Mesías y en un Libertador. No eran anti-Cristo; eran anti-Jesús. Por contraste, los antagonistas en la tierra de la época del Libro de Mormón no estaban necesariamente en contra de Jesús como persona. Rara vez tocaban el tema de Su identidad. En cambio, rechazaban la idea misma de un Cristo. No reconocían la necesidad de un Mesías o un Redentor. Eran anti-Cristo. Las sofisticaciones seculares de nuestros días parecen asemejarse más a aquellas encontradas en el Libro de Mormón. De hecho, el Libro de Mormón es tanto un testamento como un símbolo.  Como saben, muchas naciones en la tierra han comenzado a identificarse a sí mismas como “poscristianas”. En este país, parece que aquellos que hacen tal declaración o impulsan algún movimiento similar son los mismos que afirman que este país no fue establecido sobre valores cristianos o judeocristianos. Estos defensores anticristianos no están mirando más allá de la marca, como lo hicieron los judíos bíblicos; más bien, están buscando borrar la marca por completo, tachándola por medio de reglas y revisiones, “procurando también destruir todo poder y autoridad que viene de Dios”3, tal como lo hicieron los nefitas en la víspera de su destrucción. Podrán haber observado, tal como yo lo hice, lo complicado de argumentar simultáneamente que este país no fue fundado sobre valores cristianos y que, 250 años más tarde, la misma nación es ahora “poscristiana”. Los argumentos en contra de la doctrina de Cristo a menudo no tienen lógica4, pero muchos son casi siempre atractivos y encantadores. En diciembre de 2017, el Elder D. Todd Christofferson dio un mensaje de Navidad en este lugar. Se los recomiendo, particularmente aquellos extractos que se publicaron en la Liahona de diciembre de 2020 bajo el título “Por qué necesitamos a Jesucristo”5. Añado al mensaje del Elder Christofferson mi propio testimonio y observaciones mientras que intento explorar y responder lo que Amulek llamó “el gran interrogante”: si “ha de haber [un] Cristo”6. “Sin un Cristo” En el clásico navideño de 1946 de Frank Capra, “¡Qué bello es vivir!”, se le mostró a George Bailey cómo habría sido el mundo sin él. Para George, este ejercicio fue conmovedor y convincente, aunque un poco aterrador. Por unos momentos, puede ser útil para ustedes y para mí considerar la siguiente hipótesis aterradora: ¿Qué pasaría si no hubiera un Cristo? 7 Agradezco la respuesta sencilla del Elder Christofferson a esa pregunta, quién dijo: “Pues, para empezar…tenemos el problemita de la muerte”8. De hecho, sin un Cristo, no hay resurrección. Y si no hay resurrección, la muerte es el final o, en otras palabras, la muerte no tiene fin. Aquellos que rechazan la doctrina de un Cristo abrazan la idea de la extinción, el destino de la muerte eterna. Cualquiera que haya tomado una clase de publicidad en este edificio puede confirmar que la muerte eterna no es un atractivo comercial particularmente fuerte para ningún producto. Por lo tanto, el argumento de venta secularista y anticristiano se ve obligado a enfocarse en lo inmediato y casi siempre es una variación de “comed, bebed y divertíos” porque este es el final 9. Las buenas nuevas del evangelio son que nuestro potencial es mayor, más profundo y más pleno que simplemente vivir la vida de un anuncio de cerveza. Nuestra vida es para siempre y la resurrección es real porque si hay un Cristo. Sin un Cristo, no hay cura para nuestras aflicciones, ni alivio para nuestro dolor, ni esperanza de recibir liberación. Es posible que, reflexivamente, se sientan inclinados a decir lo que tantos han dicho durante tantos años: “El tiempo cura todas las heridas”. ¡No, eso no es cierto! El tiempo no cura nada. Jesús, con el tiempo y gradualmente, sana todas las heridas. Él gentilmente concede victorias provisionales y definitivas sobre el sufrimiento y la muerte, incluso a aquellos que no creen en una resurrección o que no reconocen Su mano en su sanación. Isaías comparó a esas personas con una vara: “¡Como si levantase la vara al que no es leño!”10. Recuerden esta gran clave: la fe en Jesucristo acelera y magnifica toda sanación. Él tomó sobre sí todas nuestras debilidades11 para poder venir a nosotros “con sanidad en sus alas”12. Sin un Cristo, no hay sanación, no hay liberación del sufrimiento, no importa cuánto tiempo pase. Sin un Cristo, no podemos cambiar, ni tampoco hay elección. Piénsenlo. Las revelaciones nos enseñan que Lucifer pretendió, y todavía pretende, “destruir el albedrío del hombre”13. Es una tremenda ironía que Lucifer y los que estaban de su lado consiguieron aquello por lo que lucharon. Perdieron su albedrío. Son eternamente incapaces de elegir la felicidad, la libertad y la vida eterna. En cambio, permanecen miserables para siempre, cautivos para siempre, muertos para siempre en cuanto a las cosas que conciernen a la rectitud. Sin un Cristo, ese también es nuestro destino. Jacob enseñó: “nuestros espíritus tendrían que estar sujetos a [el diablo y]… habrían llegado a ser como él”14, incapaces para siempre de elegir, incapaces para siempre de cambiar. Qué alivio es saber que hay un Cristo y que mediante Su expiación se ha preservado nuestro albedrío, incluida nuestra capacidad de elegir arrepentirnos y de cambiar permanentemente para mejor por medio de Él. En un asunto relacionado, sin un Cristo, ningún mal puede deshacerse. Los males que hemos cometido y sus efectos permanecerían para siempre. Los males cometidos contra nosotros y sus efectos permanecerían para siempre. Los abusos y las injusticias de esta vida se perpetuarían para siempre sin control, nunca se remediarían. ¿Quiénes de ustedes han descubierto cómo no decir las palabras desagradables que ya han dicho? Pueden disculparse por decirlas, pero no pueden deshacer el hecho de que se dijeron. Pueden devolver un artículo robado, pero no pueden deshacer el hecho de que fue robado. Algunos, sin querer, han causado lesiones o la muerte a otro, tal vez incluso a un niño. ¿Alguien ha descubierto cómo deshacer eso? A todos nos han herido o agraviado. No nos lo merecíamos. Algunos de nosotros hemos perdido a un ser querido prematuramente por la negligencia o imprudencia de otro. Eso es tan injusto y no se puede deshacer mediante la monetización de nuestro dolor en un tribunal de justicia. Además, en el simple proceso de vivir la vida, es probable que experimentemos dolores y lesiones paralizantes, condiciones debilitantes y enfermedades inmerecidas de la mente y el cuerpo. Todo esto persiste para siempre sin un Cristo. El élder John A. Widtsoe enseñó: “La ‘caída de Adán’ había hecho posible la experiencia terrenal, pero era necesario otro acto… Alguien debe eliminar los efectos de la caída ”15. Sólo un Cristo, un Mesías y un Libertador, podía deshacer los efectos de la Caída de Adán y Eva. Solo un Cristo puede revertir los efectos de la caída en ustedes y en mí. Se nos enseña que para aquellos que no se arrepienten, es como si no se hubiera hecho ninguna redención16. Consideren lo contrario. Para aquellos que se arrepienten, verdaderamente, es como si no se hubiera cometido ningún pecado. “Yo, el Señor, no los recuerdo más” 17, no porque tenga algún poder piadoso para olvidar, sino porque simplemente no hay nada que recordar. En Su mundo, el mundo eterno, esos pecados ya no existen, sus efectos se anulan, la acción se ha deshecho. El presidente Boyd K. Packer enseñó: “La expiación [de Jesucristo] no deja huellas ni marcas. Lo que arregla, queda arreglado. . . y lo que sana, permanece sanado”18. Por medio de la ternura de Su misericordia, somos librados de las justas consecuencias que de otro modo mereceríamos a causa de nuestros pecados. Pero ¿qué pasa con los males y las injusticias que se nos han impuesto y que no merecemos? ¿Qué hacemos con ellas? En esto, Su justicia es tan tierna como Su misericordia, y se une en perfecta unión y cooperación con la misericordia para nuestro bien y alegría. Con el profeta Jacob, los invito a “Prepara[r] vuestras almas para ese día glorioso en que se administrará justicia al justo”19. En ese día, todo mal será enmendado, toda injusticia se deshará, tal vez como si nunca hubiese sucedido. Pero recuerden, sin un Cristo, no hay tiernas misericordias, ni tierna justicia: sólo justicia fríamente calculada e inflexible para nuestros pecados y la fría injusticia arbitraria de un mundo caído. Si no hay Cristo. Es menester que haya un Cristo Quizás deseen considerar, por su cuenta, otras cosas o condiciones que existirían o no si no hubiera Cristo: la creación del mundo20, por ejemplo. Pero por ahora, vayamos más allá de esta hipótesis y regresemos a la gozosa realidad de que hay y es menester que haya un Cristo, y Jesús es ese Cristo. Para reforzar su creencia de que debe haber un Cristo y unir sus almas a Jesús, quien es el Cristo, los invito a leer nuevamente el discurso final del rey Benjamín y los eventos que lo rodearon, como se registra en Mosíah 1–6. Observen cómo el rey Benjamín enseñó la doctrina de Cristo al establecer con brutal franqueza la desesperada necesidad que tenía la gente de ser salva. Esta necesidad surgió debido a su condición (eran improductivos, menos que el polvo de la tierra y enemigos naturales de Dios) y su conducta (tenían pecados, incluidos pensamientos, palabras y obras impropias)21. Habiendo establecido así que debe haber un Cristo, el rey Benjamín les presentó a Jesús, quien es el Cristo: Y he aquí, sufrirá tentaciones y dolores en el cuerpo, hambre, sed y fatiga, aún más de lo que el hombre puede sufrir sin morir… Y se llamará Jesucristo, el Hijo de Dios…  Y he aquí, él viene … para que la salvación llegue a los hijos de los hombres, mediante la fe en su nombre22. Lean esos capítulos. Son una disertación sobre la doctrina de Cristo. Al leerlos con una mente abierta y un corazón receptivo, el Espíritu les ayudará a recordar que nuestro potencial va más allá de nuestra capacidad actual. No podemos lograrlo en nuestra condición actual y no podemos lograrlo por nuestra cuenta. Necesitamos ayuda. Necesitamos quién nos ayude. Necesitamos a Jesús, que es nuestro ayudador23. Esta necesidad de ayuda, y especialmente el reconocimiento de que necesitamos ayuda, es el comienzo de la comprensión de la doctrina de Cristo y el comienzo de la fe en el Señor Jesucristo.  Si la fe es el primer principio del evangelio, entonces la humildad puede ser el atributo principal de los fieles. Solo los humildes reconocen su estado frágil y caído: su necesidad de recibir ayuda, su necesidad de tener un Salvador. La humildad es precursora y magnificadora de la fe. Les animo a vivir siempre humilde. A medida que van procurando aumentar su comprensión de la doctrina de Cristo y su fe en el Señor Jesucristo, les recuerdo dos cosas que Alma enseñó acerca de este proceso. Primero, recuerden que comparó la palabra con una semilla y nos invitó a “[dar] lugar para que sea sembrada una semilla en [nuestro] corazón”24. La fe no es la semilla. La palabra es la semilla. La fe es lo que nutre la palabra o la semilla. Entonces, ¿cuál es la palabra que estamos invitados a plantar en nuestros corazones? Es la doctrina de Cristo. Alma explicó: Si fuerais sanados con tan solo mirar para quedar sanos, ¿no miraríais inmediatamente?… …mirad y empezad a creer en el Hijo de Dios, que vendrá para redimir a los de su pueblo, y que padecerá y morirá para expiar los pecados de ellos; y que se levantará de entre los muertos, lo cual efectuará la resurrección. Y ahora bien, hermanos míos, quisiera que plantaseis esta palabra en vuestros corazones, y al empezar a hincharse, nutridla con vuestra fe25. Lo segundo que debemos recordar es algo que dijo Alma al establecer los parámetros de este experimento sobre la palabra. Nos invitó a “[ejercitar] un poco de fe, sí, aunque no sea más que un deseo de creer”26. La forma en que esto está escrito, y especialmente la forma en que se lee a menudo, puede parecer que un deseo de creer no es el punto de partida preferido, sino una especie de posición de último recurso: «Si eso es lo mejor que pueden hacer, bueno, entonces empiecen por ahí, supongo». Por favor, escuchen y comprendan. El deseo de creer es absolutamente fundamental. En definitiva, marca la diferencia entre quienes llegan a “[conocer] . . . al único Dios verdadero, y Jesucristo, a quien [Él] ha enviado”27 y aquellos que ignoran la evidencia, distorsionan los hechos, rechazan la verdad y “huellan bajo sus pies” al Santo de Israel porque “no dan oídos a la voz de sus consejos”28, ya sea su propia voz o la voz de sus siervos29. Ustedes nunca creerán lo que no quieran creer. Por favor, protejan y guarden su precioso, a veces frágil, deseo de creer. Jesús es el Cristo Hace unos años, la hija de dos años de unos amigos se subió desapercibidamente a su pequeña piscina infantil, perdió el equilibrio y se ahogó en silencio. No necesito decirles (no puedo decirles, es imposible para mí decirles) el dolor, la conmoción y la angustia que experimentó la familia por el fallecimiento de su pequeña. Sin un Cristo, esa familia nunca se recupera de esto. Su niña permanece muerta. No hay resurrección, no hay esperanza de un reencuentro. Pero hay un Cristo, hay una resurrección y habrá un dulce reencuentro. Esa niña sigue viva. Sigue siendo una influencia en su familia y no solo a través de los recuerdos. Si vieran a esa familia hoy, se maravillarían de cómo “el aguijón de la muerte es consumido en [Jesucristo]”30. No hace mucho, me senté en el Templo de Draper observando el sellamiento de una hermosa joven pareja. Me maravillé porque tenía algún conocimiento del oscuro pasado del novio. No sabía todo en lo que había estado involucrado; solo sabía que había estado involucrado en, bueno, en casi todo. Había caído lejos y muy profundo. Sin un Cristo, ese joven no cambia; ese joven no puede cambiar. Sin embargo, allí estaba en la sala de sellamiento, y había cambiado. Busqué su rostro, tratando de detectar algún rastro de su oscuro pasado, pero no había ninguno. En cambio, su rostro brillaba con luz, amor, esperanza y alegría. ¿Por qué? Porque hay un Cristo, y Su expiación no deja huellas ni rastros. No importa que tan lejana o profunda sea su caída, Jesús ha descendido aún más lejos y más profundo. Durante Su descenso, se familiarizó con su dolor y fue herido por sus iniquidades 31. Él hizo esto voluntariamente para poder llevarles de regreso a casa donde pertenecen. Su promesa es segura: “Puedo haceros santos”32, sin mancha. En un conmovedor intercambio registrado en el libro de Mateo, Pedro tuvo la oportunidad de testificar de Jesús ante Jesús, una oportunidad que probablemente cada uno de nosotros tendrá algún día. En respuesta a la pregunta de Jesús, “¿Quién decís que soy yo?” Pedro testificó: “¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente!”33. Jesús respondió diciendo: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”34. Hagamos una pausa y consideremos eso. Piensen en todas las cosas que Pedro vio o experimentó con Jesús en la carne. Vio sanar a los enfermos y limpiar a los leprosos. En la carne, Pedro vio caminar a los cojos, hablar a los mudos, oír a los sordos, ver a los ciegos y revivir a los muertos. Ayudó a Jesús a alimentar a multitudes y caminó sobre el agua con Jesús. Todo esto y mucho más fue lo que Pedro vio o experimentó en la carne. Pero Jesús le dijo, en esencia: “Pedro, no es por eso que lo sabes; no es así como sabes que soy el Cristo. Sabes que soy el Cristo por el espíritu de revelación. El Espíritu Santo confirma en tu mente y en tu corazón que soy el Cristo, el Hijo del Dios viviente”35. Por el mismo poder y por el mismo proceso, doy el mismo testimonio que el apóstol principal de la Iglesia primitiva. Testifico que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente. A lo largo de mi vida he llegado a ver y comprender mi propio estado caído y lamentable. He experimentado el pecado y la tristeza, el sufrimiento y las debilidades de la mente y el cuerpo. He experimentado la desigualdad y la injusticia a manos de otros y a través de la dureza de la vida. Todo esto y mucho más me ha dado un conocimiento seguro de que debe haber un Cristo. También he escudriñado las Escrituras, meditado y orado, he luchado en el espíritu y me he deleitado en el Espíritu. Con seriedad, a veces desesperadamente, he buscado alivio, perdón, consuelo y testimonio. Y en Jesús los he encontrado. Todo esto y mucho más me ha llevado a un conocimiento seguro de que Jesús es el Cristo. Con todo mi corazón, los invito a “buscar a este Jesús”36. Él es accesible. Doy testimonio de que Él vive ahora mismo. Jesús está salvando, ayudando, curando y perdonando ahora mismo. Es presto a perdonar y lento en enojarse. Como dice la escritura, Él es poderoso para salvar y, por eso, es poderoso para cambiarnos. Testifico que la respuesta a “la gran pregunta” es esta: es menester que haya un Cristo, y Jesús es el Cristo. Vengamos a Él con humildad y fe para estar preparados cuando Él venga a nosotros con poder y gran gloria. Esta es mi invitación y mi oración, en el nombre de Jesucristo. Amén. ©Intellectual Reserve, Inc. Todos los derechos reservados.