“Para morar en esta tierra hemos venido” Joaquina Hoskisson 3 de julio de 2026 https://speeches.byu.edu/spa/talks/joaquina-hoskisson/para-morar-en-esta-tierra-hemos-venido/ --- Tenemos la intención de modificar esta traducción cuando sea necesario. Si tiene sugerencias, por favor envíe un correo a speeches.spa@byu.edu. Hace unos años, durante un programa de estudios en el extranjero de BYU, fuimos a visitar la Galería Nacional de Londres, cuando tenía una exhibición de arte contemporáneo. Mi esposo, muy comprensivo, se llevó a todos los chicos para que yo pudiera disfrutar más de la visita. En ese entonces, nuestra hija mayor tenía unos ochos años y la más pequeña, unos tres. (Yo creo que le contesté un poco irónicamente, “¿Cómo no? Adelante”.) Sin embargo, observé de reojo que los chicos parecían estar bastante interesados aunque estaban viendo obras tan abstractas que yo misma encontraba difícil apreciarlas1. Nuestra hija más pequeña, a la mano de su padre, parecía estar haciendo un gran esfuerzo por concentrarse. Después de unos minutos de escuchar y de caminar de una obra abstracta a otra, se paró delante de su padre para que él le prestara atención. “Papi”, dijo, “¿fueron adultos los que hicieron estas cosas?” Su padre le contestó, extrañado, “Claro”. “Pero Papi”, exclamó, “yo lo puedo hacer mejor”. Obviamente, aunque pequeña, ya había aprendido las bases de la apreciación artística y podía formular una opinión informada.  Esta y otras anécdotas similares son parte de nuestro historial familiar, gracias a nuestra participación en programas de la universidad. La oportunidad de estar involucrados con alumnos de BYU ha sido una de las cosas más significativas y más agradables que he hecho durante mi vida profesional y continúa siendo de un valor incalculable, tanto para mí como para mi familia porque nos ha enseñado principios que tienen consecuencias eternas. Entre estas oportunidades, se destaca muy especialmente nuestra participación en programas de estudio en el extranjero. Nuestro progreso personal al compartir gran parte del día con el mismo grupo de estudiantes continúa enriqueciéndose y ha servido para definir más claramente para mí el valor de estos programas en el extranjero. Ahora entendemos mejor el impacto que tiene en nuestro progreso personal una dedicación a las verdades y a las prácticas del Evangelio. Por haber nacido en España, por supuesto que uno de mis programas de estudios favoritos es el de Madrid. Me fascina todo lo relacionado con el desarrollo de la cultura española y me encanta enseñarlo. La belleza de los Jardines del Generalife de Granada y sus espacios íntimos de armónica simplicidad [se mostró una foto]; el sentimiento de reverencia que nos invade al visitar antiguos claustros románicos [se mostró una foto] que presentan conmovedoras escenas de la vida de Cristo [se mostró una foto]; la milenaria capilla visigótica, en pie desde el siglo séptimo, en un paraje remoto de la meseta castellana y todavía en uso entre un puñado de campesinos de ese caserío [se mostró una foto]; la magnífica silueta del Alcázar de Segovia, con añoranzas de las aventuras y hazañas de antiguos caballeros [se mostró una foto]; el osado perfil de los molinos de viento de Consuegra en La Mancha, legendaria tierra de Don Quijote [se mostró una foto].  Al estar en Madrid con los estudiantes, me fascina la oportunidad de visitar el Museo del Prado todas las semanas. Siempre me emociona oír a un estudiante decir durante la visita final optativa: “Hermana Hoskisson, yo realmente no estaba muy interesado al principio, pero ahora me encanta”. También sé que estas oportunidades en el extranjero muchas veces son un gran desafío. Gracias a mi experiencia personal y al consejo de otros, he aprendido que los que se han preparado bien son realistas en lo que esperan lograr, respetan el papel de otros en el grupo, entienden las metas del programa y honestamente tratan de sacar el mayor provecho de la oportunidad. Tienen mucho éxito. Por otra parte, también he visto que el egoísmo por parte de un individuo y el desdén hacia normas establecidas generalmente causa una falta de satisfacción personal que a menudo impacta a otros negativamente. Cuando pienso en esos raros momentos de pausa y de contemplación, de los maravillosos recuerdos que nuestra familia atesora de ese tiempo pasado entre estudiantes, se me ha ocurrido que todos nosotros en este mundo nos hemos embarcado en una forma de estudio en el extranjero. Todos hemos dejado nuestro hogar celestial, nuestro entorno familiar, en el que padres queridos nos cuidaban. Allí nos dieron una identificación autorizada por el reino de Dios con el que íbamos a viajar durante esta vida terrenal. Con ello, nos dispusimos a partir llenos de entusiasmo, en ese gran viaje de exploración y autodescubrimiento. Nuestro Padre Celestial nos preparó durante la preexistencia para venir a esta tierra. Nosotros participamos en concilios donde nos familiarizamos con el plan de salvación, donde conocimos personalmente y apoyamos a Cristo como nuestro guía, nuestro “director de viaje” y nuestro Redentor. Así nos comprometimos a vivir en esta tierra en armonía con los principios que se nos enseñaron. Todos sabíamos que íbamos a vivir con una familia anfitriona durante nuestra estadía en este mundo y también comprendimos que íbamos a tener que hacer algunos ajustes para someternos a la voluntad del Salvador y a alcanzar nuestro objetivo principal: el regresar a nuestro hogar celestial con todo el conocimiento, la experiencia y los talentos derivados de nuestra aventura en esta vida. Junto con esta gloriosa oportunidad de progresar, también aceptamos el desafío de andar por este mundo como forasteros, alejados de nuestra cultura celestial. Un día, hace ya varios años, me encontré por una serie de circunstancias en la estación ferroviaria de la ciudad de Reutlingen en Alemania, con nuestra primera hija de solo tres meses y medio en los brazos e invadida por un intenso sentimiento de tristeza y pesadumbre que recuerdo como si fuera hoy. Ni siquiera la reunión con mi esposo después de varias semanas de separación podía consolarme. Me sentía completamente sola, vulnerable y en un entorno desconocido.  No hablaba el idioma, no podía comunicarme, todo me parecía tan diferente, tan alemán, que me vino a la mente el pensamiento: “¿Cómo voy a poder vivir aquí por dos años? No quiero. Quiero regresar a casa”. Sé que muchos han experimentado algo similar en algún momento de esta vida y en esta instancia yo me sentía completamente incapacitada. Lo curioso es que la experiencia de estar en un país extranjero no era nueva para mí. Desde España, mi familia había inmigrado al Uruguay y durante mis años universitarios, yo me había traslado a los Estados Unidos en condiciones y bajo circunstancias nada fáciles. Y hablando de choques culturales, de recién casados, nos habíamos mudado desde Utah a la ciudad de Boston, lejos de todos nuestros conocidos. Aun así, de pie en aquel andén aquel día de agosto, me sentía completamente sola. Estaba exhausta después de un largo viaje transatlántico con la niña. Además, el interminable viaje en tren desde Zúrich, Suiza, y el paso por la aduana e inmigración de ambos países tirando de un par de maletas con todas mis posesiones me había dejado totalmente agotada. Y ahora, como carecíamos de transporte propio, teníamos que esperar a que un conocido nos viniera a buscar. Abrumada, y tratando de no demostrarlo, le oí decir a mi esposo que esa noche íbamos a quedarnos en el apartamento de una completa desconocida, una hermana de la rama local. Viendo mi desconcierto, trató de explicarme que en esa localidad no había muchos hoteles y que como nuestros recursos eran bastante limitados, había aceptado la hospitalidad de una hermana que acababa de conocer esa misma semana.  Como es de imaginarse, lo único que yo quería en ese momento era meterme en cualquier tren y regresar a casa, del otro lado del Atlántico. Pero como obviamente, esto no era posible, poco tiempo después, íbamos camino a la casa de la hermana Eberhart. Esa hermana vivía con su nieto en un apartamento antiguo pero cómodo ubicado en una pintoresca plaza. Al llegar, nos recibió de una forma muy amable. Aunque estábamos todavía a fines de agosto, estaba ya muy fresco y ella había puesto la calefacción para que nos sintiéramos más cómodos. También había preparado una cena muy típica que mi marido devoró de inmediato pero que por mi cansancio, yo tuve que obligarme a probar. Cuando llegó el momento de retirarnos, nos llevó a una habitación con unas camas y sábanas impecables y acogedores edredones de pluma. También había improvisado una cuna para el bebé. Antes de retirarse. se ofreció a cuidar a mi hija durante la noche, en caso de que se despertara. Por supuesto que no se lo permití, así que nos preguntó qué nos gustaría desayunar. Al salir la hermana, mi esposo y yo comentamos que yo no había visto otras habitaciones, además de la de su nieto. A la mañana siguiente, ella ya había estado en pie bastante tiempo. Había puesto un calentador en el baño y tenía una tina llena de agua lista para bañar al bebé. Fue entonces que entendí claramente que no había otra habitación y que ella había pasado la noche en un incómodo sofá en la pequeña habitación de su nieto. Ahora, quizás estos detalles no les parezcan algo tan fuera de lo común a algunos, pero en este caso, ella había dedicado una enorme cantidad de tiempo y de esfuerzo para nuestro beneficio. Hasta había ido a la panadería muy temprano y tenía preparado un abundante desayuno. Mientras comíamos, yo solo pude contribuir a la conversación con “ja”, “nein”, que era lo único que sabía en ese momento en alemán, pero no me cabía la menor duda de su hospitalidad y su deseo de ayudarnos, y sentí una oleada de consuelo y cariño que me confirmó que estaba entre amigos. Yo no estaba sola. Había encontrado una hermana que me brindaba su apoyo. Al igual que el Señor les había prometido a los Santos de Éfeso en el capítulo 2, versículo 19 de la epístola, “así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos con los santos, y miembros de la familia de Dios”. Yo pude experimentar de una manera concreta en esa ocasión que esta promesa tiene tanto una dimensión espiritual como material para nuestra vida. Muchas veces durante nuestro viaje terrenal, junto con otros conciudadanos del reino de Dios y a menudo al estar entre forasteros o extranjeros, sentimos la tentación de sucumbir a una actitud de superioridad cultural. Este autocentrismo nos hace rechazar muchas cosas que nos ayudarían a alcanzar más fácilmente las metas anheladas durante nuestro paso por este mundo. Es posible que la inspiración que nos ofrece nuestro Director durante esta vida no sea aquella que nosotros creemos que necesitamos, o aun, que temamos que si la seguimos, se nos pidan más esfuerzos de los que deseamos invertir. Si decidimos ignorar esa ayuda y decidimos hacer solo nuestra voluntad, casi con seguridad vamos a perder mucho tiempo, vamos a derrochar muchos esfuerzos y corremos el riesgo de acabar en un lugar equivocado. Si por otra parte, entendemos como dice en Mosíah 3:19, la necesidad de volvernos “como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor [nuestro guía aquí en la tierra] juzgue conveniente infligir sobre [nosotros], tal como un niño se somete a su padre”, no estaremos solo a la merced de nuestros propios recursos, de ambulando por vías desconocidas y callejones sin salida en los que corremos el riesgo de experimentar la gran ansiedad y desesperación que irremediablemente nos han de conducir a un lugar ajeno a nuestra meta. Como todas las madres, siempre me preocupa la seguridad de mis hijos. Cuando mi hija mayor iba a empezar el colegio cerca de mi casa, nos preparamos muy cuidadosamente. Recorrimos el camino juntas, hablamos sobre el monitor del cruce, identificamos a otros chicos con los que podía caminar. Hicimos todo lo posible para que se sintiera preparada. Al principio, yo la fui a recoger personalmente, pero con el paso de los días, esto le resultaba mortificante y ella quería probar su independencia, así que decidimos adaptarnos. El próximo paso fue quedarme en la esquina y observar hasta ver a los niños camino a casa. A medida que pasaban los días, sin embargo, su deseo de independencia era cada vez más fuerte, así que con la promesa de atenerse a lo que juntas habíamos decidido que era aceptable, iniciamos una nueva etapa.  La semana siguiente, ella se atuvo a lo acordado. Días después, llegó y pasó la hora de su regreso sin que se apareciera. Yo esperé lo que me pareció un tiempo prudente y me fui a la esquina para ver si la veía. Cuando les pregunté a los pocos niños que pasaban si sabían algo de ella, me dijeron que no. Francamente preocupada, corrí a casa a llamar al colegio, pero ellos tampoco sabían nada. Entre una cosa y otra, ya había pasado casi una hora y yo, presa del pánico, trataba de decidir qué hacer. Mientras vacilaba, entró mi hija. Al verla, me saltó el corazón y sentí que se me levantaba un peso de la boca del estómago. Pero esto dio paso al enojo. Cuando le pregunté por qué había tardado tanto en llegar y dónde había estado, me contestó con una gran sonrisa: “Pero Mamá, ¡vine por el atajo!” Sus deseos de aventura habían borrado por completo las reglas establecidas. Con esta decisión, ella podía haberse puesto en un gran peligro y le había hecho pasar un rato muy malo a su mamá. En realidad, ella podía y pudo elegir su conducta, pero carecía del poder de controlar sus consecuencias. Debido a que nuestro Padre Celestial nos ama entrañablemente y quiere que tengamos éxito, no solo nos ha dado a Su propio Hijo para que sea nuestro guía terrenal, nuestro director y nuestra brújula, sino que nos ha dado Sus palabras y el testimonio del Espíritu Santo. Leemos en Alma 37:44–45: Pues he aquí, tan fácil es prestar atención a la palabra de Cristo, que te indicará un curso directo a la felicidad eterna, como lo fue para nuestros padres prestar atención a esta brújula que les señalaba un curso directo a la tierra prometida. Y ahora digo: ¿No se ve en esto un símbolo? Porque tan cierto como este director trajo a nuestros padres a la tierra prometida por haber seguido sus indicaciones, así las palabras de Cristo, si seguimos su curso, nos llevan más allá de este valle de dolor a una tierra de promisión mucho mejor. Con la promesa de la presencia continua del Espíritu durante nuestra vida si estamos dispuestos a escucharlo y a obedecer, no tenemos por qué sentirnos solos, vulnerables o de poca importancia. El Señor nos ha hecho una promesa en 2 Nefi 32:5: “Porque he aquí, os digo otra vez, que si entráis por la senda y recibís el Espíritu Santo, él os mostrará todas las cosas que debéis hacer”. Él está dispuesto a velar por nosotros continuamente, si no nos distanciamos a propósito. Este beneficio viene incluido sin costo alguno en nuestro programa de estudios en el extranjero. Nuestro amado Padre Celestial lo ha diseñado especialmente para cada uno de nosotros y de acuerdo a su inmutable deseo de seguir bendiciéndonos durante toda nuestra vida terrenal. Aunque confieso no entender completamente la esencia de este milagro, yo sé que he sentido la influencia del Espíritu Santo muchas veces y en una variedad de circunstancias, y tengo un testimonio que este don es para todos sin excepción, si estamos dispuestos a recibirlo. En mi despacho tengo una placa con una escritura favorita. Se encuentra en Alma 26:12: Sí, yo sé que nada soy; en cuanto a mi fuerza, soy débil; por tanto, no me jactaré de mí mismo, sino que me gloriaré en mi Dios, porque con su fuerza puedo hacer todas las cosas; si, he aquí que hemos obrado muchos grandes milagros en esta tierra, por los cuales alabaremos su nombre para siempre jamás. El profeta Alma entendía su completa dependencia del Señor y se mantuvo firme en su determinación de atenerse al plan.  Por mi parte, yo sé que en mi vida he sido testigo de muchos milagros. Si todos pensamos en nuestras circunstancias particulares y en las sendas que hemos transitado para llegar hoy a este lugar, sin duda reconoceremos la mano del Señor y Su exquisito cuidado, a pesar de que muchas veces nosotros o nuestros seres queridos nos hallamos en circunstancias difíciles. Entonces, quizás este sea el momento de preguntarnos: ¿qué es lo que estamos haciendo durante nuestro paso por esta tierra? ¿Resistimos ante las instrucciones de un omnisciente Director o nos sometemos con todo nuestro corazón, mente y voluntad al plan que Dios ha creado específicamente para nosotros?  También sería importante recordar que nuestro Creador nunca nos ha prometido que este viaje estaría libre de problemas, de preocupaciones o de dudas. A menudo, nos sentimos desalentados al pensar en nuestras imperfecciones, nuestra falta de talentos o por no saber la dirección en que debemos proceder. En esas ocasiones, es primordial que recordemos que somos parte de un plan divino y que nuestro Padre Celestial y Su Hijo Jesucristo desean vernos triunfadores. El élder Bruce C. Hafen ha dicho en su discurso de la conferencia general de abril de 2004: Esta tierra no es nuestro verdadero hogar. Somos como estudiantes que se han marchado del seno de la familia y que están tratando de aprender las lecciones del “gran plan de felicidad” para poder regresar a nuestros seres queridos y así llegar a entender esas circunstancias. La expiación de Cristo está en el centro mismo de este plan. Sin Su exquisito, infinito sacrificio, no habría modo de retornar. No podríamos jamás volver a reunirnos ni desear llegar a ser como Él. [Bruce C. Hafen, “La Expiación: Todo por todo”, Liahona, mayo de 2004. Traducción de la oradora.] Sí, mis queridos hermanos, aunque mientras transitamos por esta vida, somos forasteros, ninguno de nosotros necesitamos estar sujetos a este mundo porque Cristo mismo nos ha reconciliado a todos, sin distinciones de idioma, de cultura o de posición social. Él nos ha comprado un pasaporte pagado con Su propia vida. Como ha señalado el élder Maxwell, todos debemos llevar en todo momento con nosotros este documento del reino celestial. A veces, puede que estemos tentados a cambiar esa identificación por una preparada por el mundo, porque, sin duda equivocados, creemos que sería más fácil movernos por esta vida con ese nuevo documento. Pero en realidad ninguno de nosotros pertenece a este mundo. Jesús ha pagado personalmente el precio de nuestra redención para que no tengamos que vivir en una esfera inferior. Él ha hecho posible que al fin de este programa de aprendizaje podamos regresar al refugio y a la gloria de nuestra morada celestial, gracias a que nuestro pasaporte celestial ha sido estampado con todas las experiencias ganadas durante esta vida.  Sabemos que si honramos nuestros convenios, si seguimos ese plan cuidadosamente elaborado antes de venir a este mundo, si escuchamos al Espíritu Santo y mantenemos la mira en nuestro divino guía, nuestro Redentor y Salvador, vamos a completar este viaje con éxito y vamos a honrar Su santo nombre. Es mi sincera oración que podamos vivir de acuerdo a estos principios y que podamos ayudar a otros con quienes nos encontremos durante este viaje. En el nombre de Jesucristo. Amén. © Brigham Young University. Todos los derechos reservados.