Perseverando y confiando hasta el fin Estela Marquez 19 de junio de 2026 https://speeches.byu.edu/spa/talks/estela-marquez/perseverando-y-confiando-hasta-el-fin/ --- Tenemos la intención de modificar esta traducción cuando sea necesario. Si tiene sugerencias, por favor enviar un correo a speeches.spa@byu.edu. Estoy agradecida por la oportunidad especial de estar aquí con ustedes. He orado por guía divina para poder compartir con ustedes algo que espero les inspire a permanecer enfocados en lo que más importa en tiempos de incertidumbre: perseverar hasta el fin y confiar en el plan del Señor para cada uno de ustedes. El profeta Isaías sabía lo crucial que es en nuestras vidas el confiar en el plan del Señor para cada uno de nosotros. Él dijo: “pero los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán las alas como águilas; correrán y no se cansarán; caminarán y no se fatigarán”1. Ciertamente, el Señor nos ha dado a mi familia y a mí la fuerza para “correr y no […]  cansar[nos …], caminar y no […] fatigar[nos]”. Hemos tenido adversidades, pero hemos visto la promesa de Isaías en todo lo que hemos experimentado. Sé que si somos humildes y esperamos en el Señor, Él camina con nosotros cuando las cosas van bien y nos sostiene cuando las cosas parecen demasiado dolorosas de soportar, demasiado difíciles de lograr o demasiado oscuras como para atravesarlas. He visto las manos del Señor guiando a mi familia y a mí durante todas las etapas de nuestra vida. Él estuvo allí durante mi experiencia con la pobreza cuando era niña. Él estuvo allí cuando vagábamos como refugiados de guerra. Él ha estado allí cuando nuestras pérdidas eran tan profundas, tan dolorosas que era difícil ver la luz. Mas Su luz ha sido constante en nuestras vidas. “Esfuérzate y sé valiente” Crecí en una de las zonas más pobres de Guatemala. Mi casa estaba construida de adobe en la colonia La Florida. Carecíamos de comodidades materiales, pero fuimos bendecidos con abundancia divina de muchas maneras. Tuve el privilegio de pertenecer a una familia con padres y hermanos amorosos y cariñosos. Tuve una infancia feliz y no sabía lo pobre que éramos hasta que entré a la escuela secundaria y vi el mundo más allá de La Florida, donde crecí. Soy la primera en mi familia en graduarse de la universidad. Mis padres eran agricultores y nunca tuvieron la oportunidad de recibir educación formal; sin embargo, fui bendecida con una madre que tenía un deseo tenaz de que sus hijos recibieran educación. También fui bendecida con un padre bondadoso que siempre me animó usando las palabras del Señor del Antiguo Testamento: “esfuérzate y sé valiente”2. Mi hermano mayor fue el primero de nuestra familia en unirse a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Era un buen misionero, y aunque vivía lejos de nosotros, año tras año siguió enviando misioneros a nuestra puerta. Éramos católicos, y mi mamá no estaba interesada en escuchar a los misioneros. Finalmente, mi hermana mayor decidió invitar a los misioneros a pasar, lo que llevó a mi mamá, a mis hermanas y a mí a ser bautizadas en la Iglesia. Mi papá se nos unió unos años más tarde. Muchos milagros siguieron a nuestra conversión. El evangelio nos trajo una nueva esperanza y el conocimiento de que Dios tenía un plan para cada uno de nosotros. Nuestras vidas se llenaron de alegría al aprender sobre nuestra herencia divina y entender el propósito de nuestra existencia aquí. Antes de nuestra conversión al evangelio, mis padres se mudaron a la ciudad en busca de mejores oportunidades para nosotros. Durante esos años, los niños en Guatemala no tenían un espacio garantizado en la escuela, por lo que al comienzo de cada año escolar, mi madre se levantaba alrededor de las 3:00 a.m. para registrarnos en la única escuela primaria en La Florida. Del ejemplo de mi madre, aprendí a temprana edad que la educación era importante, y quería convertirme en maestra algún día. En medio de nuestras limitaciones materiales, pude terminar la escuela secundaria con un certificado vocacional para enseñar en la escuela primaria. Quería obtener una educación universitaria, pero no tenía los cuarenta y cinco dólares necesarios en aquel entonces para inscribirme en la universidad. Mi hermana mayor vivía en Illinois cuando me gradué de la escuela secundaria, y ella me envió sesenta dólares para comprar mi anillo de graduación. Usé el dinero para pagar mi inscripción universitaria en la Universidad de San Carlos de Guatemala, en la Facultad de Ingeniería Química. Tenía muy pocos recursos, pero muchos sueños que quería lograr. Recordando las palabras que mi padre me había enseñado: “esfuérzate y sé valiente”, caminé por primera vez en un campus universitario, asustada y confundida, pero llena de esperanza. En 1975 conocí a mi esposo, Israel, y pronto me enamoré de él. Israel y yo nos casamos al año siguiente. Planeamos casarnos en el templo, pero no teníamos un templo en Guatemala, así que manejamos durante cuatro días para ser sellados en el Templo de Mesa, Arizona. Cuando finalmente llegamos, estábamos agradecidos de entrar en la casa del Señor por primera vez. Nuestras vidas se llenaron de mucha alegría. Hacer convenios sagrados con el Señor nos dio una nueva perspectiva sobre lo que Él esperaba de nosotros. La década de 1970 fue una época difícil en Guatemala. Experimentamos el devastador terremoto de 1976 que destruyó muchos pueblos en las zonas rurales y en los sectores pobres de la ciudad. Mi casa de adobe fue totalmente destruida. Además de los desastres naturales, la opresión gubernamental prevaleció en todas partes. Era difícil ser testigo de la violencia social y política contra los pobres, estudiantes, trabajadores y otras buenas personas y sentirse completamente impotente de hacer algo al respecto. Mi esposo, Israel, oró y ayunó sobre qué hacer. Él sintió la inspiración de participar en el movimiento para proteger los derechos de los trabajadores, que en ese momento ganaban $0.52 por día, trabajando en condiciones inhumanas. En un país con mucha violencia política y social, la participación de mi esposo tuvo un alto costo para nuestra joven familia. Vivíamos bajo un gobierno autoritario que interpretaba cualquier disconformidad con el estado social, económico y político del momento como una conspiración abierta contra el mismo. Pronto, amenazas anónimas contra la vida de mi esposo aparecieron por todas partes. Dos veces las fuerzas del gobierno intentaron secuestrar a mi esposo. Era un tiempo en que las personas que no estaban de acuerdo con las políticas del gobierno eran secuestradas en la oscuridad y llevadas a lugares desconocidos, y luego, días después, sus cuerpos aparecían con señales de tortura. Era peligroso expresarse en desacuerdo con las crueldades que ocurrían en todas partes de Guatemala. Berta, nuestra primera hija, nació en 1978. Fue una bendición que habíamos esperado por mucho tiempo. Ella vino al mundo en tiempos de opresión, miedo y violencia. Cuando Berta tenía solo seis semanas de nacida, mi esposo experimentó el primero de dos intentos de asesinato por parte del gobierno guatemalteco, este ante la puerta de nuestra casa. Años más tarde, Berta escribió elocuentemente sobre el impacto de la guerra en los niños que viven bajo el miedo constante. Ella era uno de esos niños. Escribió: Me siento mal por cada niño en el vientre que posteriormente experimenta la infancia […] bajo las sombras de la guerra, la violencia, la codicia y el imperialismo. Sé que cada niño que vive ahora bajo el reinado del terror, la guerra, el abuso y el trauma va a llevar un gran peso consigo toda su vida […] Guerra, Trastorno de Estrés Postraumático, exilio, todas estas cosas dejan marcas prolongadas. En el último intento de asesinato, una persona inocente murió cuando mercenarios del gobierno intentaban matar a mi esposo. Tras este último intento, supimos que era imposible para nosotros seguir viviendo en Guatemala en esas condiciones. Mientras el gobierno intentaba frenar la agitación social de su pueblo, varios líderes del movimiento desaparecieron, fueron encarcelados o asesinados. Muchos de nuestros queridos amigos sufrieron este destino. Tres obispos de la Iglesia fueron asesinados durante esos terribles años. Todos ellos tenían familias y eran seguidores del Salvador. ¿Por qué no sobrevivieron? Muchas veces nos preguntamos por qué nos salvamos del desafortunado destino que había caído sobre nuestros buenos amigos. ¿Qué quería el Señor que aprendiéramos de esas difíciles experiencias? Tener fe en el plan de Dios para nosotros fue crucial cuando tratábamos de entender cuál era Su voluntad para nosotros. Mi esposo, nuestra hija Berta y yo fuimos obligados a buscar refugio en una de las embajadas extranjeras de Guatemala. Después de un mes de negociaciones entre el gobierno y la embajada, se nos permitió salir del país bajo la protección diplomática de la embajada. Este fue el comienzo de nuestras vidas como refugiados en una tierra extraña, lejos del apoyo de nuestra familia y amigos. El divino plan de Dios para ustedes A lo largo de todas nuestras experiencias, lo que ha permanecido constante ha sido nuestra fe en nuestro Padre Celestial y en el Señor Jesucristo, y nuestro compromiso de ser Sus discípulos y recordar los convenios que hemos hecho con Él. Él tuvo misericordia de nuestras imperfecciones y caminó con nosotros, especialmente cuando sentíamos que estábamos perdiendo nuestras fuerzas. El presidente Dieter F. Uchtdorf en la sesión de la conferencia general de mujeres de septiembre de 2014 dijo: El andar por el sendero del discipulado no tiene que ser una experiencia amarga […] El discipulado eleva nuestro espíritu y aligera nuestro corazón; nos inspira con fe, esperanza y caridad; llena nuestro espíritu de luz en tiempos de oscuridad y nos da serenidad en tiempos de pesar. El Señor elevó nuestro espíritu mientras tratábamos de vivir como Sus discípulos en medio de nuestras circunstancias. Él llenó nuestras vidas con esperanza y preciosos momentos de alegría para que pudiéramos seguir avanzando con fe. Las bendiciones y el apoyo de la comunidad de la Iglesia fueron constantes en nuestras vidas. Dondequiera que íbamos, encontramos buenas personas que nos ofrecieron su amor, nos abrieron puertas y nos proporcionaron espacios seguros. En el devocional del 10 de diciembre de 2019, la hermana Jean B. Bingham, presidenta general de la Sociedad de Socorro, nos habló sobre la importancia de mantener una perspectiva celestial. Ella dijo: El punto de vista que aclara todas las cosas es tener una perspectiva eterna: la perspectiva perfecta y universal de nuestro Padre Celestial […] Con Su capacidad de ver, conocer y comprender todas las cosas pasadas, presentes y futuras de una manera más elevada, amplia y profunda de lo que nosotros podríamos hacerlo, Su perspectiva es completa4. Nuestro tiempo como refugiados fue un tiempo en el que era más importante que nunca mantener una perspectiva eterna en nuestras vidas, pero les voy a decir que mantener una perspectiva divina en medio de las pruebas no siempre es fácil. Ciertamente no fue fácil para nosotros. Durante seis años viajamos de Guatemala a Costa Rica y de Costa Rica a México, tratando de encontrar un lugar donde pudiéramos vivir en paz y criar a nuestra familia. Tener el evangelio en nuestras vidas nos dio dirección, entendimiento y consuelo. La mano del Señor nos guió a medida que tratábamos de crear un futuro para nuestra familia. Cuando las cosas se volvían difíciles, recordaba la promesa de Isaías de que el Señor nos fortalecería para que pudiéramos seguir caminando sin fatigarnos. El Señor nos fortaleció mientras tratábamos de averiguar dónde establecernos. Ya teníamos familia aquí, y era lógico que venir a los Estados Unidos fuera una buena opción para nosotros; sin embargo, nos resistimos a la idea. Estábamos confiando en nuestros planes, sin saber que el Señor tenía un plan mejor para nosotros. Nos alojamos en Costa Rica por unos años, pero más tarde decidimos establecernos en la Ciudad de México. Sin embargo, el Señor nuevamente tenía planes diferentes para nosotros. En 1985, un devastador terremoto destruyó gran parte de la Ciudad de México. Muchas personas quedaron atrapadas en los edificios derrumbados y miles perdieron la vida. Tuvimos la fortuna de salir de esa tragedia con solo pérdidas materiales. Una vez más el Señor nos había preservado la vida. Muchas cosas cambiaron después del terremoto, y no fue fácil seguir viviendo en la Ciudad de México. Para ese entonces teníamos cuatro hijos menores de ocho años. Esto nos llevó a tomar la decisión crucial de trasladarnos a los Estados Unidos. Esta fue otra oportunidad para crecer, y nos aventuramos una vez más hacia lo desconocido. Llegamos a California, donde podríamos estar más cerca de nuestra familia. Ninguno de nosotros hablaba el idioma, conocía la cultura o entendía el entorno, sin embargo, creo que el Señor, con Su perspectiva completa, vio para nosotros lo que no podíamos ver en ese momento. A través de estas experiencias aprendimos que nuestro éxito y nuestra felicidad dependen de cómo reaccionamos ante la adversidad que experimentamos en la vida y no de la adversidad en sí. Algunos de ustedes pueden estar experimentando desafíos en este momento mientras aprenden a vivir con las realidades de nuestra nueva normalidad. Ya sea que estén luchando contra la incertidumbre, problemas de salud, cargas financieras o dificultades personales o familiares, quiero que sepan que no están solos en su viaje. Dios tiene un plan para cada uno de nosotros. Él los conoce y sabe lo que necesitan. Sus brazos están listos para rodearlos y llevarlos durante sus tiempos difíciles. En mis años de trabajo como asesora para estudiantes multiculturales, he tenido el privilegio de escuchar las historias de estudiantes que están en medio de desafíos increíbles, pero que mantienen su perspectiva eterna y se mantienen firmes en lo que saben sobre su linaje divino. Me siento bendecida por la oportunidad de caminar con estos estudiantes, de ser una pequeña parte de su viaje y de aprender de su increíble resiliencia. Recuerden que Dios tiene un plan divino para cada uno de ustedes. Vivir por fe Dios ya tenía un plan para mi familia y para mí cuando finalmente decidimos establecernos aquí. Habíamos superado muchas cosas en nuestras vidas, por lo que ajustarnos a nuestra nueva vida no sería más grande que sobrevivir a una guerra en Guatemala o a un par de trágicos terremotos, no obstante, la transición seguía siendo un desafío. No sabíamos que nos tomaría muchos años ajustar nuestro estatus migratorio aquí en los Estados Unidos, lo cual vino con algunas grandes limitaciones en nuestra capacidad de crecer aquí. Tenía algo de educación universitaria, pero no importaba porque no hablaba el idioma y mi estatus migratorio estaba en el limbo. Con el apoyo de mi querido esposo, volví a la escuela para aprender inglés. Aprender el idioma fue crucial pero muy desafiante para mí. Hasta el día de hoy sigo aprendiendo el idioma y, como podrán notar, nunca perdí mi acento. A medida que mis habilidades en el inglés mejoraron, mis oportunidades laborales también aumentaron. Pude conseguir un trabajo de medio tiempo como asistente de maestra en un distrito escolar de California. No proporcionó mucho en términos de ingresos, pero me motivó a seguir en el camino de mejorar mi educación. Una vez que me sentí cómoda con mis habilidades del inglés, me arriesgué a tomar otras clases universitarias. Mi hija Berta y yo fuimos a Mt. San Jacinto Community College y tomamos una clase de filosofía juntas. Mientras yo luchaba por semanas con una tarea, Berta, que tenía un don con las palabras y le encantaba escribir, lo hacía la noche anterior. ¡Las dos sacamos una A, y yo sentía que era injusto! Sin duda, Berta era más inteligente que yo. No fue fácil trabajar medio tiempo, cuidar de mi familia e ir a la universidad, pero me atreví a soñar, y estoy aquí hoy para decirles que con Dios a su lado, nada es imposible. Es posible alcanzar sus metas si trabajan duro, mantienen la perspectiva correcta y usan sus desafíos como oportunidades para crecer y desarrollarse. Averigüen cuál es el plan del Señor para ustedes y luego atrévanse a caminar por fe, sabiendo que Él está guiando su camino. Como dije antes, vivir por fe no es una cosa fácil. A principios de la década de 1990, nuestra familia no escapó del impacto de la recesión de aquel entonces. Enfrentamos serios problemas financieros y terminamos perdiendo nuestra casa. Para apoyar mejor a nuestra familia, tuve que dejar mi trabajo de medio tiempo y conseguir uno de tiempo completo. Para entonces ya había terminado mi carrera técnica, la cual la mayoría de la gente suele terminar en dos años. Debido a las responsabilidades familiares, me tomó casi cuatro años completarla, pero cuando necesité un trabajo de tiempo completo, fue una bendición tener ese título. Conseguí un trabajo en el Departamento de Servicios Sociales del Condado de Riverside, California. Ese fue un gran paso para mí en muchos sentidos. Supe entonces que si quería crecer en ese departamento, necesitaba más educación. Tomé la decisión de estudiar otra vez. Para entonces tenía siete hijos, un hogar que cuidar y un trabajo de tiempo completo. Asistí a un programa de tres años ofrecido por La Sierra University para adultos que trabajan. Trabajaba nueve horas diarias, y después del trabajo iba directamente a la universidad dos o tres veces por semana. ¿Fue difícil? Sí, fue muy difícil. Cuando llegaba a casa, estaba agotada, pero todavía tenía una familia que cuidar y tareas que cumplir. No podría haber hecho esto sin el increíble apoyo de mi querido esposo, que siempre ha estado a mi lado en este viaje. Yo le digo que mis títulos son sus títulos. En 2004, me gradué con honores de La Sierra University con una licenciatura en trabajo social. Una vez que terminé mi licenciatura, fui promovida a una mejor posición dentro del mismo departamento. Para entonces tres de mis hijas estudiaban en BYU. Ahora, permítanme volver a mis humildes comienzos en Guatemala. Cuando tenía quince años, soñaba con asistir a BYU. Un buen misionero estadounidense me animó a mandar una carta a BYU y expresar mi deseo de asistir en el futuro, así que lo hice. Recibí una carta de respuesta de BYU. La carta estaba muy bien escrita en español, pero se me pidió que escribiera mi siguiente carta en inglés. Mis habilidades en inglés en ese entonces eran muy limitadas, así que nunca volví a pensar en BYU. Treinta años después, mis hijas asistían a la universidad de mis sueños. Al menos ahora mis hijas estaban logrando sus sueños, y, de alguna manera, yo también estaba logrando los míos a través de ellas. Aquellos fueron buenos años en California. Mi corazón rebosaba de gratitud por las numerosas bendiciones que estábamos recibiendo. ¡La vida era buena! Tenía un buen trabajo, vivíamos en un barrio agradable y el negocio de mi esposo iba bien. ¿Qué más podría haber pedido? Animada por mis hijas y por mi esposo, envié mi solicitud para el programa de maestría de Cal State University y para BYU. La verdad es que no creía que BYU estuviera interesada en aceptarme. Solo envié mi solicitud a BYU para satisfacer a mis hijas, que nos insistían a mi esposo y a mí sobre mudarnos a Utah. ¿Han dicho Utah? ¡De ninguna manera! Hace demasiado frío y estaba demasiado lejos para nosotros, pero me sentí humilde cuando recibí la carta de admisión de BYU. Este fue otro gran cambio en nuestras vidas. Venir a BYU significaba dejar todo lo que ya conocíamos en California. Pueden imaginarse el resto de la historia. Nos mudamos a Utah, y mi sueño de adolescente finalmente se hizo realidad, pero ese no fue el final. Fue el comienzo de nuevas oportunidades y bendiciones. Mi primer empleo justo después de mi maestría fue trabajar para el Distrito Escolar de Provo como trabajadora social. Allí tuve la bendición de servir a muchas familias cuyos hijos estaban teniendo problemas de una forma u otra. Entendía bien sus desafíos. Crecí en una familia similar. Esos años como trabajadora social contienen algunas de mis experiencias más memorables, tanto personales como profesionales. Creo que el Señor obra de maneras misteriosas, y, si estamos dispuestos a someter nuestra voluntad a la Suya, Él nos permitirá levantar “las alas como águilas”. Mi trabajo en el Distrito Escolar de Provo me preparó para trabajar con estudiantes universitarios multiculturales y de primera generación aquí en BYU. He tenido la bendición de trabajar con estudiantes muy brillantes que aportan a BYU perspectivas y experiencias únicas. Me siento privilegiada y agradecida de estar ahí para ellos, de escuchar sus historias y de guiarlos para que puedan alcanzar sus propios sueños. Nada me trae más satisfacción que verlos no solo sobrevivir sino prosperar en BYU. A medida que mi memoria se remonta a la casa de adobe de mi infancia, veo mi viaje como un viaje de esperanza. Esta vida está llena de desafíos, pero hay una cosa que sé: el Señor me permitió tener esas experiencias por una razón, y ahora es mi honor y responsabilidad compartirlas con ustedes, los jóvenes soñadores de hoy. Es posible hacer de su viaje un viaje de esperanza y de éxito. Pregúntenle al Señor cuál es Su plan para ustedes, y a medida que estén dispuestos a someter su voluntad a la de Él, sean humildes y tengan fe para dejar que Su mano guíe la suya. Tienen el potencial divino de lograr cualquier cosa por la que estén dispuestos a trabajar duro. Nuestro éxito y nuestra felicidad no dependen de las circunstancias a las que nos enfrentemos, sino de cómo enfrentamos esas circunstancias. Mientras trabajan para que les vaya bien en sus clases durante este semestre histórico [el primer semestre durante la pandemia de Covid-19], recuerden que vinieron a BYU con un propósito. Me encantan las palabras del presidente Kevin J. Worthen, quien dijo en un devocional de 2016: No están aquí por accidente. Dios tiene una obra para realizar a través de ustedes. Hagan de Él el centro de sus esfuerzos. Hagan lo que Él desea que hagan. Dejen que Su luz brille más intensamente a través de ustedes como resultado de sus experiencias en BYU. Si lo hacen, milagros sucederán en su vida y verán la majestad del Señor obrar en la vida de los demás5. Ruego y espero que mediten las palabras del presidente Worthen. Están aquí porque el Señor tiene un plan para ustedes. El élder Ronald A. Rasband dijo en la conferencia general de octubre de 2017 que “el Señor se ocupa de los pequeños detalles de nuestra vida”6. Creo firmemente en esto. Ciertamente, el Señor se ocupa de los pequeños detalles de su vida. Lo sé por experiencia. Mi familia y yo no salimos de Guatemala por accidente. Había un propósito para nosotros. Estoy muy agradecida por los muchos milagros que presenciamos al dejar que la mano del Señor nos trajera a este lugar. Recibir la ayuda de Dios A veces se siente como si las dificultades que experimentamos en la vida se acumularan una tras otra. Me consuela saber que Dios es misericordioso y no nos da más de lo que podemos soportar. En 2015 me sentí abrumada cuando me diagnosticaron un aneurisma cerebral, casi al mismo tiempo que uno de mis hijos fue diagnosticado con una enfermedad crónica debilitante. En esos momentos, cuando ya estaba a punto de pedirle al Señor un pequeño descanso, Él me mostró Su amor perfecto dándome la fuerza para seguir adelante con fe. El aneurisma fue corregido quirúrgicamente, y me gusta bromear diciendo que me dieron un nuevo cerebro. ¡El Señor es bueno! La prueba de nuestra fe no se detuvo allí. Cuando nació nuestra hija Berta, estábamos agradecidos de finalmente tener una bebé después de dos embarazos fallidos. Rápidamente, nos dimos cuenta de que el Padre Celestial nos había enviado un espíritu muy especial. Como la mayor de la familia, era la pacificadora y la cabecilla. Berta era una maestra en crear las bromas más graciosas, y le encantaba imitar mi acento, lo que nos divertía un montón. Le encantaba escribir y crear arte, pero sobre todo tenía un corazón compasivo. Berta siempre estaba buscando oportunidades para servir y cuidar a aquellos que a menudo son marginados, olvidados y pasados por alto. Su ingenio y dominio de las palabras nunca se quedaron cortos. Ella a menudo usaba este don en su incansable lucha por defender la comunidad de los LGBTQ+ Santos de los Últimos Días. Berta amaba y procuraba seguir al Salvador al ser una humilde servidora de aquellos que necesitaban amor y cuidado. Una vez me dijo que cada vez que servía a otros sentía que partía pan con el Salvador. Berta abogaba especialmente por los jóvenes LGBTQ+ sin hogar, que con frecuencia son víctimas de depredadores. Trabajó para conseguirles un lugar seguro para vivir y acceso a recursos de salud. Con todo el amor y la compasión que tenía en su corazón, Berta luchó contra la ansiedad generalizada y trastorno depresivo mayor. En junio de 2018, Berta murió por suicidio. Los días que siguieron a la muerte de Berta fueron algunos de los días más difíciles de mi vida. Me sentí “como una vasija quebrada”7. A veces era difícil respirar o ver la luz, pero la luz del Salvador estaba allí, consolándonos y sosteniéndonos como Él nos ha sostenido en el pasado. Muchos ángeles en los cuerpos de miembros de la familia, queridos amigos y la comunidad LGBTQ+ vinieron a ministrarnos, incluso personas que no conocía. Por difícil que fue el fallecimiento de Berta para nuestra familia, saber que ella inspiró y tocó muchas vidas ha sido una experiencia sanadora para nosotros. Encontré consuelo en el consejo dado por el élder Jeffrey R. Holland del Cuórum de los Doce en la conferencia general de octubre de 2013: Aunque sintamos que somos “como una vasija quebrada”, como dijo el salmista, debemos recordar que esa vasija está en las manos del Alfarero Divino. Las mentes quebradas se pueden curar de la misma manera que se curan los huesos y los corazones rotos. Mientras Dios trabaja haciendo esas reparaciones, el resto de nosotros puede ayudar siendo misericordiosos, imparciales y amables8. Si alguno de ustedes hoy se siente solo, temeroso o desesperado, los invito a buscar ayuda y nunca escoger una solución catastrófica para un desafío temporal. Dios los ama y ustedes tienen un lugar aquí. Por favor, elijan vivir, busquen ayuda y recuerden cuánto los ama nuestro Redentor perfecto, el Señor Jesucristo. Nuestro Salvador experimentó en Getsemaní todo lo que nosotros hemos experimentado o experimentaremos en nuestras vidas. Él nos conoce a cada uno de manera personal y entiende nuestros dolores. Esta es la promesa que hemos recibido en las palabras del profeta Isaías: No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te fortalezco […]  Porque yo, Jehová, soy tu Dios, quien te sostiene de la mano derecha y te dice: No temas, yo te ayudaré9. Ruego que mantengamos nuestro compromiso de fortalecer nuestra fe en nuestro Padre Celestial y en Su Hijo Amado. Ruego que confiemos en Su plan divino para nosotros. Dios tiene una perspectiva completa y eterna. Esta certeza me anima a seguir adelante con esperanza. Por favor, tomen la mano divina del Señor y dejen que Él los guíe. En el sagrado nombre de nuestro Salvador y Redentor, Jesucristo, amén. © Brigham Young University. Todos los derechos reservados.