Una perspectiva completa de la perfección John S. Robertson 10 de julio de 2026 https://speeches.byu.edu/spa/talks/john-s-robertson/una-perspectiva-completa-de-la-perfeccion/ --- Tenemos la intención de modificar esta traducción cuando sea necesario. Si tiene sugerencias, por favor envíe un correo a speeches.spa@byu.edu. Permítanme presentar el tema con una breve anécdota. Hace aproximadamente un mes, un sábado por la mañana, mi esposa, Bárbara, estaba ocupada terminando un vestido para el bautismo de una niña del vecindario, y la casa debía quedar limpia y ordenada. Ante aquella necesidad, hice lo que suelo hacer ante tales situaciones: puse a los niños a ayudar. Desafortunadamente, a veces me pongo de mal humor cuando limpio la casa. Noté, sin embargo, que cada vez que le pedía a mi hijo Matt de doce años que hiciera algo, él siempre respondía con una sonrisa y una cara genuinamente alegre. Evidentemente estaba tratando de superar mi irritabilidad con una sonrisa, lo cual resultaba obvio para mí y para todos los demás. Al parecer seguí ignorando las sonrisas tan obvias, porque Matt finalmente dijo: “Papá, quien haya dicho que las sonrisas son contagiosas no conocía tus anticuerpos”. Al final no pude evitar sonreír. Bueno, mi anticuerpo contra contagiarme de una sonrisa es uno de mis varios defectos, que, como una casa desordenada, necesitan ser limpiados y ordenados. Y ese es solo uno de los varios defectos de los que soy consciente, gracias a la ayuda de mi esposa e hijos. ¿Quién sabe cuántos defectos más estén al acecho, ocultos a mi percepción? Perfecto o completo El pensamiento de tales imperfecciones, evidentes a veces, pero invisibles en otras aún para nosotros mismos, puede ser desconcertante si se considera el célebre mandato de Cristo: “Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48). Dadas las duras realidades de la vida cotidiana, ¿cómo podemos ser perfectos, así como nuestro Padre es perfecto? Cosas como limpiar la casa, tratar con personas que nos ponen en situaciones incómodas y reaccionar ante un pulgar aplastado, o a la ira al volante, a veces se nos presenta un autorretrato que, cuando lo miramos honestamente, está más alejado de la perfección de lo que nos gustaría admitir. Lo que realmente hacemos cuando enfrentamos problemas en la vida, en comparación con lo que deberíamos hacer, puede resultar desalentador. Para continuar, me gustaría explorar el significado de la palabra perfecto, con la esperanza de mostrar que el estándar que parece tan elevado puede ser fácilmente superada por cualquiera de nosotros que realmente ama al Señor y sinceramente quiere honrarlo. En pocas palabras, me gustaría mostrar que la palabra perfecto en el diccionario inglés no significa ahora lo que solía significar en la época del Rey Santiago [cuando se tradujo la Biblia al inglés]. Por favor, tengan presente que no pretendo restar importancia al mandato de Cristo, sino hacerlo comprensible en el contexto del evangelio. En primer lugar, permítanme aclarar que hoy perfecto significa algo mucho más específico de lo que significaba hace 400 años. Originalmente, la palabra prestada del francés significaba “terminado, completo, excelente”. Llegó al francés del latín per-, “completamente” y -facere, “hacer” (véase American Heritage Dictionary, s.v. “perfect”). En el inglés moderno, sin embargo, perfecto siempre plantea en nuestras mentes una idea mucho más específica: “impecable, sin defecto”. Escuchamos, por ejemplo, “él jugó perfectamente”, o “ella obtuvo una puntuación perfecta en el examen”, y así sucesivamente. Pero la idea de “impecable” como el significado principal de perfecto es nueva en el idioma inglés. ¿Qué pasó para que el significado de perfecto cambiara? La palabra completo llegó al inglés a principios del siglo XIV, pero con un significado muy restringido. Solo se aplicaba a la “integridad de las partes requeridas”; por ejemplo, un ensamblaje completo1. No podía aplicarse a acciones, estados y cualidades, tales como “pureza completa”, aunque en ese entonces habría sido apropiado decir “pureza perfecta” para referirse a “pureza completa”. Pero justo cuando los traductores del Rey Santiago estaban trabajando, el significado de completo se estaba expandiendo para incluir acciones, estados y cualidades2. Cuando el significado de completo se amplió, el de perfecto se fue reduciendo, de modo que hoy perfecto todavía significa “completo”, pero adicionalmente siempre significa “sin defecto”. Es por esta razón que en inglés las diversas formas de la palabra perfecto ocurren 123 veces en el Antiguo y Nuevo Testamento en inglés, mientras que completo aparece solo tres veces. Asimismo, las palabras hebreas y griegas que terminaron siendo traducidas como “perfecto”, en su mayoría, tienen la noción general de “completo” o de “fin”.  Dicho esto, examinemos de nuevo la noción de “completo” para ver lo que podría significar estar completo en el contexto más amplio del evangelio, recordándonos que todo lo que es perfecto es inevitablemente completo, pero todo lo que es completo no es necesariamente perfecto. Completos por convenio En primer lugar, todos los convenios, acuerdos, contratos, garantías, tratados y similares se basan en la idea de integridad. Por definición, un convenio es un conjunto de instrucciones acordadas por dos partes que definen su comportamiento. Cuando yo, como una de las partes, acepto tomar sobre mí el nombre de Cristo, recordarlo siempre y guardar Sus mandamientos, y el Señor, como la otra parte, acuerda que Su Espíritu estará siempre conmigo, entonces nos unimos por la renovación del convenio bautismal. Un convenio es el medio por el cual dos partes incompletas llegan a ser uno: un todo completo. En Su hermosa oración a Su Padre, Cristo señaló esto en Juan 17:21–23: para que todos sean uno, como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros […] Y la gloria que me diste les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfeccionados [o completos] en uno. Si pensamos en perfecto como “completo”, entonces podemos ver cómo es posible que Dios, Cristo y Sus verdaderos seguidores sean realmente uno, pasando de incompletos a completos por convenio. Si convenio, que literalmente significa “unirse”, es un acuerdo de dos partes para hacer algo, hay una segunda parte: llevarlo a cabo. Si acuerdo presentarme a las 11 de la mañana del martes 13 de julio de 1999, para dar un discurso devocional, y si ninguno de ustedes viene o yo no vengo (y pensé en ambas posibilidades), entonces el acuerdo se viola: es un contrato defectuoso e incompleto. Todos los convenios se validan solo con la condición de que dos partes completen lo que acordaron hacer. Completos en el matrimonio Unir por convenio dos individuos incompletos en un todo completo es también la definición misma del matrimonio. En una respuesta a los fariseos, Cristo citó Génesis 2:24: “¿No habéis leído que […] por tanto, el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y los dos serán una sola carne? Así que, no son ya más dos, sino una sola carne” (Mateo 19:4–6). Aquí Cristo estaba hablando esencialmente de un convenio, ya que el matrimonio es un conjunto de instrucciones acordadas que guían el comportamiento de un hombre y una mujer. Idealmente, ellos actúan entre sí de maneras diferentes que con cualquier otra persona en el mundo debido a ese acuerdo y ese convenio. Llegan a ser una sola carne en el verdadero sentido del convenio. En el matrimonio somos completos, como nuestro Padre y nuestra Madre en el Cielo son completos. Pero, en un sentido más literal, la pareja casada puede llegar a ser una sola carne. Sabemos por la ciencia moderna que, antes de que cada uno de nosotros aquí existiese como individuo, éramos dos células germinales distintas: una célula meiótica de 23 cromosomas de nuestro padre biológico y otra célula similar de nuestra madre biológica. No éramos nada hasta la unión de esas dos células incompletas, las cuales produjeron un complemento completo de 46 cromosomas. Al momento de esta unión, nuestros padres se convirtieron en “una sola carne” a través de nosotros, y tal milagro de una nueva vida posiblemente constituya la forma más elevada de todos los convenios. De hecho, al convertirse en una sola carne, los padres no solo crean una nueva vida, sino una nueva familia, el fundamento mismo sobre el que descansan todas las sociedades perdurables. La evidencia es abrumadora: es mejor para los niños contar con las contribuciones adecuadas de una madre y un padre. No es difícil ver que los sistemas sociales basados en tales familias también funcionan mejor. La buena salud de una nación e incluso de la comunidad internacional se basa realmente en la familia, tal como se define en la proclamación de la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce (véase “La Familia: Una proclamación para el mundo”; véase Liahona, enero de 1996, pág. 116). Con el convenio biológico de una nueva vida y el consiguiente convenio social de nuevas familias viene la necesidad de conexión con todas aquellas familias que nos precedieron. Completos por la obra del templo Esto nos lleva a un ejemplo relacionado pero diferente de ser completos, sin el cual el Señor [vendrá] y [herirá] la tierra con maldición […] Basta saber, en este caso, que la tierra será herida con una maldición, a menos que entre los padres y los hijos exista un eslabón conexivo de alguna clase, tocante a algún asunto u otro; y he aquí, ¿cuál es ese asunto? […] Pues sin ellos nosotros no podemos perfeccionarnos, ni ellos pueden perfeccionarse sin nosotros [DyC 128:17–18]. En referencia a esta escritura, el élder Russell M. Nelson señaló que “perfecto se tradujo del griego teleios que significa ‘llevado hasta el fin, terminado, completado’” (“Un nuevo tiempo para la cosecha”,  Conferencia General, abril de 1998, nota al pie 10). Con la restauración de todas estas y otras llaves de dispensaciones pasadas, tenemos “una unión entera, completa y perfecta, así como un encadenamiento de dispensaciones, llaves, poderes y glorias” (DyC 128:18). Una vez más, la doctrina de llegar a ser completos se manifiesta, porque nos convertimos en “salvadores en el monte Sión” al ser representantes de aquellos que de otra manera no tendrían acceso terrenal a las ordenanzas salvadoras. Llegamos a ser uno con nuestros antepasados a través de la obra del templo. José Smith dijo: Pero, ¿cómo van a llegar a ser salvadores en el monte de Sión? Edificando sus templos, construyendo sus pilas bautismales y yendo a recibir todas las ordenanzas, bautismos, confirmaciones, lavamientos, unciones, ordenaciones y poderes selladores sobre su cabeza en bien de todos sus antepasados que han muerto, y redimiéndolos para que puedan salir en la primera resurrección y ser exaltados con ellos a tronos de gloria; y en esto consiste la cadena que une el corazón de los padres a los hijos, y el de los hijos a los padres, lo cual cumple la misión de Elías el Profeta [Enseñanzas, capítulo 41]. Es esta gran visión de ser completos, la magnífica misión de Elías, el profeta, de unir a todos los hijos de Adán y Eva en un todo ininterrumpido, la que encuentra manifestación concreta en la actual ola de nuevos templos y el interés genealógico. Actualmente hay 57 templos terminados y otros 57 en construcción (véase Gemas SUD en Internet3), y hay millones de visitas cada día al nuevo sitio web de genealogía de la Iglesia. El élder Nelson nos ha dicho que “se ha microfilmado en ciento diez países, se han acumulado más de dos mil millones de placas fotográficas que contienen aproximadamente trece mil millones de nombres” (Nelson, “Un nuevo tiempo para la cosecha”). Este impresionante crecimiento era inimaginable hace unos pocos años. “Así como el hombre es, Dios una vez fue. Así como Dios es, el hombre puede llegar a ser” (Lorenzo Snow, in Eliza R. Snow, Biography and Family Record of Lorenzo Snow [Salt Lake City: Deseret Company, 1884, 1975], p. 46; véase también Enseñanzas de Lorenzo Snow, comp. Clyde J. Williams [Salt Lake City: Bookcraft, 1984], capítulo 5). Tenemos el potencial de llegar a ser completos, así como nuestro Padre Celestial es completo. Qué visión tan amplia y grandiosa la que José pudo compartirnos. Completos mediante la Resurrección La dura realidad de nuestra propia muerte también requiere la doctrina de llegar a ser completos, ya que la muerte, en su sentido más amplio, es una separación de partes que, de otra manera, permanecerían intactas. En Doctrina y Convenios, el Señor declara que el “espíritu y elemento, inseparablemente unidos, reciben una plenitud de gozo; y cuando están separados, el hombre no puede recibir una plenitud de gozo” (DyC 93:33–34). La conmovedora descripción del élder Melvin J. Ballard de cómo podríamos anhelar nuestros cuerpos en el mundo de los espíritus subraya una de las doctrinas únicas y maravillosas del mormonismo4 (véase Melvin J. Ballard: Crusader for Righteousness [Salt Lake City: Bookcraft, 1966], p. 213). A diferencia de las creencias de otros, una de las grandes contribuciones del mormonismo es que el cuerpo no es malo, sino bueno. Necesitamos ser completos, en espíritu y materia, así como nuestro Padre Celestial está completo, para que nosotros, como Él, podamos recibir una plenitud de gozo. Probablemente es significativo que en el Viejo Mundo Cristo dijo: “Sed, pues, vosotros perfectos [completos,] así como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48); mientras que en el Nuevo Mundo, después de Su resurrección, Él dijo: “Por tanto, quisiera que fueseis perfectos así como yo, o como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (3 Nefi 12:48). La resurrección lo hizo completo como Su Padre. En la Resurrección seremos completos, así como nuestro Padre y Cristo son completos. Completos mediante la Expiación Si la Resurrección es el don universal de Cristo a los hijos de Dios, entonces la Expiación es Su don particular, concedido solo al penitente. Y si la Resurrección une el espíritu al cuerpo para vencer la muerte física, entonces la Expiación une nuestro espíritu al Espíritu Santo para vencer la muerte espiritual. Al igual que la Resurrección, la Expiación nos lleva a ser completos, pero a diferencia de la Resurrección, esto ocurre de dos maneras diferentes pero relacionadas: Primero, nuestros pecados producen un desequilibrio en la balanza de la justicia eterna; al pagar por nuestros pecados, Cristo restaura el equilibrio completo y perfecto de esas balanzas. En las palabras de Mosíah, Dios le dio “al Hijo poder para interceder por los hijos de los hombres, habiendo […] tomado sobre sí la iniquidad y las transgresiones de ellos, habiéndolos redimido y satisfecho las exigencias de la justicia” (Mosíah 15:8-9). Somos justificados mediante Cristo: el precio ha sido pagado hasta el último centavo, y el equilibrio es completo. Segundo, la Expiación (reconciliación) hace completo un convenio, que en su forma más simple es que dejamos de pecar y Cristo paga por nuestros pecados. Hay quienes dicen que la salvación viene por las obras, por la absolución que viene de los sacramentos. Otros dicen que viene por la fe, por declarar que Jesús es el Salvador. Este es el viejo debate entre la fe y las obras. Las obras se definen como sacramentos (en nuestro caso, las ordenanzas). La fe se define como proclamar que Jesús es el Salvador del mundo. Pero sabemos por las escrituras modernas que la remisión de pecados viene por el sacrificio: sacrificio por parte de Cristo y sacrificio por nuestra parte también: He aquí, él se ofrece a sí mismo en sacrificio por el pecado, para satisfacer los fines de la ley, por todos los de corazón quebrantado y de espíritu contrito; y por nadie más se pueden satisfacer los fines de la ley [2 Nefi 2:7]. Y vosotros ya no me ofreceréis más el derramamiento de sangre; sí, vuestros sacrificios y vuestros holocaustos cesarán […] Y me ofreceréis como sacrificio un corazón quebrantado y un espíritu contrito. Y al que venga a mí con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, lo bautizaré con fuego y con el Espíritu Santo [3 Nefi 9:19–20]. Si somos justificados porque Cristo tomó nuestros pecados, somos santificados a través de un proceso que involucra tres pasos: primero, procuramos sinceramente tener un corazón quebrantado y un espíritu contrito por nuestros pecados. Segundo, manifestamos nuestro arrepentimiento al dejar atrás tales pecados, seguir nuestro camino y no pecar más. Tercero, somos santificados a través del bautismo de fuego y del Espíritu Santo. La conclusión es esta: éramos muertos espiritualmente debido a una separación de Dios por la ausencia de Su espíritu, pero ahora, por así decirlo, somos resucitados—espiritualmente vivificados—por el bautismo de fuego y del Espíritu Santo. Éramos pecaminosos e incompletos, pero a través del proceso de la Expiación somos justificados y santificados, completa y totalmente. En este sentido somos completos, así como nuestro Padre Celestial es completo, y estamos un paso más cerca de ser como Él, también. Completos a través de la Iglesia Siempre he apreciado la maravillosa metáfora de Pablo que compara el cuerpo de Cristo, la Iglesia, con el cuerpo de una persona. Él dijo: tampoco el cuerpo es un solo miembro, sino muchos […] Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito; ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros […] para que no haya división en el cuerpo, sino que todos los miembros se preocupen por igual los unos por los otros […] Pues vosotros sois el cuerpo de Cristo, e individualmente sois miembros de él [1 Corintios 12:14, 21, 25, 27]. Para mí, lo que él quiere decir es que cada uno de nosotros como miembro del cuerpo de Cristo está incompleto, tan incompleto como cualquier órgano de nuestro cuerpo: “Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato?” (1 Corintios 12:17), y así sucesivamente. Verdaderamente, ninguno de nosotros puede ser salvo a solas. Nos salvamos como Sión, porque ustedes y yo nos complementamos unos a otros. Lo que yo no puedo hacer, ustedes sí; lo que ustedes no pueden hacer, yo (o alguien más) puede hacerlo. Mis hijas Kirsten y Jennifer regresaron recientemente del campamento de Mujeres Jóvenes. Teniendo cuatro adolescentes (contando a mi hijo de doce años porque actúa como adolescente), mi esposa y yo somos muy conscientes de que no lo podemos ser todo para nuestros hijos. No podemos hacer algunas cosas por ellos que otros pueden hacer. Somos incompletos. Desde mi perspectiva, es casi incalculable la preparación, trabajo, tiempo, energía y buena voluntad de las líderes de las Mujeres Jóvenes de nuestro barrio para llevar a cabo y completar con éxito el campamento. Y creo que el bien eterno que se hizo, física y espiritualmente, para esas jóvenes es verdaderamente incalculable. Todo lo que hicieron las hermanas de mi barrio, multiplicado por los millones de personas que supervisan los campamentos de Mujeres Jóvenes y los campamentos scout, imparten lecciones dominicales y entre semana, enseñan como maestros orientadores y maestras visitantes, trabajan en granjas de bienestar, sirven misiones, etcétera, contribuye al bien común. Todos nosotros en nuestros estados incompletos nos necesitamos unos a otros para poder bendecir y recibir bendiciones. Nos completamos. Pienso que el Señor en Su brillante sabiduría estableció la Iglesia de tal manera que no tenemos que pagarle a alguien para que nos dé una hermosa lección dominical. Él requiere sacrificio de nosotros. Cuando aceptamos un llamamiento, acordamos preparar una lección y estar allí para enseñar en la guardería, sea conveniente o no. Ese es un tipo de convenio. Cuanto más envejezco, más me convenzo de que todo pecado, sin excepción, tiene sus raíces en las turbias aguas de la autocomplacencia y el egocentrismo. Cualquier pecado que pueda imaginar, desde el robo hasta la codicia, el adulterio y el asesinato, se basa en un egocentrismo exagerado. Pero el Señor ha establecido una organización que está estructuralmente diseñada para combatir este egocentrismo, ya que cada llamamiento de la Iglesia que conozco se basa en el servicio a los demás. Creo que es por esta razón que Pablo dice que el Cuerpo de Cristo es para perfeccionar [completar] a los Santos: Y él mismo constituyó a unos apóstoles; y a otros, profetas; y a otros, evangelistas; y a otros, pastores y maestros; a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (Efesios 4:11–13). Como obreros comprometidos en la Iglesia de Cristo, aprendemos a ser cristianos, tanto dentro como fuera de la Iglesia. En Su Iglesia, nos completamos. Completar este discurso En este momento, me imagino que están ansiosos para que se complete este discurso. Estoy preparado para calmar esa ansiedad. Permítanme concluir diciendo esto: Creo que Dios, en Su sabiduría brillante, ha hecho posible que nosotros, de una manera muy práctica, lleguemos a ser completos como Él. Él nos ha dado convenios grandiosos y verdaderos, y señalo particularmente el convenio bautismal y esas maravillosas guías de vida, los convenios del templo. Ha instituido el matrimonio, donde los cónyuges se completan entre sí y se convierten en una sola carne a través de sus hijos. Nos ha dado, a pesar de todas nuestras imperfecciones, la oportunidad de ser salvadores en el Monte Sión, de ser parte del vínculo completo y eterno de todos los hijos de Adán. Nos ha dado Su Hijo para reunir el cuerpo con el espíritu para vencer la muerte física, y para reunir el Espíritu Santo con nuestro espíritu para vencer la muerte espiritual. Nos ha dado Su Iglesia para ayudarnos a superar la vanidad propia mediante el servicio a los demás. En resumen, nos ha dado una religión práctica, que, si se vive, nos lleva “a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, y a Su Padre. No podría decirlo mejor que Brigham Young: Estoy decididamente a favor de la religión práctica, de la que es útil en la vida cotidiana. Y si hoy atiendo lo que me corresponde hacer, y luego hago lo que se presenta mañana, y así sucesivamente, cuando venga la eternidad estaré preparado para entrar en las cosas de la eternidad. Pero no estaría preparado para esa esfera de acción, a menos que pueda manejar las cosas que ahora están a mi alcance. Todos ustedes deben aprender a hacer esto [JD 5:3–4; texto modernizado]. El Evangelio es verdadero. Lo amo y se lo recomendaría a cualquiera que quiera vivir una vida completa en este mundo imperfecto y en los mundos venideros. Comparto estos pensamientos con ustedes en el nombre de nuestro Salvador, Jesucristo. Amén.