La fe para hacer Su voluntad
Profesora de la Facultad de Enfermería de BYU
12 de junio de 2018
Profesora de la Facultad de Enfermería de BYU
12 de junio de 2018
¿Tienen fe en que su Padre Celestial los conoce tan bien que sabe bajo qué circunstancias emergerán como un sanador más fuerte, aunque herido, para que lleguen a ser un instrumento valioso en Sus manos, capaz de hacer Su obra y consolar a Sus hijos?
Tenemos la intención de modificar esta traducción cuando sea necesario. Si tiene sugerencias, por favor mándenos un correo a speeches.spa@byu.edu
Me gustaría que emprendiéramos un viaje juntos. El viaje que voy a pedirles que hagan, sin embargo, no serán unas vacaciones. De hecho, es probable que duela un poco. Para que emprendan este viaje, necesito que reflexionen sobre un momento de su vida en el que hayan afrontado una prueba, una prueba dolorosa y desalentadora en la que hayan vivido un sufrimiento intenso. Busquen en su memoria cómo se sintieron en medio de la oscuridad, la soledad y la ira; busquen el momento en que sintieron que ya no podían soportar la angustia. Es en este estado de sufrimiento en el que me gustaría centrarme hoy.
Nuestra vida terrenal se puede comparar con un viaje largo. A veces el viaje es fácil por un tiempo: la senda es lisa, el calor del sol nos reconforta y la brisa ligera nos refresca. Otras veces, lo que parece ser la mayor parte del tiempo, el viaje es difícil: el terreno es empinado, traicionero y lleno de toda clase de obstáculos, algunos de los cuales nos hacen tropezar o resbalar en nuestro camino. Y a veces el viaje requiere que llevemos una carga mucho mayor de la que creemos poder soportar. Es durante estos tiempos turbulentos e inquietantes de la vida que el viaje nos obliga a descender a un valle peligrosamente profundo, tan profundo que un frío entumecedor nos rodea, tan profundo que parece que descendemos a un abismo sin fondo, tan profundo, de hecho, que la oscuridad absoluta nos hace preguntarnos si el sol todavía existe.
Es bajo esas condiciones inhóspitas que contemplo con reverencia a Jesús entrando voluntariamente en el Jardín de Getsemaní para sufrir por los pecados de toda la humanidad. Es difícil imaginar cómo se sintió Él en ese preciso momento. Sabemos por Mateo 26 que el Salvador oró fervientemente, preguntando al Padre tres veces si había otra manera de lograr Su propósito. El versículo 39 dice:
Y yéndose un poco más adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.
El Salvador suplicó de nuevo en el versículo 42, diciendo:
Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad.
En el versículo 44, el Salvador oró de nuevo por tercera vez, “diciendo las mismas palabras”.
El élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles, explicó lo siguiente:
En efecto, el Señor dijo: “Si hay otro camino, lo preferiría. Si hay otra forma … la aceptaré gustoso”. … Pero al final, la copa no pasó1.
“Asombro me da”2 la respuesta del Señor que se registra en Lucas 22:42: “[Pero] no se haga mi voluntad, sino la tuya”. O sea que Jesús se sometió voluntariamente a la voluntad del Padre a fin de satisfacer la necesidad de una Expiación. Jesús, en el que quizás sea el mayor ejemplo de humildad y fe, se sometió a la voluntad del Padre, aunque eso conllevara sufrir una angustia inimaginable y un pesar incomprensible en el Jardín de Getsemaní.
¿Cómo podemos tener la fe y la fortaleza para seguir el ejemplo del Salvador, sometiéndonos voluntariamente a la voluntad de nuestro Padre aun cuando estemos en la agonía de la desesperación?
En primer lugar, creo que necesitamos tener una mejor comprensión del propósito del sufrimiento. Si bien nadie escapa de esta vida o viaje sin sufrir, todavía estamos condicionados como humanos a tratar de evitar las pruebas y la adversidad a toda costa. Sin embargo, en todas partes podemos ver cuánto sufrimiento hay en el mundo. Un vistazo rápido a los titulares confirma lo que digo: vemos pobreza, adicciones, enfermedades, violencia, abuso, corrupción; la lista parece extenderse por kilómetros. Podrán preguntarse: ¿Y por qué? ¿Por qué permite nuestro Padre Celestial que les ocurran sucesos tan horribles a Sus preciados hijos? ¿Por qué permite que suframos?
En su libro Why Is This Happening to Me? (¿Por qué me pasa esto a mí?), el reverendo Wayne Monbleau explicó que una de las razones por las que Dios permite la tribulación es para transformarnos en sanadores heridos. Él escribió:
Un sanador herido es alguien que ha sufrido; pero en lugar de ser egocéntrico, el sanador herido ve el sufrimiento en un contexto de centrarse en “otros” … con santa compasión y misericordia hacia los demás3.
En otras palabras, cuando sufrimos, hay algo profundo dentro de nuestra alma que cambia, se rompe y luego se ablanda. Aprendemos, de primera mano, lecciones sobre el dolor, la angustia, la miseria y el tormento, y entonces, ya que sabemos lo que se siente estar heridos, sentimos compasión por otros que están sufriendo y ayudamos a sanarlos. Básicamente, nuestro amoroso Padre Celestial utiliza los momentos de sufrimiento para transformarnos en instrumentos en Sus manos; un instrumento que, armado con una nobleza de espíritu recién desarrollada, se ve compelido a ayudar a aliviar el sufrimiento de los hijos de Dios.
Piensen en ello. Supongamos por un momento que ustedes nunca han experimentado sufrimiento. Tal vez hayan leído sobre el sufrimiento; quizá incluso lo hayan estudiado. Pero hasta que hayan sobrevivido al tipo de sufrimiento desgarrador que los sacude hasta lo más profundo de su ser, ¿cómo podrían desarrollar compasión por otro ser humano? No les sería posible. Me parece interesante que la palabra compasión provenga de dos palabras latinas: cum y passio. Cum significa “con” o “juntos”, y passio significa “sufrir”. Compasión, entonces, significa literalmente “sufrir con alguien”.
Un poeta austríaco escribió una vez: “Lo que va a dar luz debe [primero] soportar el fuego”4. Estas palabras evocan la conocida imagen del fuego purificador, donde el fuego (o las pruebas de la vida) nos transforma en alguien mejor y más fuerte de lo que podríamos haber imaginado. Pregúntense cómo ha utilizado el Padre Celestial las pruebas en su vida para transformarlos en su yo 2.0, una mejor versión de ustedes mismos. A veces pensamos que sabemos, debido a nuestros mejores planes, cuál será nuestro destino final. Sin embargo, nuestro Padre Celestial puede tener un plan muy diferente —un destino final diferente— en el que, al final, aprendemos a llegar a ser más como nuestro Salvador Jesucristo.
Sin embargo, alcanzar con éxito el destino que el Padre Celestial tiene reservado y convertirse más como el Salvador no es un viaje libre de dolor. En esencia, hay un precio que pagar a fin de llegar a conocer íntimamente a nuestro Padre Celestial y al Señor Jesucristo.
William R. Palmer compartió una vez la experiencia de una persona que había viajado al valle del Lago Salado en la compañía de carros de mano de Martin:
En una clase de Escuela Dominical para adultos, … Se estaba criticando duramente a la Iglesia y a sus líderes por permitir que un grupo de conversos se aventurara a cruzar las llanuras sin más suministros ni protección que los que ofrecía una caravana de carros de mano. …
Un señor mayor sentado en un rincón guardó silencio y escuchó todo el tiempo que pudo soportar. Luego se levantó y dijo cosas que pocos de los que lo escucharon olvidarán jamás. …
Dijo en esencia: “Les ruego que dejen de criticar. Discuten sobre un asunto que desconocen. … ¿Fue un error enviar la compañía de carros tan tarde, en aquella época del año? Sí. Pero mi esposa y yo estuvimos en esa compañía … Padecimos más de lo que se puedan imaginar, y muchos murieron a causa del frío y del hambre, pero, ¿han escuchado alguna vez a un sobreviviente de esa compañía pronunciar una sola palabra de crítica? …
¿Lamenté haber elegido venir tirando de un carro de mano? No, no lo hice en aquel entonces ni en cualquier otro momento de mi vida. Fue un privilegio pagar el precio que pagamos para llegar a conocer a Dios, y agradezco haber tenido la oportunidad de venir a Sión en la compañía de carros de mano de Martin”5.
Esta idea puede parecer un poco confusa desde nuestra perspectiva limitada y terrenal, pero el Padre Celestial sabe exactamente cómo guiarnos a un destino mejor. Nuestro Padre Celestial es omnipotente (es decir, es todopoderoso), omnisciente (es decir, todo lo sabe) y omnipresente (es decir, siempre está presente); Él sabe lo que hace.
El autor Max Lucado tiene un hermoso mensaje corto que comparte con aquellos que lo están pasando mal. Él les dice:
Vas a superar esto. No será sin dolor. No será rápido. Pero Dios usará este desastre para bien. Mientras tanto, no seas tonto ni ingenuo. Pero tampoco te desesperes. Con la ayuda de Dios, lo superarás.6
¿Tienen fe en que su Padre Celestial los conoce tan bien que sabe bajo qué circunstancias emergerán como un sanador más fuerte, aunque herido, para que lleguen a ser un instrumento valioso en Sus manos, capaz de hacer Su obra y consolar a Sus hijos? ¿Creen que Dios es bueno? ¿Y es posible que Dios siga siendo bueno incluso cuando las cosas van mal?
¡La respuesta es un rotundo sí! El reverendo Monbleau explicó que cuando las cosas van bien y disfrutamos de la magnífica vista desde la cima de una montaña, tenemos más perspectiva y entendemos que el largo y tal vez peligroso ascenso por el sendero hasta la cima valió la pena. El problema es que nadie puede permanecer en la cima de la montaña por mucho tiempo; al final, todos nosotros debemos descender y adentrarnos en un valle profundo. Todos hemos estado allí, o todos estaremos allí. Durante esos momentos dolorosos, aquellos que pasamos en lo profundo del valle, recuerden la promesa en Salmos 104:10, que dice: “Tú eres el que envías los manantiales por los arroyos; van entre los montes”. Piénsenlo: el agua que sustenta la vida no se encuentra en la cima de la montaña; se encuentra en el valle7.
Así que cuando estén caminando, como dice en el Salmo 23:4, “en valle de sombra de muerte”, no tengan miedo. Dios está con ustedes. Confíen en Él. Confíen en que Él los guiará por el valle. Miren a su alrededor y busquen los manantiales de agua viva cuando estén ahí. Cuando beban del agua viva, serán sostenidos durante su tiempo de prueba y, finalmente, serán guiados de regreso a la cima de la montaña para sentarse por un tiempo, donde podrán disfrutar una vez más de una vista magnífica.
Es imperativo confiar en el Padre Celestial aun cuando Su voluntad parezca contraria a la de ustedes. Cuando tenía diecinueve años, mi esposo y yo tuvimos a nuestro primer hijo, Michael. Al nacer, los conductos biliares de Michael estaban dañados, así que la bilis no tenía forma de salir de su hígado. Debido a esto, el exceso de bilis le causó graves daños hepáticos. Su hígado dañado creció el doble de su tamaño normal, invadiendo su estómago y dificultándole comer. Poco a poco, sus ojos y su piel se volvieron amarillos. Se le formaron abscesos infecciosos en todo el hígado. A las ocho semanas de edad, Michael tuvo su primera cirugía para tratar de corregir la estructura de sus conductos biliares. Luego, a las nueve semanas de edad, Michael lo operaron otra vez.
Pasaron los meses. Nuestro hijo parecía estar atrapado perpetuamente en la unidad de cuidados intensivos, completamente dependiente del milagro de la medicina moderna. Luego llegó el día en que los especialistas nos dijeron que Michael no sobreviviría mucho más tiempo a menos que recibiera un trasplante de hígado. Así que nuestra solicitud de trasplante se envió a todos los hospitales de los Estados Unidos que realizaban trasplantes pediátricos de hígado en ese momento.
Cuando Michael tenía nueve meses, su futuro parecía sombrío. Recibimos la noticia de que ningún hospital iba a aceptar a Michael como paciente en lista de espera para un trasplante porque su vena porta, un vaso sanguíneo importante para el hígado, era demasiado pequeña y era poco probable que soportara el flujo sanguíneo necesario para un nuevo hígado.
Mi esposo y yo oramos constantemente, pidiéndole al Padre Celestial un milagro, y debo decir que Dios fue bueno. Aparentemente de la nada, el equipo de trasplantes del Centro Médico de la Universidad de Nebraska cambió de opinión y aceptó a Michael como paciente, pero solo con una condición: teníamos que mudarnos a Omaha.
No conocíamos a nadie en Omaha, pero de nuevo oramos pidiendo ayuda. Y de nuevo, ocurrió otro milagro. Dios fue bueno. Mis suegros conocían a alguien de su barrio que solía ir a la Iglesia con otra familia que, pensaban, todavía vivía en algún lugar de Omaha. Y resultó que los Hall (George y Ginny) sí seguían en Omaha. Vinieron al rescate y me permitieron quedarme con ellos mientras mi esposo terminaba su entrenamiento militar.
Hacía poco más de dos meses que estábamos en Omaha cuando ocurrió otro milagro: Michael recibió un trasplante de hígado. Una vez más, Dios fue bueno. La mayor parte del primer año y medio de la vida de Michael la pasó en la unidad de cuidados intensivos, y puedo testificar que fui testigo de un milagro tras otro. Fue una época difícil, pero también pude ver que durante ese tiempo mi familia fue bendecida en muchas ocasiones.
Y entonces todo se derrumbó. Verán, yo pensé que nuestra familia ya estaba sufriendo bastante en el valle, pero luego me di cuenta de que el valle era mucho más profundo de lo que me había imaginado. Michael contrajo una infección grave. En ese entonces, había estado tomando medicamentos inmunosupresores para evitar que su sistema inmunológico atacara su nuevo hígado. Pero a cambio, su sistema inmune no era capaz de protegerse de otras infecciones. Observé con horror cómo, en menos de veinticuatro horas, pasó de ser un niño activo de dieciocho meses que corría y jugaba a reposar inconsciente en una cama de hospital. Su presión arterial y su ritmo cardíaco se vinieron abajo. Michael entró en estado de shock, empezó a convulsionar, y dejó de respirar.
Frenéticos, los médicos lo intubaron y lo conectaron a un respirador. Intentaron desesperadamente mantener su presión arterial administrándole líquidos intravenosos lo más rápido que podían. El líquido por desgracia llegó a los pulmones de Michael, los cuales se volvieron rígidos, y empezó a resultar difícil inflarlos con oxígeno. Para superar este problema, le aumentaron la presión al respirador, lo que, a su vez, hizo que los pulmones de Michael colapsaran. Los problemas sucedían uno tras otro.
Mi esposo y yo oramos nuevamente pidiendo un milagro. Esta vez, sin embargo, el milagro no llegó como yo esperaba. Michael estuvo en coma durante casi seis meses. Cada día era una horrible montaña rusa. Un día estaba estable; al día siguiente estaba a punto de morir.
Entonces, la condición de Michael dio un giro terrible, y esta vez continuó deteriorándose constantemente. El equipo de trasplante solicitó una reunión familiar. Al entrar en la sala de consulta, pensé: “Esto no puede ser bueno”.
Recuerdo que dijeron que no podían hacer nada más para salvarle la vida a Michael. La única opción que quedaba era mantenerlo con una máquina de bypass cardíaco y pulmonar que, en aquel momento, era nueva y experimental, llamada ECMO. Eso significaba que Michael tendría que pasar por otra cirugía. No había ninguna garantía de que esta cirugía funcionaría y que Michael viviría, pero definitivamente moriría si no hacíamos algo.
Mi esposo y yo nos miramos, respiramos hondo y les dijimos a los médicos que queríamos intentar la cirugía. Entonces mi esposo preguntó si podíamos pasar un momento tranquilo con Michael en la habitación antes de que el equipo quirúrgico lo llevara al quirófano.
Cerramos la puerta de la habitación de Michael, y mi esposo y yo nos paramos a ambos lados de la cuna de Michael, mirándonos el uno al otro. Tomé una de las manos de Michael, la estreché con ternura entre las mías y cerré los ojos mientras mi esposo le daba una bendición del sacerdocio. La bendición fue la más hermosa que jamás había escuchado. Mi esposo habló con calma y decisión.
Esperé pacientemente la parte de la bendición en la que mi esposo bendeciría a Michael con el poder para superar su enfermedad. Tenía fe en que Michael sobreviviría si mi esposo decía las palabras en la bendición.
Pero hacia el final de la bendición, a mi esposo se le quebró la voz por la emoción. “Michael”, dijo, “como tus padres, te queremos mucho. Pero también sabemos que tu Padre Celestial te ama y desea lo mejor para ti. Michael, si es la voluntad del Padre Celestial que regreses a Él en este momento, debes saber que siempre te amaremos y que estaremos bien. Con el tiempo, sanaremos. Y, en algún momento, volveremos a estar juntos como familia”.
Empecé a temblar y a llorar incontrolablemente. Abrí los ojos y miré a mi esposo. Ahora, digo que lo miré, pero lo que hice fue dirigirle una mirada que probablemente parecía furiosa. No podía creer lo que había oído. ¡No! Todo estaba mal. Se suponía que debía haber bendecido a Michael para que mejorara. Mi esposo lo había bendecido mal. Quería pedir que lo volviera a hacer, pero pensé que no sería apropiado. Pero el Padre Celestial no podía quitarme a mi único hijo. Habíamos sobrevivido tanto contra viento y marea. ¿Por qué? ¿Por qué el Padre Celestial nos traería hasta aquí solo para llamar a Michael a casa? Por un momento fugaz no pude evitar pensar: “Si Dios deja morir a Michael, entonces sabré que Dios, de hecho, no es bueno”.
Mi esposo me miró con una expresión triste pero decidida y dijo: “Es hora de que entreguemos esto al Padre Celestial y Su voluntad. Necesitamos tener la fe para dejar ir a Michael, si eso es lo que Dios quiere”.
Estaba enojada. Me sentía triste. Quería gritar. Pero tampoco podía negar cuán fuerte se sentía el Espíritu en la habitación. Los dos permanecimos en silencio durante unos segundos con solo el sonido del monitor cardíaco pitando en la habitación.
“Bueno”, dije finalmente. “Si es la voluntad del Padre Celestial, lo aceptaré”.
Recuerdo haber caminado con el equipo quirúrgico hasta el final del pasillo. Michael reposaba en su cuna, rodeado de media docena de personas que lo empujaban en su cama con toda la maquinaria y los tubos de soporte vital conectados a él. Mi esposo y yo besamos a Michael, le dijimos que lo amábamos y regresamos a la sala de espera, donde el cirujano podría encontrarnos para informarnos sobre la condición de Michael después de intentar la cirugía.
Unos treinta minutos más tarde, trajeron a Michael de regreso, pasando de largo la sala de espera donde mi esposo y yo estábamos sentados. Estábamos confundidos. Nos habían dicho que la cirugía duraría varias horas. Cuando nos pusimos de pie para seguir al equipo de profesionales médicos que empujaban la camilla de Michael de regreso a la unidad de cuidados intensivos, el cirujano nos detuvo para hablarnos.
“No sé qué pasó”, dijo, “pero antes de comenzar la cirugía, la condición de Michael se estabilizó. En este punto no necesitamos recurrir a la cirugía. Esperaremos y veremos si continúa estabilizándose”.
Y lo hizo. Ese día fue un punto de inflexión importante en la recuperación de Michael. Cada día, seguía mejorando. Nunca necesitó cirugía, y unos meses después regresó a casa por primera vez en casi un año. Fue otro milagro, y Dios fue bueno.
Esta historia tiene un buen final. Hoy Michael tiene treinta años, está felizmente casado y tiene un hijo adorable. Además, está sentado con mi familia en la primera fila.
Sin embargo, la pregunta sigue siendo: Si Michael hubiera muerto ese día en la unidad de cuidados intensivos, ¿habría significado eso que de alguna manera que Dios no estaba ahí, que a Dios no le importaba, o que Dios no era bueno? Testifico que el Padre Celestial permanece todopoderoso, omnisciente y siempre presente. Ese día aprendí una profunda lección de una manera muy dolorosa: que necesitaba tener fe en Dios el Padre y en Su Hijo Jesucristo. Necesitaba la fe para aceptar la voluntad del Padre Celestial, independientemente de lo que eso implicara. Y necesitaba la fe para mantener mi testimonio en tiempos felices y en tiempos de pesar, durante mis momentos en la cima de la montaña y al estar en el valle.
Mis queridos hermanos y hermanas, testifico de la bondad de nuestro Padre Celestial. Él nos conoce, nos ama y desea lo mejor para nosotros. Sé que a veces lo que Él ve como nuestro destino final no siempre es lo mismo que nosotros tenemos en mente. Habrá pruebas y sufrimiento en la vida. Sin embargo, testifico que es importante confiar en Dios el Padre y en Su Hijo Jesucristo.
Ya sea que estén en la cima de la montaña o en lo profundo del valle, Ellos los aman. Y cuando se les pida hacer un viaje a la parte más baja del valle, a su propio Getsemaní personal, tengan fe. No dejen de creer. ¡Sigan adelante! Y siempre busquen la dulce fuente de agua viva para sostenerlos durante los momentos más difíciles. Acepten su función de sanadores heridos, sigan el ejemplo del Salvador y sepan que Dios siempre “usará este desastre para bien”8.
Hermanos y hermanas, tengan la fe y el valor para hacer Su voluntad. En el nombre de Jesucristo. Amén
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Notas
Beth Luthy, profesora de la Facultad de Enfermería de BYU, pronunció este discurso en un devocional el 12 de junio de 2018.